Al conocer los resultados toxicológicos, el Hospital Mundial Oncológico dejó de enfrentar únicamente una emergencia médica.
Ahora también debía responder ante un posible intento de homicidio.
La noticia recorrió los pasillos con rapidez.
En cuestión de minutos, el protocolo de seguridad máxima fue activado.
Las puertas principales fueron cerradas.
Ningún empleado podía abandonar el edificio sin autorización.
El acceso al área de oncología quedó completamente restringido, mientras personal de seguridad comenzaba a revisar cada rincón del piso donde Omar había permanecido hospitalizado.
Samyra apenas podía concentrarse.
Su atención seguía fija en Omar.
A través del cristal de la unidad de cuidados intensivos observaba el movimiento frenético del equipo médico que luchaba por estabilizarlo.
La neurotoxina había provocado un daño severo en su organismo. Aunque habían conseguido controlar la crisis inmediata, todavía existía un alto riesgo de falla multiorgánica.
Apretó los puños con impotencia.
Todo el avance que habían conseguido durante semanas podía desaparecer en cuestión de horas.
—No puedes rendirte... —susurró con los ojos llenos de lágrimas—. Prometí salvarte.
Respiró profundamente.
No era momento de derrumbarse.
Debía pensar como doctora.
Debía encontrar la forma de revertir los efectos del veneno.
Mientras tanto, la investigación avanzaba a toda velocidad.
El director médico reunió a los jefes de departamento, al comité de bioseguridad y al responsable del laboratorio clínico.
Las primeras medidas fueron inmediatas.
Se revisó el historial completo del medicamento administrado a Omar.
Cada frasco utilizado fue retirado para ser analizado.
También inspeccionaron la bomba de infusión intravenosa, los catéteres, las jeringas utilizadas durante el turno y los registros electrónicos del sistema hospitalario.
Los técnicos comenzaron a revisar una por una las cámaras de vigilancia.
Necesitaban reconstruir quién había entrado a la habitación de Omar durante las últimas doce horas.
Las enfermeras fueron entrevistadas por separado.
Cada una explicó los horarios en que había administrado medicamentos, cambiado soluciones o revisado signos vitales.
Los registros coincidían.
Ninguna irregularidad aparecía a simple vista.
Sin embargo, algo seguía sin encajar.
La neurotoxina no pertenecía a ningún medicamento aprobado dentro del hospital.
Alguien la había introducido deliberadamente.
Y ese alguien conocía perfectamente los protocolos médicos.
Un investigador de seguridad apareció poco después con expresión seria.
—Doctor... encontramos algo.
El director levantó la vista.
—Habla.
—Revisamos el cuarto de descanso del personal de oncología.
Todos guardaron silencio.
—Durante la inspección localizamos un pequeño frasco oculto dentro del casillero de una doctora.
El ambiente se volvió tenso.
—¿De quién?
El hombre respiró profundamente antes de responder.
—De la doctora Samyra Hassan.
El director frunció el ceño.
—¿Están seguros?
—Sí.
El recipiente fue enviado inmediatamente al laboratorio.
Minutos después llegó el primer resultado.
Las muestras coincidían.
La composición química del líquido era prácticamente idéntica a la sustancia encontrada en la sangre de Omar.
El silencio fue absoluto.
El director Mayer permaneció inmóvil durante varios segundos.
Conocía a Samyra desde hacía años.
Jamás había recibido una sola queja sobre ella.
Sin embargo, la evidencia comenzaba a señalarla.
—Tráiganla.
***
Samyra acababa de salir de terapia intensiva después de confirmar que Omar permanecía estable dentro de la gravedad.
Estaba agotada.
Las últimas horas habían consumido toda su energía.

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