Samyra sintió que el mundo se desmoronaba bajo sus pies.
Las voces comenzaron a mezclarse a su alrededor. Médicos, enfermeros, pacientes y familiares murmuraban entre sí, algunos observándola con incredulidad, otros con abierta desconfianza.
No necesitaba escuchar sus palabras para comprender lo que estaban pensando.
La creían culpable.
Creían que ella había intentado matar al hombre por el que había arriesgado su propia vida una y otra vez.
El aire dejó de entrar con normalidad a sus pulmones.
Negó lentamente con la cabeza mientras las lágrimas empañaban su visión.
—Yo... yo no fui...
Su voz salió apenas como un susurro.
Nadie parecía escucharla.
—¡La doctora Hassan es inocente! —gritó Elise, colocándose inmediatamente frente a Samyra como si quisiera protegerla de todas aquellas miradas acusadoras—. ¡Ella jamás sería capaz de hacerle daño al paciente Al-Sabah!
La joven recorrió con la mirada a todos los presentes.
Su rostro reflejaba indignación.
—¿Acaso ya olvidaron todo lo que hizo por él? ¡Lo ha arriesgado todo! ¡Su carrera, su salud y hasta su propia vida! ¡Aquí hay algo más! ¡Exigimos una investigación completa antes de señalar culpables!
Varios médicos comenzaron a intercambiar miradas incómodas.
Algunos bajaron la cabeza. Otros seguían dudando.
Pero ninguno podía negar que Elise tenía razón.
Samyra había permanecido junto a Omar día y noche desde que ingresó al hospital.
Había soportado amenazas, agotamiento y peligros inimaginables con tal de mantenerlo con vida.
No tenía sentido que ahora quisiera destruirlo.
Aun así... Las pruebas parecían señalarla.
Samyra cerró los ojos con fuerza.
Sentía un zumbido constante en los oídos.
Las piernas comenzaron a temblarle. Todo giraba.
La presión en el pecho aumentaba a cada segundo.
«Respira...» Intentó obedecer a su propia mente.
Pero era imposible.
Solo podía pensar en Omar.
En su respiración asistida.
En los monitores. En la posibilidad de perderlo para siempre.
Entonces un dolor punzante atravesó su abdomen.
Samyra abrió los ojos de golpe. Llevó ambas manos hasta su vientre.
Otro dolor. Más intenso.
Su respiración comenzó a acelerarse.
—No...
Sus labios temblaron.
—No... por favor...
Elise fue la primera en notar su cambio de expresión.
—¿Samyra?
Phillip y Aníbal reaccionaron al mismo tiempo.
—¿Qué ocurre? —preguntó Phillip acercándose rápidamente.
Samyra apenas podía mantenerse de pie.
Las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas.
—Algo... algo no está bien...
Respiraba con dificultad.
—Mis bebés...
Su voz se quebró.
—Creo que... les está pasando algo...
El miedo se apoderó de todos.
Phillip no perdió un segundo. La sostuvo antes de que cayera al suelo.
—Necesitamos una camilla.
—¡Ahora! —gritó Aníbal hacia el personal del hospital.
En cuestión de segundos varias enfermeras llegaron corriendo.
Entre todos ayudaron a Samyra a recostarse.
Ella seguía sujetándose el vientre con desesperación.
No era solo el dolor. Era el terror.
Había luchado demasiado por aquellos pequeños.
No podía perderlos. No después de todo.
Mientras avanzaban por los pasillos rumbo al ala de ginecología, Samyra sentía cómo las lágrimas no dejaban de brotar.
Todo era borroso. Las luces del techo pasaban una tras otra sobre su cabeza.
El sonido de las ruedas de la camilla retumbaba en sus oídos.
Elise caminaba a un lado sujetándole la mano.
—Mírame.
Samyra apenas pudo girar la cabeza.
—Respira conmigo. Inhala...Exhala... No estás sola. Vamos a cuidar de ti.
Samyra intentó seguir sus indicaciones.
Pero cada vez que cerraba los ojos veía el rostro de Omar conectado a todos aquellos aparatos.
«Resiste...» «Por favor, resiste...» «No me dejes sola.»
Llegaron finalmente a ginecología.
La doctora encargada ya los esperaba.
—Los dos bebés tienen un buen ritmo cardíaco.
Todos soltaron el aire que habían estado conteniendo.
Pero la tranquilidad duró muy poco.
La especialista volvió a mirar el monitor de la presión arterial.
Su expresión volvió a endurecerse.
—Las contracciones que estás presentando no corresponden a un trabajo de parto activo.
Volvió a observarla.
—Son contracciones de Braxton Hicks... también conocidas como falsas contracciones.
Samyra cerró los ojos con alivio.
Sin embargo, la doctora continuó hablando.
—Pero eso no significa que podamos confiarnos.
Señaló el monitor.
—Tu presión sigue demasiado alta. Y sabes que eso sí representa un riesgo tanto para ti como para los bebés. Necesitamos mantenerte en observación. Al menos durante esta noche. Si mañana los valores disminuyen y todo continúa estable, podremos darte el alta.
Samyra asintió lentamente.
Sabía que la médica tenía razón.
Las enfermeras comenzaron a desconectar algunos equipos mientras preparaban la habitación donde permanecería internada.
Poco a poco todos fueron saliendo.
Elise tomó su mano antes de despedirse.
—Voy a demostrar que eres inocente. Te lo prometo.
Phillip dio un paso al frente.
Su mirada reflejaba determinación.
—Yo también. Hay cosas que no encajan en esto. El medicamento administrado no coincide con el registro de farmacia. Alguien manipuló algo. Y pienso descubrir quién fue.
Aquellas palabras despertaron una pequeña esperanza en el corazón de Samyra.
Cuando finalmente la puerta se cerró y quedó completamente sola, el silencio volvió a envolverla.
Miró el techo durante varios segundos. Después llevó ambas manos hasta su vientre.
Las lágrimas comenzaron a caer nuevamente.
—Perdónenme...
Susurró con la voz completamente rota.
—Mamá no quería asustarlos.
Acarició lentamente su abdomen.
—Su papá va a vivir. Se los prometo. Él es fuerte. Siempre ha luchado por vivir. Y volverá a hacerlo.
Su respiración volvió a quebrarse.
—Omar...
Cerró los ojos con fuerza mientras una lágrima resbalaba por su mejilla.
—Tienes que mejorar. Me lo debes. Nuestros hijos te necesitan... Y yo... Yo no sé cómo seguir adelante sin ti.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Me perdiste, CEO árabe
Compré 520 monedas de cobraron, pero no sé desbloquea, es un robo...