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Me perdiste, CEO árabe romance Capítulo 21

Samyra estaba sentada frente al escritorio del abogado con las manos entrelazadas sobre su regazo. Intentaba aparentar calma, pero por dentro sentía que el corazón le latía demasiado rápido.

El despacho era elegante, silencioso, lleno de muebles oscuros y ventanales enormes que dejaban entrar la luz abrasadora de Dubái. Sin embargo, ni el lujo ni el aire acondicionado lograban aliviar la presión que sentía en el pecho.

El abogado Al-Sharif revisaba cuidadosamente los documentos frente a él.

Pasó varias hojas antes de levantar la mirada.

—Señora Al-Sabah… este no será un caso sencillo.

Samyra tensó ligeramente los dedos.

—Lo imaginaba.

El hombre acomodó sus gafas.

—Su esposo tiene mucho poder e influencia. Además, en el nikah no existe ninguna cláusula que le prohíba tomar una segunda esposa. Tampoco hay un acuerdo prenupcial que limite ese derecho.

Las palabras dolieron más de lo que esperaba.

Porque eran ciertas.

Cuando se casó con Omar, jamás imaginó necesitar protegerse de él.

Había confiado completamente.

Bajó la mirada un momento antes de responder.

—Aun así, quiero divorciarme.

El abogado la observó atentamente.

Samyra respiró profundo.

—No puedo aceptar una segunda esposa. Él me prometió que nunca lo haría. Fue una promesa verbal, sí… pero para mí significaba algo real.

Su voz comenzó a quebrarse apenas, aunque luchó por mantener la compostura.

—Estoy dispuesta a irme sin nada. Incluso devolveré la mahr completa. No quiero su dinero. Solo quiero salir de este matrimonio.

El abogado permaneció en silencio unos segundos.

Parecía medir cuidadosamente sus palabras.

—En ese caso… sí existe una posibilidad. Pero debe estar preparada para una batalla legal complicada si el señor Al-Sabah decide negarse.

Samyra asintió lentamente.

Y eso era precisamente lo que más miedo le daba.

Omar jamás aceptaría perder. Mucho menos perderla a ella.

Firmó algunos documentos preliminares con manos temblorosas. Después se puso de pie lentamente.

—Gracias, abogado Al-Sharif.

—Señora Al-Sabah… —él dudó apenas—. Le aconsejo prudencia. Su esposo no parece un hombre acostumbrado a que lo desafíen.

Samyra sintió un pequeño escalofrío.

Porque ella también comenzaba a darse cuenta de eso.

Salió finalmente del despacho.

El calor del exterior la golpeó de inmediato.

El sol caía con fuerza sobre la ciudad y el aire parecía arder. Samyra caminó lentamente hacia el estacionamiento, intentando ordenar sus pensamientos.

Se sentía agotada. Vacía.

Pero también había algo parecido al alivio.

Había dado el primer paso.

Entonces escuchó el sonido de un auto frenando frente a ella.

Samyra levantó la mirada.

Y el miedo le atravesó el pecho.

El vehículo negro se detuvo bloqueándole completamente el paso.

La puerta se abrió. Omar salió del auto.

Su presencia la estremeció inmediatamente.

Llevaba el saco desabotonado, la respiración pesada y los ojos completamente distintos a como ella los recordaba.

Ya no había calidez en ellos.

Parecían consumidos por algo oscuro.

Desesperación. Rabia. Miedo.

Samyra retrocedió involuntariamente.

Porque, por primera vez desde que lo conocía… no reconocía del todo a su esposo.

Omar caminó directamente hacia ella.

—Sube al auto, Samyra.

Su voz fue baja. Controlada.

Pero esa calma daba más miedo que un grito.

Ella negó lentamente.

—No quiero ir contigo.

Los ojos de Omar se endurecieron.

—No estoy preguntando.

Samyra sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Intentó rodearlo para alejarse, pero Omar reaccionó de inmediato y sujetó su brazo.

La presión de sus dedos fue firme. Demasiado firme.

Ella abrió los ojos sorprendida.

—¿Qué haces…?

Omar no respondió enseguida.

La observaba fijamente, como si estuviera luchando contra algo dentro de sí mismo.

Su respiración estaba alterada. Las manos le temblaban apenas. Y aun así seguía sujetándola.

—¿Ahora vas a obligarme? —susurró ella, incrédula.

Omar ni siquiera tomó asiento.

Su presencia llenó toda la habitación.

El abogado notó inmediatamente algo extraño en él.

Parecía fuera de control… aunque intentara ocultarlo.

—¿Sabe quién soy? —preguntó Omar finalmente.

Al-Sharif asintió con cautela.

—Por supuesto.

—Entonces sabe perfectamente el alcance de mi influencia.

El silencio se volvió pesado.

Omar se acercó lentamente al escritorio.

—Voy a decir esto una sola vez. Manténgase lejos de mi esposa.

El abogado sostuvo su mirada.

—Señor Al-Sabah, la señora acudió aquí por voluntad propia.

La mandíbula de Omar se tensó.

—No tome este caso.

—No puedo negarme así sin más.

Omar soltó una risa baja. Pero no había humor en ella.

—Créame… sí puede.

El abogado comenzó a entender que aquello no era una simple advertencia.

Era una amenaza elegante. Fría. Peligrosa.

Omar apoyó ambas manos sobre el escritorio.

—Hay batallas legales que no vale la pena aceptar, Al-Sharif. Y le aconsejo que no convierta a mi familia en una de ellas.

El abogado guardó silencio.

Porque entendía perfectamente lo que estaba ocurriendo.

Omar lo observó unos segundos más.

Luego enderezó el cuerpo.

—Mañana llamará a mi esposa y le dirá que no puede representarla.

—Señor—

—No la ayudarán a divorciarse de mí.

La voz de Omar sonó firme. Casi obsesiva.

Como la de un hombre que estaba dispuesto a destruir todo antes que perder aquello que consideraba suyo.

Y sin esperar respuesta, dio media vuelta y salió del despacho dejando detrás un silencio sofocante.

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