Samyra entró a la villa con el cuerpo tenso y la mente saturada. El lugar, que antes le parecía simplemente un espacio grande y silencioso, ahora se sentía como una jaula elegante.
Sentía rabia de estar atrapada, una vez estuvo ahí por amor, creyendo que era su hogar, ahora solo la asfixiaba.
No quería quedarse allí.
No quería seguir viviendo bajo decisiones que no sentía suyas.
Subió lentamente las escaleras, ignorando a los empleados que la saludaban con cautela.
Cuando llegó a su habitación, cerró la puerta sin hacer ruido y se quedó de pie unos segundos, respirando profundo.
Por primera vez en mucho tiempo, no estaba llorando.
Estaba pensando. Se acercó al escritorio y encendió su computadora.
El brillo de la pantalla iluminó su rostro cansado.
Había algo que llevaba años postergando. Su futuro.
Abrió la página del posgrado.
El formulario estaba ahí, esperando ser llenado.
Samyra dudó un segundo, solo uno.
Luego comenzó a escribir.
Nombre, datos personales, historial académico.
Cada línea era un pequeño acto de resistencia.
Mientras llenaba la solicitud, su respiración se estabilizó.
No era solo un trámite. Era una decisión.
Una forma de decirse a sí misma que todavía existía fuera de ese matrimonio.
Que no era solo la esposa de Omar. Que también era ella.
Que podía ser libre.
Se detuvo un instante cuando llegó al requisito del examen de admisión.
Cuatrocientos puntos. El número parecía pequeño, pero sabía lo que implicaba: disciplina, preparación, constancia.
Todo lo que había dejado atrás.
Pero, aun así, continuó. Presionó “enviar”.
El sonido del sistema confirmando la solicitud fue mínimo.
Pero para ella fue enorme.
Como si algo dentro de su pecho finalmente se hubiera soltado.
Respiró profundo.
Por primera vez en días… sintió algo parecido a esperanza.
Entonces escuchó la puerta principal.
Se quedó quieta. El aire cambió.
Instintivamente cerró la computadora y bajó lentamente las escaleras.
Sabía quién era antes de verlo.
Cuando llegó al salón, lo confirmó. Omar Al-Sabah estaba ahí. De pie. Inmóvil.
Pero no tranquilo.
Sus ojos estaban cargados de una tensión que ella no le había visto antes. Había algo en su mirada que no era solo enojo.
Era miedo. Y algo peor. Desesperación.
—¿Por qué lo hiciste, Samyra? —su voz salió baja, contenida, pero peligrosa—. ¿Por qué estamos llegando a esto?
Ella levantó la barbilla, intentando sostener su propio peso emocional.
—Porque no voy a permitir que sigas humillándome.
Omar frunció el ceño.
—Yo no voy a permitir un divorcio.
Samyra lo miró fijo.
—Entonces elige.
El silencio cayó como una piedra.
—O renuncias a Nayla… o me pierdes a mí.
La frase no fue un ataque. Fue un límite.
Omar dio un paso hacia ella.
Su respiración se volvió más pesada.
—No puedes hacer eso. La ley de Dios y de los hombres me da la razón.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Me perdiste, CEO árabe