—¡Esto es una falta de respeto! —exclamó la anciana, levantándose de golpe—. ¡Si esa es tu decisión, entonces este compromiso termina aquí!
Su hijo también se puso de pie con el rostro endurecido.
—No vamos a quedarnos donde no nos quieren.
Ambos abandonaron la casa con paso apresurado.
La abuela de Nassira intentó seguirlos.
—¡Esperen! ¡No se marchen así!
Pero la puerta ya se había cerrado.
El silencio que quedó en la sala era pesado.
Cuando los ancianos volvieron la vista hacia su nieta, la decepción y el enojo eran evidentes en sus rostros.
—¡Nassira! —exclamó el abuelo—. ¿Eres consciente de lo que acabas de hacer? ¡Has echado a perder una excelente oportunidad! ¡Ese hombre provenía de una familia honorable!
La abuela suspiró con frustración.
—¿Qué será de ti cuando nosotros ya no estemos? Solo queremos asegurarnos de que tengas un esposo que te cuide.
Nassira respiró profundamente.
Aquellas palabras ya no la hacían temblar como antes.
Durante años había guardado silencio por respeto.
Pero ese día no estaba dispuesta a renunciar al hombre que amaba.
Levantó el rostro y habló con serenidad.
—Abuelo... abuela... ya encontré al hombre con quien deseo compartir mi vida.
Los dos la miraron sorprendidos.
—¿Qué has dicho? —preguntó el abuelo.
—Ya elegí al hombre con quien quiero casarme.
La expresión del anciano cambió de inmediato.
—¡No me digas que es ese extranjero! ¡No aceptaré que te cases con un hombre que no sea musulmán!
Nassira negó con calma.
—Él tomó esa decisión por voluntad propia.
Los abuelos fruncieron el ceño.
—¿Qué quieres decir?
—Phillip ha decidido abrazar el islam. No porque yo se lo exigiera. No porque alguien lo obligara. Lo hizo porque así lo siente en su corazón. Quiere formar una familia conmigo respetando nuestra fe y nuestras tradiciones.
El abuelo quedó inmóvil.
Aquella respuesta no era la que esperaba.
Intercambió una mirada con su esposa.
Ambos permanecieron en silencio durante unos segundos.
Finalmente preguntó con voz mucho más baja:
—¿Él... sabe toda la verdad?
Nassira sintió un nudo en la garganta.
Sabía perfectamente a qué se refería.
Asintió lentamente.
—Sí. Sabe que nunca podré darle hijos. Lo sabe desde hace mucho tiempo. Y aun así... Quiere casarse conmigo.
Las lágrimas comenzaron a llenar sus ojos.
—Nunca me hizo sentir menos mujer. Jamás me miró con lástima. Nunca me pidió cambiar. Solo... me ama.
La sala quedó completamente en silencio.

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