Un mes después, toda la familia viajó a Suiza.
El vuelo transcurrió entre risas, conversaciones y los constantes juegos de los pequeños gemelos de Omar y Samyra, que ya caminaban con seguridad y llenaban de alegría cada rincón.
Phillip y Nassira también los acompañaban.
Al llegar, se hospedaron en un elegante hotel con vista al lago Lemán.
Aquella misma noche acudieron a una cena privada organizada por el comité del Laurel Internacional.
Fue allí donde volvieron a encontrarse con Elise y Aníbal.
Samyra sonrió apenas los vio acercarse.
Elise caminó directamente hacia ella y la abrazó con fuerza.
—Te extrañé.
—Yo también.
Aníbal estrechó la mano de Omar y luego abrazó afectuosamente a Samyra.
—Siempre es un placer volver a verlos.
Durante la cena recordaron muchas de las experiencias que habían vivido juntos.
Rieron.
Compartieron anécdotas.
Incluso recordaron algunos momentos que, en su momento, parecían imposibles de superar.
Cuando terminaron de cenar, Elise pidió a Samyra que salieran unos minutos a la terraza.
La noche suiza era tranquila.
Las luces de la ciudad se reflejaban sobre el lago como pequeñas estrellas.
Elise permaneció unos segundos contemplando el paisaje antes de hablar.
—Hace unos meses murió la madre de Aníbal.
Samyra guardó silencio.
Sabía cuánto daño había causado aquella mujer.
Elise respiró profundamente.
—Pensé que cuando llegara ese día sentiría alivio. Incluso imaginé que sería feliz. Pero no ocurrió.
Samyra la escuchaba atentamente.
—Solo sentí tristeza. Tristeza porque desperdició toda su vida odiando. Porque jamás conoció la paz. Porque permitió que el rencor destruyera a su propia familia.
Una lágrima descendió lentamente por la mejilla de Elise.
—Durante mucho tiempo creí que nunca podría perdonarla. Pero comprendí algo. Seguir odiándola solo hacía que siguiera teniendo poder sobre mí. Y no quería vivir así.
Sonrió con serenidad.
—La perdoné. No porque ella lo mereciera. Sino porque yo merecía vivir en paz.
Miró hacia el cielo.
—Solo una mujer con el corazón profundamente enfermo pudo hacer tanto daño. Mi hija jamás conocerá esa parte de nuestra historia. No quiero que crezca alimentando resentimientos. Dondequiera que esté... Espero que Dios tenga misericordia de ella. Aunque nunca supiera pedir perdón.
Samyra sintió un profundo nudo en la garganta.
Abrazó a Elise con fuerza.
—Eres una mujer extraordinaria.
Elise sonrió entre lágrimas.
—No. Solo aprendí que el perdón libera mucho más al que perdona que al perdonado.
***
La mañana siguiente llegó finalmente la ceremonia.
El recinto estaba repleto de investigadores, médicos, científicos y autoridades de distintos países.

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