Más tarde, esa misma noche, Fahriye junto a las mujeres de su familia tanto Al Qasimi como Al-Sabah celebraron la noche de henna.
No la celebraron antes por tanto drama.
La gran sala de celebraciones del Palacio Real de Furayia resplandecía bajo el brillo de inmensos candelabros de cristal.
El delicado aroma del oud, mezclado con incienso de ámbar y agua de rosas, impregnaba el ambiente con una fragancia elegante y solemne.
Sobre el suelo, gruesas alfombras persas cubrían el mármol blanco, mientras enormes arreglos de jazmines, rosas blancas y flores de azahar decoraban cada rincón del salón reservado exclusivamente para las mujeres de ambas familias.
Aquella era la noche de la Laylat Al Henna, una de las tradiciones más importantes antes de la gran celebración nupcial.
No era únicamente una fiesta.
Era la despedida simbólica de una mujer de la casa donde había crecido y el inicio de una nueva vida junto a su esposo.
Sentada sobre un amplio diván cubierto con seda color marfil y cojines bordados con hilos de oro, Fahriye permanecía completamente inmóvil.
Vestía un lujoso Jalabiya verde esmeralda de terciopelo, bordado con hilos de oro y pequeñas piedras preciosas
Sobre su cabeza descansaba un delicado velo verde semitransparente.
Pero detrás de aquella imagen perfecta, su corazón era un Huracán de emociones.
En apenas unos días su vida había cambiado por completo.
Había pasado de ser una novia humillada públicamente a convertirse en la esposa de otro hombre, uno que acababa de decirle que siempre la amó.
Todavía le costaba creerlo.
A su lado permanecía Samira Al-Sabah, su madre.
Sus ojos estaban enrojecidos.
Había intentado mantenerse fuerte durante toda la ceremonia religiosa, pero aquella noche las emociones eran imposibles de contener.
Extendió una mano y acarició con ternura el cabello de su hija bajo el velo.
—Mi pequeña... —susurró con la voz quebrada—. Parece que fue ayer cuando dabas tus primeros pasos tomada de mi mano.
Fahriye sintió un nudo en la garganta.
Le tomó la mano con fuerza.
Durante unos segundos ninguna de las dos habló.
No hacía falta.
Las lágrimas hablaban por ellas.
Alrededor del salón, las mujeres de la familia comenzaron a entonar antiguos cánticos tradicionales.
Sus voces, acompañadas por el suave ritmo de panderos tradicionales llenaban el ambiente de una melancolía serena que conmovía incluso a las invitadas más jóvenes.
Las mujeres balanceaban lentamente sus cuerpos mientras repetían bendiciones para la novia.
Pedían a Alá que concediera felicidad al nuevo matrimonio.
Que les regalara hijos sanos.
Que nunca conocieran la traición.
Que el amor permaneciera en su hogar hasta el último de sus días.
Las lágrimas comenzaron a recorrer las mejillas de varias mujeres.
No era un llanto de tristeza.
Era el llanto inevitable de una madre que entregaba a su hija para verla construir una nueva familia.
En ese momento, todas las conversaciones cesaron.
Las puertas del salón se abrieron lentamente.
Las mujeres de la familia Al Qasimi hicieron su entrada.
Al frente caminaba la anciana jequesa Cerem.
Tras ella caminaba la jequesa Alya, madre de Zayn, sosteniendo una gran bandeja de plata labrada.
En el centro reposaba la henna cuidadosamente preparada, rodeada por pequeñas velas encendidas, dátiles, almendras, pistachos y monedas de oro, símbolos tradicionales de prosperidad, fertilidad y abundancia para el nuevo hogar.
Samira se levantó inmediatamente.
Las dos mujeres se miraron durante unos segundos.
Alya tomó con cariño las manos de Samira.
—Hoy no pierdes una hija —dijo con dulzura—. Hoy nuestras familias se convierten en una sola. Prometo ante Alá cuidarla como si hubiera nacido de mi propio vientre.
Las lágrimas de Samira volvieron a brotar.
Sin contenerse, abrazó a la jequesa.
—Confío en usted... porque sé la clase de hijo que ha criado.
Las mujeres presentes rompieron en aplausos.
La emoción se extendió por todo el salón.
La anciana Cerem se acercó entonces hasta Fahriye.
Tomó suavemente su barbilla para obligarla a levantar el rostro.
La observó durante largos segundos.
Después sonrió.

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