El silencio en la habitación era distinto esta vez.
No era descanso. Era decisión.
Samyra se sentó lentamente en el borde de la cama, como si cada movimiento tuviera peso propio.
Respiró hondo, tratando de ordenar todo lo que había escuchado en los últimos días, todo lo que no había sido dicho directamente, pero que ya no podía ignorar.
Ya no quería llorar. Ya no quería esperar.
Se levantó con calma, subió las escaleras hacia su habitación y cerró la puerta detrás de ella.
Por primera vez en mucho tiempo, no pensó en Omar.
Pensó en ella.
Abrió su escritorio, sacó los libros de medicina y los colocó frente a sí. Las páginas estaban intactas, como si el tiempo no hubiera pasado para ese futuro que ella había dejado en pausa.
Pero ahora no. Ahora volvía.
Sus dedos recorrieron las hojas como si fueran una promesa.
—Tengo que hacerlo —susurró para sí misma—. No puedo seguir aquí.
Sus ojos se endurecieron ligeramente.
—Voy a presentar el examen. Voy a aprobarlo. Y cuando esté lista… me iré.
Hubo un silencio. Uno distinto al de antes.
Este era el silencio de alguien que ya decidió romper algo por dentro.
Abrió una libreta nueva y escribió planes, horarios, fechas. No era solo estudio. Era escape. Era reconstrucción.
Y por primera vez en mucho tiempo, sintió algo parecido a control.
—No voy a llorar más por ti, Omar, no vale la pena, conseguiré presentar el examen, aprobarlo, y una vez que esté segura de mi estancia a Suiza, me iré, dejaré a un abogado a cargo del divorcio, y no me volverás a ver; pero no lo olvides, Omar, tú fuiste quien rompió nuestra promesa.
Se levantó, tomó una fotografía pequeña de su padre y la sostuvo contra su pecho.
—Voy a lograrlo —murmuró—. Por ti.
***
Mientras tanto, Nayla estaba sentada en una esquina del aeropuerto, con las manos entrelazadas con fuerza.
El sonido de los anuncios de vuelos le atravesaba los pensamientos, pero no lograba calmarla.
Cada minuto que pasaba no era solo tiempo.
Era posibilidad. O peligro.
“¿Y si no viene?”
Esa idea le apretó el pecho. Miró su teléfono otra vez. Sin mensajes. Sin llamadas.
Su respiración se volvió más lenta, pero más pesada.
“¿De verdad no me va a detener?”
No era solo miedo a Medina. Era miedo a no ser elegida. A no ser salvada. A no existir dentro de una decisión importante.
Apretó los labios.
“No… él vendrá.”
Se obligó a creerlo. Porque si no venía, entonces todo lo que había construido se caía.
Y no estaba lista para eso.
**
El sonido de una voz cortó su pensamiento.
—¡Nayla!
Se quedó inmóvil. No giró de inmediato. Solo cerró los ojos un segundo.
Y cuando los abrió, respiró como si acabara de encontrar aire después de hundirse.
Se levantó lentamente. Pero no corrió.
No todavía.
Cuando se giró, su rostro ya no mostraba desesperación completa. Solo la suficiente.
Como si estuviera midiendo el impacto que debía causar.
Y entonces lo vio.
Omar Al-Sabah caminando hacia ella con el ceño tenso, la respiración agitada, como si hubiera estado luchando contra sí mismo durante todo el camino.
La tomó del brazo sin pensarlo.
—No te vas a Medina.
Su voz no era solo firme. Era desesperada.
Nayla bajó la mirada.
—No puedo quedarme… —susurró—. No puedo destruir lo que tienes con Samyra.
Él apretó la mandíbula.


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