Hasret permanecía inmóvil, incapaz de apartar la mirada de Murad.
Sentía que el corazón iba a salírsele del pecho.
Todo aquello era demasiado.
Durante toda su vida había aprendido que, cuando algo parecía perfecto, siempre escondía un precio terrible.
Por eso no podía creer lo que acababa de escuchar.
Sus labios temblaron. Negó una y otra vez con la cabeza.
—¡No...!
Su voz salió entrecortada.
—No puede aceptar mis condiciones.
Retrocedió un paso, como si necesitara recuperar el aire.
—Debe negarse.
Volvió a negar con más fuerza.
—Debe decir que soy muy ambiciosa... que soy egoísta... que no merezco convertirme en esposa de un hombre como usted.
Murad la observó con una serenidad que contrastaba completamente con el caos que dominaba a Hasret.
Una leve sonrisa apareció en sus labios.
—¿De verdad pensabas que iba a rechazarte?
Hasret permaneció en silencio.
Murad negó lentamente.
—Eso jamás ocurrirá.
Aquellas palabras la dejaron sin aliento.
Sintió un nudo en la garganta.
No.
Él no entendía.
No podía entender.
Toda su vida había sido una sucesión de pérdidas.
¿Cómo podía un hombre como Murad mirar únicamente el presente sin conocer el peso de su pasado?
Las lágrimas comenzaron a acumularse en sus ojos.
—Usted no lo comprende.
Respiró profundamente.
—Yo no soy digna de usted.
Murad permaneció en silencio, permitiéndole hablar.
Hasret bajó lentamente la mirada.
—Ni siquiera nací aquí.
Su voz apenas era un susurro.
—Nací en Trabzon.
Al pronunciar el nombre de su ciudad natal, un sinfín de recuerdos atravesó su mente.
El mar Negro. Las montañas verdes. El olor a lluvia.
La pequeña casa donde alguna vez creyó que sería feliz.
Todo desapareció demasiado pronto.
—Cuando tenía diez años… Fui vendida.
Murad sintió que el corazón se encogía.
Pero no la interrumpió.
—Me vendieron para convertirme en esposa de un hombre mucho mayor que yo.
Hasret cerró los ojos. Todavía podía recordar el miedo de aquella niña. El terror. La sensación de no pertenecerle a nadie.
—Si la familia Al-Dafari no hubiera intervenido...
Las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas.
—Mi destino habría sido mucho peor.
Respiró profundamente antes de continuar.
—Ellos me compraron.
Murad frunció ligeramente el ceño.
Hasret sonrió con amargura.
—Pero no para casarme. Solo para convertirme en una sirvienta. Toda mi vida pertenecí a alguien. Primero a quienes me vendieron. Después a quienes me compraron.
Levantó nuevamente la mirada hacia Murad. Había desesperación en sus ojos.
—Por favor...
Dio un paso atrás.
—Reaccione.
Su voz sonó casi suplicante.
—Yo no soy digna de convertirme en esposa de un hombre como usted.
Murad no respondió.
Ella continuó hablando, como si necesitara convencerlo antes de que fuera demasiado tarde.
—No tengo apellido importante. No tengo fortuna. No tengo una familia que pueda recibirlo con orgullo. No tengo una dote. No tengo nada.
Se llevó una mano al pecho.
—No sería una buena esposa.
Respiró con dificultad.
—Por favor...
Su voz se volvió apenas audible.
—Olvídeme. Déjeme ir.
Intentó apartarse. Pero Murad sujetó suavemente su mano.
Hasret levantó lentamente la vista.
Murad sonreía. Aquella sonrisa seguía siendo igual de tranquila.
—Te equivocas.
Murad acarició con delicadeza el dorso de su mano.
—Eres digna.
Guardó silencio unos segundos.
—Eres exactamente todo lo que necesito.
Hasret sintió que las lágrimas caían con más fuerza.
Murad dio un pequeño paso hacia ella.
—Y quizá...
Sonrió con humildad.
—Sea yo quien todavía no merece una mujer como tú.

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