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Me perdiste, CEO árabe romance Capítulo 29

Los ojos de Nayla estaban sobre ellos, y le alegró, que Samyra no la viera. Apretó sus puños, algo nerviosa, con un miedo en su interior.

—¿Qué tanto miras?

—Ahí está —susurró Nayla sin apartar la mirada—. Esa es Samyra Al-Sabah.

Su padre apenas movió la cabeza, lo suficiente para verla sin levantar sospechas. La observó con detenimiento: la postura serena, la manera en que sostenía la taza de té, la calma y paciencia, la sonrisa en los labios.

Y ella con otro hombre hablando tan tranquilamente.

El hombre sonrió con una satisfacción lenta.

—Así que ella es la primera esposa. Parece una Kha’ina

—¿Qué dices, padre?

—¿No es la esposa del señor Al-Sabah quien está con otro hombre desconocido?

Nayla asintió, apretando los dedos sobre el borde de su taza de té.

El padre dejó escapar una risa baja, casi silenciosa, como si acabara de confirmar una oportunidad que no pensaba dejar pasar.

—No hace falta mucho más.

Sacó el teléfono con naturalidad,

Sin prisa. Sin culpa. Enfocó la cámara hacia la mesa de Samyra.

Un par de imágenes, un video breve. La escena era inocente a simple vista: dos personas conversando, una reunión discreta. Pero la intención detrás del lente lo convertía en otra cosa.

—Padre… —murmuró Nayla, incómoda—. ¿Qué estás haciendo?

Él no la miró.

—Lo que corresponde. El mundo no recompensa la paciencia, hija. Recompensa a quien sabe empujar las piezas correctas.

Guardó el teléfono con la misma calma con la que lo había sacado.

—Si esto llega a manos correctas, el nombre de Samyra quedará manchado. Y cuando un hombre poderoso pierde la confianza en su esposa, esto es simple… busca reemplazo.

Nayla tragó saliva.

—¿Quieres que la destruyan?

El hombre por fin la miró, con una paciencia casi pedagógica.

—Quiero que te dejen el camino libre.

Hubo un silencio breve Nayla, sin embargo, de devanó el alma que se quebraba entre la duda y la ambición.

—Omar podría… no creerlo —dijo ella, más para sí misma que para su padre.

Él sonrió de nuevo, ahora con una seguridad afilada.

—Entonces lo haremos creer. No se trata de verdad, Nayla. Se trata de impacto.

Le entregó el teléfono.

—Envíalo. Y deja que el resto ocurra solo.

Nayla miró la pantalla encendida.

La imagen de Samyra aparecía congelada, serena, ajena a la tormenta que acababa de nacer a unos metros de ella.

Por un instante dudó.

Pero después pensó en Omar. En lo que podría ser suyo. En lo que ya no quería perder.

En escapar de un mal destino, y la posibilidad de por fin tener una buena vida.

—Ella no me quiere, nunca me dejará ser la segunda esposa, no sin pelear —susurró, como justificándose a sí misma.

Su padre asintió, satisfecho.

—Entonces no estás quitando nada. Solo limpiando el camino.

Y lo hizo.

Sin que Samyra siquiera notara su presencia.

***

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