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Me perdiste, CEO árabe romance Capítulo 30

Nayla salió del restaurante con pasos apresurados, aunque su rostro intentaba mantener una calma que no sentía.

El aire de la calle le golpeó el rostro con suavidad, pero dentro de ella todo era distinto: una mezcla incómoda de nervios, anticipación y una duda que no terminaba de desaparecer.

Subió al primer taxi que encontró sin mirar atrás.

Durante el trayecto, apoyó la cabeza contra el vidrio, observando cómo las luces de la ciudad se estiraban en líneas difusas. No pensaba en el paisaje. Pensaba en Samyra.

Y en lo que planeaba de hacer.

El teléfono seguía en su mano.

***

La mansión Al-Sabah se alzaba imponente cuando el vehículo se detuvo.

Nayla pagó sin decir palabra y descendió con lentitud, como si el peso de lo que llevaba dentro la obligara a moverse más despacio.

Apenas cruzó el umbral, encontró a Nassira en el salón principal.

—Has vuelto rápido —dijo Nassira, levantándose de inmediato—. ¿Qué ocurrió con tu padre? Dime, ¿te sientes bien?

Nayla asintió, intentó responder con naturalidad, pero su voz salió ligeramente apagada.

—Le pedí tiempo… no quería que me obligara a regresar a Medina.

Nassira la observó con atención, como si intentara leer entre líneas.

—¿Y lo aceptó?

—No del todo —admitió Nayla—, pero conseguí que me diera unos días.

Nassira suspiró aliviada y la abrazó con fuerza.

—Temí que te apartaran de todo esto. Mi hermano… él confía en ti, Nayla, él te quiere mucho.

Nayla bajó la mirada.

“Confía en mí”, repitió mentalmente, sin saber si esa idea le producía alivio o culpa.

Nassira la tomó de la mano y la llevó hacia el sofá.

—Debes entender algo —continuó—. Él ya tomó una decisión contigo. No la desaproveches, él no te dejará desprotegida.

Nayla dudó un instante.

Había algo que aún no había dicho.

Algo que pesaba más que todo lo anterior.

—Nassira… hay algo más.

Su voz cambió ligeramente. Sacó el teléfono.

Mostró la imagen.

El ambiente cambió de inmediato.

Nassira tardó unos segundos en reaccionar.

Al principio frunció el ceño, confundida.

Luego su expresión se tensó, como si la imagen estuviera reconfigurando su percepción de la realidad.

—¿Qué… es esto? —preguntó lentamente.

Nayla no respondió.

Nassira acercó más el teléfono.

La comprensión llegó como un golpe seco.

—No… —susurró—. Esto no puede ser real.

Su respiración se aceleró.

—Es Samyra… —murmuró con incredulidad—. Está con otro hombre.

El silencio que siguió fue denso.

Nayla observó su reacción con cuidado. No había satisfacción en su rostro.

Tampoco arrepentimiento claro. Solo una tensión contenida, como si estuviera observándose a sí misma desde fuera.

—No sabemos qué es exactamente —dijo Nayla con cautela—. Pero…

—Pero nada —interrumpió Nassira, levantándose de golpe—. Esto es una traición.

La palabra resonó demasiado fuerte en la habitación.

Nayla levantó la mano.

—Baja la voz.

—¿Bajar la voz? —Nassira la miró incrédula—. Mi hermano tiene derecho a saber esto ahora mismo.

Se giró hacia el teléfono de Nayla.

Unos minutos después, ambas estaban frente a otro teléfono. Uno distinto.

Era un teléfono de alguien que ya no tenía nada que ver con ellas. Era de un empleado de la Mansion.

—Un empleado —murmuró Nassira mientras escribía—. Alguien irrelevante.

Nayla observaba. Y por primera vez, sintió el peso real de lo que estaban haciendo.

No era solo un mensaje. Era una acusación. Era un punto sin retorno.

—¿Estás segura? —preguntó de repente.

Nassira la miró de reojo.

—¿Ahora dudas? Eres demasiado buena, Nayla… pero esto es lo que merece. Veamos qué cara pone cuando Omar pronuncie el talaq.

Nayla tragó saliva. Solo asintió.

El mensaje fue enviado.

***

En otra parte de la ciudad, Omar terminaba su jornada laboral.

La oficina estaba en silencio. El último de sus asistentes había salido hacía varios minutos. Se quitó la chaqueta lentamente, dejando caer el peso del día sobre el respaldo de su silla. Iba a marcharse.

Pero su teléfono vibró. Un número desconocido.

Frunció el ceño. Por instinto, estuvo a punto de ignorarlo.

Pero algo lo detuvo. Un segundo. Solo uno.

Y abrió el mensaje.

La pantalla iluminó su rostro.

La frase era corta.

“¿Sabes que tu esposa es infiel?”

Omar no se movió. No respondió. Solo leyó una vez. Luego otra.

El silencio de la oficina se volvió más pesado.

Y por primera vez en mucho tiempo, sintió que algo en su vida acababa de inclinarse sin que él lo hubiera permitido.

El teléfono permaneció en su mano. Inmóvil.

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