Omar observó las imágenes una vez más.
La pantalla del teléfono brillaba en su despacho, iluminando su rostro tensado, marcado por una rigidez poco habitual en él.
Al principio no entendía por qué su respiración se había vuelto más corta, más pesada. Solo eran fotos. Solo un restaurante. Solo Samyra sentada frente a un hombre.
Pero su mente no se quedó en lo racional. Se quebró.
Una imagen se impuso sobre las demás con una violencia inesperada: Samyra sonriendo en la mesa, inclinándose apenas hacia aquel desconocido, escuchándolo como si el mundo alrededor no existiera.
Luego otra. Sus manos sobre la mesa. Su postura relajada. Su expresión… viva.
Y entonces ocurrió lo que no quiso admitir.
No era duda lo que sentía. Era celos.
Un calor áspero le subió desde el pecho hasta la garganta, como si algo lo estuviera quemando por dentro.
Apretó la mandíbula. Su mano se cerró alrededor del teléfono con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
No debía afectarle. No así.
Pero la imagen cambió otra vez en su cabeza sin permiso: Samyra caminando de la mano de ese hombre, alejándose de él sin mirar atrás. Riéndose con alguien más. Viviendo una vida donde él no existía. Luego, la imaginó besando a otro hombre.
El pensamiento fue tan claro que lo golpeó como una agresión física.
—No… —murmuró, casi sin voz.
El vaso que estaba sobre su escritorio tembló cuando su mano lo golpeó de manera brusca.
El agua se derramó sobre los documentos. Luego el cristal cayó al suelo con un estallido seco, rompiéndose en fragmentos que se dispersaron como una metáfora exacta de lo que sentía por dentro.
La puerta del despacho se abrió de inmediato.
—¡Señor! ¿Está bien?
Era su asistente. Su voz intentaba ser profesional, pero había un matiz de alarma en ella.
Omar no respondió. Ni siquiera la miró al principio.
Tenía la mirada fija en el suelo, en los restos del vaso roto, como si intentara recuperar el control entre los fragmentos.
Pero no podía.
Cuando alzó la vista, sus ojos estaban enrojecidos. No de lágrimas. De contención. De rabia.
—Sal —dijo finalmente, seco.
La asistente dudó un segundo, pero obedeció. La puerta se cerró otra vez.
Omar se quedó solo. Y en esa soledad, el control terminó de romperse.
No entendía qué le estaba pasando. No era un hombre impulsivo. Nunca lo había sido. Siempre había sabido medir, decidir, contener. Pero ahora había una grieta en su interior que no sabía cómo cerrar.
Y esa grieta tenía un nombre. Samyra.
***
Media hora después.
Samyra llegó a casa cuando el cielo ya empezaba a oscurecer.
El aire dentro del hogar era más frío de lo habitual, como si las paredes guardaran silencios acumulados.
Subió la mirada hacia la escalera, agotada, pero no vacía. En su mano llevaba el libro que el profesor Aníbal le había entregado.
Aún podía sentir el peso de ese gesto, como si no fuera solo papel encuadernado, sino una promesa.
Se detuvo un momento.
Lo abrió apenas. Sus dedos acariciaron la portada.
Una sonrisa leve se formó en sus labios sin que lo notara del todo. Era una emoción distinta a la que había sentido últimamente. Esperanza.
—Ojalá pase el examen… —pensó mientras cerraba el libro con cuidado—. Tengo que esforzarme más. Tengo que salir de aquí. Cumplir mi sueño.
El rostro de su padre apareció en su mente como una imagen lejana, difusa, pero cálida.
—Quiero que esté orgulloso de mí… donde quiera que esté.
El pensamiento le apretó el pecho, pero no de dolor inmediato, sino de una nostalgia suave que la impulsaba hacia adelante.
Subió un escalón.
Y entonces, la puerta principal se abrió de golpe.
El sonido fue tan brusco que Samyra se detuvo en seco.
Giró lentamente. Omar estaba allí.
De pie. Mirándola. No como antes.

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