Omar avanzó hacia Samyra con pasos rápidos y desesperados.
Ella apenas tuvo tiempo de retroceder antes de que él la alcanzara. Sus manos se cerraron alrededor de sus brazos con firmeza, obligándola a detenerse frente a él.
El aire entre ambos ardía.
Sus miradas chocaron violentamente, como olas golpeando rocas afiladas en medio de una tormenta.
Los ojos oscuros de Omar estaban llenos de emociones contradictorias.
Rabia. Miedo. Desesperación.
—Samyra, entiéndelo de una maldita vez —dijo entre dientes—. ¡Yo nunca te dejaré ir! No me divorcio, no me divorciaré… jamás voy a dejarte.
Samyra sintió que algo dentro de ella se tensaba aún más.
Ya estaba cansada de escuchar promesas vacías disfrazadas de amor.
Intentó apartarlo empujándolo del pecho, pero Omar sostuvo su rostro de repente, como si temiera que desapareciera frente a sus ojos.
Y la besó.
Fue un beso torpe. Brusco. Desesperado.
Sus labios aplastaron los de ella con ansiedad contenida, como si aquel contacto pudiera reparar años enteros de distancia emocional.
Pero Samyra ya no era la mujer silenciosa que soportaba todo en secreto.
Esta vez reaccionó. Lo mordió. Con fuerza.
Omar soltó un jadeo ahogado al sentir el sabor metálico de la sangre llenándole la boca. Se apartó apenas unos centímetros, sorprendido, respirando agitadamente mientras la miraba fijamente.
Nunca la había visto así. Furiosa. Salvaje.
—¡Samyra…!
Ella lo miró con rabia contenida.
—No me toques.
Pero él seguía sujetando su rostro.
Como si no pudiera soportar la idea de alejarse de ella.
Como si supiera, en el fondo, que estaba a punto de perderla de verdad.
—¿Por qué haces esto? —preguntó Omar con la voz rota.
Samyra soltó una risa amarga.
—¿Yo hago esto?
Intentó apartarse otra vez, pero él no cedió.
Entonces levantó la mirada lentamente hacia él.
—Dime algo, Omar… ¿por qué no me dejas ir?
El silencio cayó entre ambos.
Los dedos de Omar se tensaron ligeramente sobre su piel.
—Porque tú me salvaste la vida, Samyra.
Ella sintió aún más cansancio al escucharlo.
—Y además… te quiero.
Samyra lo observó unos segundos.
Después se rio. No fue una risa feliz. Fue una llena de dolor acumulado.
—¿Me quieres? —repitió lentamente—. ¿O solo es tu culpa hablando?
Omar frunció el ceño inmediatamente.
—No es culpa.


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