El rostro de Omar se congeló por completo.
Samyra sintió el nudo en su garganta hacerse más fuerte, pero continuó hablando, porque llevaba años tragándose aquellas preguntas.
Llevaba tanto tiempo, sintiéndose invisible dentro de su propio matrimonio.
Sonrió con tristeza. Una sonrisa rota.
—Ah… ya entiendo.
Sus ojos brillaban por las lágrimas contenidas.
—¿Te doy asco?
—¡No digas eso! —respondió Omar inmediatamente, casi furioso—. Eso no es verdad. Jamás pensaría algo así de ti.
Pero las palabras ya no eran suficientes.
Los hechos pesaban más. Muchísimo más.
Samyra dio un paso hacia él. Y luego otro.
Hasta quedar tan cerca que pudo ver el conflicto rompiéndose detrás de sus ojos oscuros.
—Entonces explícamelo.
Omar respiró pesado.
—Samyra…
—¿Por qué siempre encontrabas excusas para trabajar hasta tarde?
Silencio.
La respiración de Omar empezó a volverse irregular.
Samyra sintió que algo dentro de ella comenzaba a desmoronarse otra vez, pero no podía detenerse. Ya no.
—¿Por qué dormías tan lejos de mí? —preguntó con la voz quebrándose lentamente—. ¿Por qué nunca me miraste como un hombre mira a la mujer que ama?
Omar cerró los ojos apenas un instante. Como si cada palabra fuera una cuchillada.
—Yo era tu esposa, Omar…
Las lágrimas comenzaron a acumularse en los ojos de Samyra.
—Soy tu esposa… y aun así jamás me has tocado.
La culpa apareció claramente en el rostro de Omar. Una culpa profunda. Real.
Pero también había algo más. Miedo.
Un miedo oscuro y desgarrador.
Samyra soltó una risa pequeña y dolorosa.
—¿Sabes cuántas veces pensé que el problema era yo?
Omar abrió los ojos lentamente.
Ella ya estaba llorando. No de manera escandalosa.
Sino con lágrimas silenciosas. Humilladas.
—¿Sabes cuántas noches me miré al espejo preguntándome qué tenía de malo?
Omar sintió que el pecho le ardía. Porque sí. Lo sabía.
Había visto muchas veces a Samyra evitar los espejos.
Había notado cómo escondía su cuerpo bajo ropa holgada. Cómo evitaba cambiarse frente a él. Cómo sonreía menos.
Y aun así nunca hizo nada. Porque era un cobarde.
—Pensé que mi cuerpo te desagradaba… tal vez mis cicatrices… —la voz de Samyra casi se rompió—. Me hiciste odiarme…
Aquello golpeó a Omar con tanta fuerza que retrocedió apenas un paso.
El aire abandonó sus pulmones.
Y entonces ocurrió otra vez.
El recuerdo. El fuego. El humo. Los gritos de Samyra.
Su cuerpo temblando mientras lo arrastraba fuera del automóvil destrozado.
La piel de sus brazos quemándose. El olor insoportable de carne herida. Y ella gritando de dolor.
Gritando mientras intentaba salvarlo.
Omar sintió náuseas. Porque jamás olvidaría aquella escena.
Jamás olvidaría verla herirse por él mientras él era incapaz de hacer nada. Nada.
—¡Nunca! —dijo con desesperación—. Nunca pensé algo así de ti.
Su voz sonó demasiado rota. Demasiado intensa. Pero Samyra ya no sabía qué creer.
—Entonces dime por qué —susurró—. Porque no lo entiendo.
El pecho de Omar subía y bajaba violentamente.
Parecía atrapado dentro de sí mismo.
Pasó una mano por su cabello con frustración y giró el rostro apenas un segundo, como si intentara recuperar el control.
Pero no podía. Porque Samyra acababa de abrir una herida que llevaba tanto pudriéndose dentro de él.
Y por primera vez desde que la conocía… Omar parecía completamente perdido.
—Yo… no sabía cómo hacerlo.
Samyra frunció ligeramente el ceño.
—¿Qué?
Omar soltó una risa amarga. Dolorosa. Vacía.
—No sabía cómo amarte sin sentir miedo.
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