—¡Hermano, repúdiala! Samyra es una traidora!
La voz de Nassira rompió el silencio del salón como un látigo.
Samyra se quedó inmóvil por un segundo, pero no bajó la mirada. Lentamente giró el rostro hacia su cuñada, con el ceño fruncido y una calma peligrosa que no solía tener antes.
Ya no era la misma mujer que dudaba de todo. Ahora observaba. Analizaba.
—Ella estaba con otro hombre.
Nassira quitó el teléfono de Omar y mostró las fotos.
—¿Qué dices, cuñada? —preguntó Samyra con una voz firme—. ¿Y tú cómo sabes de ese tema?
El ambiente se tensó de inmediato.
Nassira parpadeó, desconcertada por el cambio de actitud.
Samyra dio un paso hacia adelante.
—¿Qué pasa, Omar? —añadió sin apartar la vista de Nassira—. ¿Te encargaste de arruinar mi reputación sin siquiera preguntarme?
Omar frunció el ceño de inmediato.
—¡Yo no hice eso!
Su tono fue inmediato, seco.
Samyra no reaccionó a él. Sus ojos seguían clavados en Nassira.
—Entonces explícamelo, cuñada. ¿Cómo sabes todo esto si mi esposo no te lo dijo?
Un silencio incómodo llenó la habitación.
Nassira abrió la boca, pero no salió nada al principio.
Y ese detalle… lo notó Omar.
—Nassira —dijo él con voz más baja, pero más peligrosa—. ¿Cómo sabes lo de estas imágenes?
La presión cambió. Ya no era Samyra contra Nassira.
Ahora era Omar observando.
Nassira tragó saliva.
—Hermano… yo…
Se detuvo. Su mirada buscó salida.
—Solo… lo intuí.
Samyra soltó una pequeña risa, fría, casi burlona.
—¿Intuiste?
Su tono fue afilado.
—Qué interesante intuición para algo que parece tan específico.
Nassira apretó los dedos con fuerza.
Omar frunció el ceño.
Samyra observó su expresión.
—Hermano… —intervino Nassira rápidamente, recuperando fuerza—. Pronuncia el talaq. Es hora de que esta mujer que te ha traicionado sea expulsada de tu vida.
Samyra levantó la barbilla. No retrocedió. No se quebró.
—Te equivocas, Nassira —dijo con firmeza—. Ya le expliqué a Omar esto.
Se giró hacia su esposo.
—Es mi profesor de universidad. Me ayudó en una etapa importante de mi vida. Eso es todo.
Omar no apartó la mirada de ella.
Samyra continuó:

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