Samyra cruzó el portón de la mansión de los abuelos con el mismo paso sereno con el que enfrentaba cualquier lugar donde no era bienvenida del todo.
El aire dentro de la propiedad era distinto. Más denso. Más antiguo. Como si cada pared hubiera aprendido a observar sin hablar.
Apenas avanzó unos metros, sintió la mirada de Nassira.
Estaba allí, a un lado del corredor.
No era una mirada abierta ni desafiante como antes. Era más baja, más contenida… pero cargada de algo que no terminaba de definirse. Dolor, rabia, vergüenza. O una mezcla de todo eso.
Samyra la miró apenas un segundo. Fue suficiente.
No hubo gesto, no hubo saludo, no hubo respuesta.
Solo pasó de largo.
Sin acelerar. Sin demostrar prisa. Sin concederle importancia.
Y eso, en sí mismo, fue una respuesta.
Nassira apretó los labios, pero no dijo nada.
**
Le indicaron el camino hacia el salón familiar.
Al entrar, el ambiente cambió otra vez.
El té ya estaba servido. La abuela la esperaba sentada, con la postura recta, las manos descansando con calma sobre la mesa, como si el tiempo dentro de esa habitación obedeciera otras reglas.
—Samyra —dijo la abuela con una voz suave, medida—. Siéntate, cariño.
No era una orden directa. Pero tampoco era una invitación opcional.
Samyra inclinó ligeramente la cabeza y tomó asiento frente a ella.
Durante unos segundos, ninguna habló.
El té desprendía un aroma delicado, casi dulce, en contraste con la tensión invisible que se instalaba entre ambas.
Samyra tomó la taza con calma y dio un pequeño sorbo.
La abuela la observó sin disimulo.
—Lamento lo que Nassira ha hecho —dijo finalmente—. Debió comportarse como tu hermana. En cambio, eligió la imprudencia… y ya ha sido castigada. Aprenderá.
La frase estaba construida con una calma que pretendía sonar justa.
Samyra asintió despacio.
—No le guardaré rencor —respondió sin elevar la voz.
Pero no había emoción en su perdón.
Solo control.
Un silencio breve se instaló otra vez. La abuela la miró con más atención.
—Ese hombre… —empezó, midiendo cada palabra.
Samyra no reaccionó de inmediato. Solo dejó la taza sobre la mesa con cuidado.
—Es mi antiguo profesor de universidad —dijo ella al fin—. Alguien a quien respeto y admiro.
No añadió más.
No explicó demasiado. No se defendió de nada que aún no había sido acusado.
La abuela asintió lentamente, como si esa respuesta encajara en una idea previa.
—Un tutor, entonces… interesante. Me gustaría conocerlo algún día.
El tono era amable, pero había algo detrás de esa amabilidad. Una forma de marcar territorio sin levantar la voz.
La abuela inclinó apenas la cabeza.
—Dime, hija… has estado algo distante últimamente. Y también quiero saber algo más… ¿qué piensas de Nayla?
Samyra sostuvo la taza unos segundos más de lo necesario antes de volver a apoyarla.
No era una pregunta casual.
Era la verdadera razón de la conversación.
—Nayla… —repitió, como si probara el nombre— parece una mujer buena. Que Alá la colme de bendiciones.
Su tono era correcto. Demasiado correcto.
La abuela sonrió ligeramente, como si eso confirmara algo que quería escuchar.
—Entonces no tienes objeciones.
Samyra la miró por fin de forma directa.
El aire se tensó un poco más.
—Abuela… —dijo con calma— no estoy de acuerdo con la idea de una segunda esposa.
El silencio que siguió no fue largo. Pero sí pesado.
La expresión de la abuela cambió apenas. No fue ira. Fue algo más rígido. Más estructurado.
—Entiendo lo que sientes —respondió con cuidado—. Pero debes comprender también la ley. La tradición. Lo que Alá ha permitido para los hombres. ¿Acaso no puedes ceder en esto por tu esposo? Él sería justo con ambas. Y además… Nayla ha sufrido mucho.
Samyra escuchó todo sin interrumpir.

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