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Me perdiste, CEO árabe romance Capítulo 40

Los dedos de Omar se cerraron alrededor del brazo de Samyra con una fuerza inmediata, casi instintiva, como si el control de la situación dependiera de no dejarla escapar ni un segundo.

Su rostro se endureció al instante, y la rabia que llevaba contenida desde hacía tiempo terminó de estallar en su mirada.

—¿Samyra, por qué te atreves a acusarme de algo así? —su voz salió baja, pero cargada de una tensión peligrosa—. No soy infiel. ¿Cómo quieres que te lo demuestre?

Samyra sintió el dolor en el brazo antes incluso de procesar sus palabras.

No era solo la presión física, sino el peso emocional de todo lo que habían acumulado entre ambos durante días, semanas, quizá meses. Aun así, no apartó la mirada de él.

—Entonces, ¿niegas que el hijo de Nayla sea tuyo? —preguntó, con la voz quebrada, pero firme.

Esa frase fue suficiente para romper el frágil control que Omar intentaba mantener.

La soltó de golpe, como si el contacto le quemara.

Dio un paso atrás, respiró con fuerza y pasó una mano por su rostro. La ira no desapareció, pero cambió de forma; ahora era más fría, más calculada.

Sin decir nada más, tomó a Samyra por la cintura y la levantó entre sus brazos.

—¡Suéltame! —protestó ella de inmediato, sorprendida por la brusquedad del gesto.

—Basta —respondió él, seco—. Vas a venir conmigo. Te voy a mostrar la verdad.

No hubo espacio para discusión.

Omar la cargó hacia el exterior de la casa mientras Samyra forcejeaba, más por desesperación que por verdadera posibilidad de liberarse.

El personal de la casa se quedó inmóvil, observando en silencio la escena sin atreverse a intervenir.

El chofer, que ya esperaba cerca del vehículo, abrió la puerta trasera en cuanto los vio acercarse.

Omar la colocó dentro del auto sin suavidad, y entró después de ella, cerrando la puerta con un golpe seco que marcó el inicio de un viaje cargado de tensión.

—¿A dónde vamos, señor? —preguntó el chofer, sin voltear completamente.

—A la villa de mi hermana Nassira —respondió Omar con voz firme.

El motor se encendió de inmediato.

El vehículo comenzó a avanzar por la calle mientras el silencio dentro del auto se volvía cada vez más pesado.

Samyra se giró hacia la ventana, evitando mirar a Omar. Sus manos estaban tensas sobre su propio regazo, y su respiración era irregular, aunque intentaba controlarla.

No quería verlo. No quería enfrentarlo en ese momento.

Y, sin embargo, no podía dejar de pensar.

“¿Y si es verdad?” —la idea cruzó su mente con crueldad—. “¿Y si todo lo que estoy sintiendo no es más que una interpretación equivocada?”

Pero otra parte de ella, más herida y profunda, respondía con dolor.

“Entonces, ¿por qué duele tanto imaginarlo con ella?”

Tragó saliva con dificultad.

El pecho le pesaba como si algo estuviera presionando desde dentro. No quería llorar. No delante de él. No en ese momento.

Omar, a su lado, mantenía la vista fija al frente.

Su mandíbula estaba tensa, y sus manos descansaban cerradas sobre sus rodillas. No hablaba, pero la intensidad de su presencia llenaba el espacio. No era silencio vacío; era un silencio cargado de palabras no dichas, de acusaciones sin resolver.

Capítulo: ¿Estás embarazada? 1

Capítulo: ¿Estás embarazada? 2

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