El hospital estaba sumido en un desorden creciente cuando Omar atravesó los pasillos con pasos apresurados.
El aire era denso, cargado de tensión, con el sonido constante de voces superpuestas, puertas abriéndose de golpe y el eco de pasos rápidos sobre el suelo brillante. Las enfermeras iban y venían con prisa, algunas cargando expedientes, otras intentando mantener el control en medio de una situación que claramente había salido de lo habitual.
Omar no necesitó preguntar demasiado. Algo en el ambiente ya le advertía que aquello no era una simple emergencia médica.
Nassira estaba de pie cerca de una de las habitaciones, con el rostro desencajado, las manos temblorosas y lágrimas que no lograba detener. No dijo nada cuando lo vio pasar; solo bajó la mirada, como si no pudiera sostener el peso de lo que estaba ocurriendo dentro.
Omar avanzó sin detenerse.
Al abrir la puerta, la escena lo golpeó de inmediato.
Dentro, Nayla estaba fuera de control.
Dos enfermeras intentaban sujetarla con cuidado, evitando hacerle daño, mientras ella se debatía entre sollozos y gritos ahogados. Su cabello estaba completamente desordenado, pegado a su rostro empapado de lágrimas. La palidez de su piel contrastaba con la intensidad de su expresión rota, como si algo dentro de ella hubiera colapsado de manera definitiva.
En un rincón de la habitación, el padre de Nayla observaba la escena con rabia contenida. Su mandíbula estaba tensa, los ojos encendidos por una furia que no buscaba consuelo.
—¡Mira lo que has hecho! —explotó de repente, girándose hacia Omar—. ¡Has destruido a mi hija! ¡Has destruido al hijo de la familia Nasser!
Las palabras resonaron con fuerza en la habitación, haciendo que incluso el personal médico dudara por un instante.
Nayla, al escucharlo, comenzó a llorar con más desesperación.
—Padre… por favor… —su voz era apenas un hilo roto.
Pero el hombre no cedió.
—¡Volverás con ellos! ¡Es tu deber! No hay discusión posible.
—¡No! —gritó ella entre sollozos, negando con fuerza—. ¡No quiero volver!
El silencio que siguió fue pesado.
Omar dio un paso al frente, con la mirada endurecida por una mezcla de rabia y determinación.
—Ella no irá a ninguna parte.
Todos en la habitación se giraron hacia él.
El padre de Nayla lo miró fijamente, evaluándolo con frialdad.
—Entonces haga las cosas correctamente, señor Al-Sabah —dijo con voz baja, peligrosa—. Si realmente quiere protegerla, conviértala en su esposa delante de todos.
Nayla soltó un sollozo más fuerte, como si aquellas palabras la hubieran quebrado aún más.
Su mirada buscó a Omar con desesperación.
—Omar… —susurró con la voz rota—. Si no me quieres… puedo volver… puedo hacerlo… solo… no me dejes ahí.
Había algo profundamente desgarrador en su tono. No era manipulación. Era miedo. Un miedo absoluto a un destino que no había elegido.
Omar cerró los ojos un instante.
Todo en su interior parecía colapsar al mismo tiempo.
El peso de Nayla, el rostro de Samyra, las promesas rotas, las decisiones tomadas demasiado rápido, las consecuencias que ya no podía detener.
Cuando volvió a abrirlos, su voz salió más baja, pero firme.
—No volverás con ellos.
Nayla dejó de forcejear.
El padre esbozó una sonrisa apenas perceptible, como si hubiera conseguido exactamente lo que esperaba.
Pero Omar no compartía esa calma.
Había algo dentro de él que no encontraba alivio. Algo que no encajaba.
—Te quedarás conmigo —añadió después de un segundo de silencio—. En dos meses… haré las cosas correctamente.
La frase quedó suspendida en el aire.
No sonó como una promesa segura. Sonó como una decisión tomada en medio del colapso, como si fuera la única forma de detener la caída inmediata de todo lo que lo rodeaba.
Aun así, ya estaba dicho.
Nayla bajó la mirada, llorando en silencio ahora, sin fuerza para seguir resistiendo.
El padre asintió con satisfacción contenida.
Pero Omar no sintió victoria alguna.
Solo un vacío extraño, creciente, como si acabara de perder algo que aún no terminaba de comprender.
Salió de la habitación poco después.
El pasillo parecía más frío que antes. Cada paso le pesaba más.


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