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Me perdiste, CEO árabe romance Capítulo 54

Al día siguiente, Samyra despertó antes del amanecer.

Había dormido poco. Cada vez que cerraba los ojos recordaba la discusión con Omar, sus negativas constantes a concederle el divorcio y aquella sensación asfixiante de estar atrapada en un matrimonio que parecía no tener futuro.

Se levantó de la cama del hotel y observó la ciudad a través de la ventana.

Dubái despertaba lentamente.

Ella también estaba a punto de comenzar una nueva vida.

Después de ducharse y vestirse, salió del hotel con una carpeta de documentos entre las manos. Lo primero era conseguir un nuevo pasaporte. Después tramitaría la visa. Si todo salía bien, pronto estaría en Estados Unidos.

Lejos de Omar. Lejos de aquel matrimonio. Lejos de Nayla.

Tomó un taxi y observó por la ventanilla durante el trayecto.

No pudo evitar sentirse algo nerviosa.

Durante un instante incluso miró por encima del hombro, preguntándose si Omar habría enviado a alguien a vigilarla.

Pero no vio a nadie.

Ni guardaespaldas. Ni vehículos siguiéndola. Ni señales de que él estuviera buscándola.

Y aquello terminó reforzando una idea que llevaba días creciendo dentro de ella.

Quizá Omar realmente quería que se fuera. Quizá solo se negaba al divorcio por orgullo.

Después de todo, nunca la había tratado como una verdadera esposa.

Nunca la había buscado. Nunca la había deseado.

Nunca le había dado el amor que ella había esperado durante años.

Y Nayla... Nayla siempre estaba presente entre ellos.

Samyra bajó la mirada.

—Quizá esto es lo mejor para todos —susurró.

Quizá Omar sería feliz con la mujer que realmente amaba.

Y ella podría recuperar la vida que había dejado atrás.

Porque antes de convertirse en la señora Al-Sabah había sido una doctora exitosa en Estados Unidos.

Tenía amigos. Colegas. Pacientes que aún la recordaban.

Incluso conservaba un departamento que había pertenecido a su padre en Estados Unidos.

Durante años había permanecido vacío. Esperándola. Y ahora pensaba volver.

Cuando llegó a la oficina gubernamental, tomó un número y esperó pacientemente.

Las horas parecieron eternas.

Finalmente escuchó que llamaban su turno.

Respiró hondo y entró al despacho.

Un funcionario de mediana edad la recibió con una sonrisa profesional.

—Buenas tardes.

—Buenas tardes.

—¿En qué puedo ayudarla?

—Perdí mi pasaporte. Necesito solicitar uno nuevo.

—Por supuesto.

Samyra entregó los documentos.

El hombre comenzó a revisar la información mientras tecleaba en el sistema.

Luego verificó sus huellas dactilares. Todo parecía normal.

Samyra incluso empezó a relajarse.

Pensó en el vuelo que tomaría. En las maletas que tendría que preparar. En la libertad que estaba tan cerca de alcanzar.

Pero entonces el rostro del funcionario cambió.

La sonrisa desapareció.Su expresión se volvió seria.

Samyra sintió una incómoda presión en el pecho.

—¿Sucede algo?

—Permítame un momento, señora.

El hombre volvió a mirar la pantalla. Leyó varias veces.

Luego se levantó.

—Regreso enseguida.

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