Samyra salió de la oficina gubernamental sintiendo que el mundo se derrumbaba bajo sus pies.
Las personas seguían caminando a su alrededor.
Los automóviles seguían avanzando.
La ciudad continuaba con su rutina habitual.
Pero para ella todo parecía distante. Irreal.
Apenas podía respirar. La demanda. La restricción. La imposibilidad de abandonar el país.
Todavía escuchaba las palabras del funcionario resonando en su cabeza.
"Su esposo presentó una demanda."
Omar. Había sido Omar.
Las lágrimas comenzaron a acumularse en sus ojos.
No quería llorar. No en público. No delante de todos.
Pero el dolor era demasiado grande.
Mientras intentaba recuperar la compostura, una voz conocida la hizo sobresaltarse.
—¿Samyra?
Ella levantó la cabeza.
Una anciana elegantemente vestida la observaba con preocupación.
Samyra la reconoció de inmediato.
Era la señora Al-Safer.
Una mujer respetada dentro de los círculos sociales más exclusivos de Dubái y gran amiga de la familia Al-Sabah.
La anciana acababa de salir del mismo edificio. Probablemente había asistido a una reunión relacionada con una de las fundaciones benéficas que patrocinaba desde hacía años.
—Querida, ¿te encuentras bien? —preguntó la mujer acercándose—. Pareces muy alterada.
Samyra se apresuró a secar las lágrimas.
—Estoy bien.
—No pareces estar bien.
—Solo tengo irritación ocular.
La anciana frunció el ceño.
Obviamente no le creyó.
—¿Estás segura?
—Sí.
Samyra forzó una sonrisa.
—Debo irme.
Antes de que la mujer pudiera insistir, se dio la vuelta y caminó hacia la salida.
Necesitaba escapar. No quería que nadie la viera en aquel estado.
No quería responder preguntas. No quería escuchar comentarios.
Mucho menos que la noticia llegara a la familia Al-Sabah.
Aunque en el fondo sabía que probablemente ya era demasiado tarde.
***
El trayecto en taxi fue silencioso.
Samyra permaneció mirando por la ventana.
Cada edificio que pasaba parecía recordarle lo atrapada que estaba.
Pensó en Estados Unidos. Pensó en el departamento que había heredado de su padre.
Pensó en el hospital donde había trabajado.
Pensó en la vida que estuvo a punto de recuperar, en el posgrado que le devolvería el control que sentía perdido sobre su vida.
Y sintió ganas de llorar nuevamente.
Cuando el taxi finalmente llegó al hotel, pagó al conductor y descendió.
Estaba agotada. Mentalmente. Emocionalmente. Físicamente.
Lo único que deseaba era encerrarse en su habitación y quedarse sola.
Sin embargo, apenas cruzó la entrada, una empleada se acercó apresuradamente.
—Señora Al-Sabah.
Samyra levantó la mirada.
—¿Sí?
—El gerente desea hablar con usted.
El corazón volvió a acelerarse.
Otra vez esa sensación. Otra vez la impresión de que algo malo estaba por ocurrir.
—Entiendo.
La empleada la condujo hasta una oficina privada.
Cuando Samyra entró, encontró al gerente de pie junto a su escritorio.
El hombre parecía incómodo. Demasiado incómodo.
Y aquello solo aumentó su nerviosismo.
—Señora Al-Sabah —saludó él.
—¿Sucede algo?
—No se preocupe —dijo finalmente—. Me marcharé.
El gerente pareció sinceramente aliviado.
—Gracias por comprender.
Samyra dio media vuelta y salió.
Su orgullo estaba herido. Su corazón también.
Primero el pasaporte. Luego las cuentas. Ahora el hotel.
¿Cuántas puertas más pensaba cerrar Omar?
Mientras avanzaba por el pasillo, una mezcla de rabia y tristeza crecía dentro de ella.
—¿Qué tan lejos piensas llegar? —murmuró.
Aceleró el paso. Necesitaba estar sola.
Necesitaba pensar. Necesitaba encontrar una salida.
Abrió la puerta de la suite con brusquedad.
Entró. Y la cerró de un portazo.
Entonces se quedó paralizada.
Al otro lado de la habitación había un hombre sentado en el borde de la cama.
Omar. Su traje oscuro estaba impecable. Como siempre.
Pero algo en él era diferente. Muy diferente.
No parecía el poderoso empresario que controlaba imperios petroleros.
No parecía el hombre frío e inalcanzable que todos conocían. Parecía agotado.
La barba comenzaba a marcarse sobre su mandíbula.
Había sombras oscuras bajo sus ojos.
Y sus hombros, normalmente rectos y firmes, parecían soportar un peso invisible.
Durante varios segundos ninguno habló.
Samyra sintió una oleada de furia.
—¿Estás satisfecho?
Omar levantó lentamente la cabeza.
Y cuando sus miradas se encontraron, ella vio algo que nunca había visto en él. Desesperación. Pura y devastadora desesperación.
Como si hubiera pasado toda la noche buscándola.
Como si hubiera estado aterrorizado por perderla.
Como si el hombre más poderoso que conocía estuviera al borde de romperse. Y aquello la confundió más que cualquier otra cosa, pero también le causó tanto dolor.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Me perdiste, CEO árabe