Omar se levantó lentamente de la cama.
Durante horas había esperado aquel momento.
Había imaginado decenas de veces lo que le diría.
Cómo le explicaría todo. Cómo la convencería de volver.
Pero ahora que la tenía frente a él, ninguna palabra parecía suficiente.
Samyra estaba de pie junto a la puerta. Su respiración era agitada. Sus ojos estaban rojos.
Y aunque intentaba parecer fuerte, Omar podía ver el dolor detrás de aquella fachada.
Dio un paso hacia ella. Su mirada no era fría.
No era la mirada dominante del empresario que todos conocían.
Era la mirada de un hombre agotado.
Un hombre que llevaba dos noches sin dormir.
Levantó una mano para tocarla.
Pero Samyra retrocedió de inmediato.
Como si él quemara. Aquello le atravesó el pecho.
—Samyra...
—No me toques.
Su voz tembló. Y eso dolió todavía más.
—Por favor, escúchame.
Ella soltó una risa amarga.
—¿Escucharte?
Las lágrimas brillaban en sus ojos.
—¿De verdad tenías que llegar tan lejos?
Omar guardó silencio.
—¿Demandarme?
La palabra cayó como una piedra entre ambos.
—¿Bloquear mi pasaporte?
—Samyra...
—¿Congelar nuestras cuentas?
Él apretó los dientes.
—Escúchame...
—¿Expulsarme del hotel?
Cada pregunta era una puñalada. Cada palabra llevaba semanas, meses, años de frustración acumulada.
—¿Qué sigue ahora, Omar? ¿Secuestrarme en casa?
—¡Jamás haría eso!
—¿No?
Ella sonrió con tristeza.
—Porque honestamente ya no sé qué esperar de ti.
Aquello lo golpeó. Más fuerte que cualquier insulto.
Porque era verdad. Ella ya no confiaba en él.
Y él mismo había destruido esa confianza.
Samyra bajó la mirada durante un instante.
Cuando volvió a levantarla, había lágrimas deslizándose por sus mejillas.
—Yo te salvé.
Omar sintió que el corazón se detenía.
—Samyra...
—Arriesgué mi vida por ti.
Su voz se quebró.
—Creí en ti.
Otra lágrima cayó.
—Y ahora me tratas como si fuera una prisionera.
Omar cerró los ojos. Aquellas palabras eran insoportables.
Porque una parte de él sabía que ella tenía razones para sentirse así.
Pero otra parte estaba aterrada. Aterrada de perderla.
—No eres una prisionera.
—¿Entonces qué soy?
Ella abrió los brazos.
—¿Qué soy, Omar?
El silencio se hizo pesado.
—No soy un canario para encerrarlo en una jaula.
—Nunca pensé eso.
—¿Entonces por qué no me dejas ir?
La pregunta lo dejó inmóvil. Porque la respuesta era sencilla. Y al mismo tiempo imposible de explicar.
“Porque te amo. Porque si te vas no volverás. Porque estoy aterrorizado”
Pero sabía que ella no le creería. Ya no.
—¿Por qué irte así? —preguntó finalmente.
Ella soltó una carcajada incrédula.
—¿De verdad preguntas eso?
—Sí.
—Porque ya era demasiado.
Aquellas palabras lo obligaron a mirarla.
—Llevo tanto tiempo viendo cómo priorizas a Nayla.
Omar cerró los ojos. Ahí estaba. El verdadero problema. Siempre había sido Nayla.
—Llevo demasiado tiempo escuchando promesas.
—Samyra...
—Llevo tanto esperando que me elijas.
Su voz se rompió.
—Y nunca lo hiciste.
Aquello lo dejó sin aire.
Porque sabía que desde fuera parecía exactamente eso.
Que él había elegido a Nayla. Una y otra vez. Aunque jamás hubiera sido así en su corazón.
—Sabes que no puedo abandonar a Nayla.
—Lo sé.
—Sabes lo que sufrió.
—Lo sé.
—Sabes que está sola.
—Lo sé.
Samyra sonrió. Pero aquella sonrisa estaba llena de dolor.
—Y yo también lo estuve.
Aquellas palabras lo destruyeron. Porque no tenía respuesta. Porque era verdad.
Durante tanto tiempo ella había estado sola. A su lado. Y él no lo había visto.
—Nunca la amé.
—No me importa.
—Samyra...
—Ya no me importa.
Omar sintió que algo se rompía dentro de él.
—La única mujer que amo eres tú.
Ella negó lentamente.
—No.
—Es la verdad.
—No.
—Te amo.
—No.
Cada negativa era más devastadora que la anterior.
—Puedes repetirlo mil veces.
—Porque es verdad.
Omar frunció el ceño.
—¿Qué?
—Las alimenta. Las cuida. Las protege. Y dice que ama su carne —sus ojos se clavaron en los de él—. Hasta que llega el día de sacrificarlas.
Aquello lo hizo explotar.
—¡Basta!
La voz resonó por toda la habitación. Por primera vez perdió el control.
—¿Cómo puedes compararme con eso?
—Porque así me siento.
Las palabras lo dejaron inmóvil. Y comprendió algo.
Ella no estaba intentando herirlo, ella estaba herida y quería demostrarlo.
Y él había sido quien la había llevado hasta ese punto.
Respiró profundamente.
—No voy a obligarte a volver —dijo Omar
—No te creo.
—Es verdad.
—Entonces retira la demanda.
Omar cerró los ojos. Ahí estaba nuevamente. La única línea que no podía cruzar.
—No.
La expresión de Samyra se endureció.
—Entonces esto terminó.
—No voy a dejar que salgas del país.
—¿Por qué?
—Porque si te vas te perderé para siempre.
Ella se quedó inmóvil. Durante apenas un segundo. Pero luego volvió a levantar sus muros.
—Ese es tu problema.
—Samyra...
—Nos veremos en el tribunal.
Omar sintió un vacío en el pecho.
—Si esa es tu última palabra...
Ella asintió.
—Lo es.
—Entonces no me culpes si el juez falla a mi favor.
—No me importa.
—Samyra...
Ella sostuvo su mirada. Sin miedo. Sin vacilar.
—Incluso si mi destino fuese la cárcel...
Su voz tembló.
—Lo prefiero antes que volver a una vida donde nunca fui amada.
Aquellas palabras fueron el golpe final.
Omar sintió que todo se derrumbaba. La observó durante largos segundos.
Como si estuviera viendo a una desconocida.
Era la misma mujer que lo salvó. La misma mujer noble. La misma mujer bondadosa. Solo que ahora estaba rota. Y él había ayudado a romperla.
Finalmente asintió.
—Entiendo.
Se dio la vuelta. Y salió de la habitación.
La puerta se cerró detrás de él.
Apenas llegó al pasillo, apoyó una mano contra la pared.
Le costaba respirar. Todo dolía. El pecho. La garganta. El corazón.
Cerró los ojos.
Y por primera vez admitió una verdad que llevaba demasiado tiempo evitando.
Samyra no había cambiado. No se había vuelto cruel. No se había convertido en otra persona.
Él mismo había sido quien la empujó a convertirse en eso, él mismo la llevó tan lejos.

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