Samyra permaneció inmóvil durante varios minutos después de que Omar abandonara la habitación.
La puerta se había cerrado. El silencio había regresado.
Pero el eco de aquella discusión seguía resonando dentro de ella.
Sentía el pecho vacío. Dolorido.
Como si alguien hubiera arrancado algo importante de su interior.
Lentamente caminó hasta la cama y se dejó caer sobre el colchón.
Miró hacia el techo. Sus ojos todavía ardían por las lágrimas.
No quería llorar más. Estaba cansada de llorar.
Cansada de sufrir. Cansada de esperar.
Durante años había esperado que Omar la eligiera. Que la amara. Que la viera. Que entendiera cuánto lo había amado.
Y ahora ya no le quedaban fuerzas.
Cerró los ojos.
Sin quererlo, recordó a su padre.
Aquella voz cálida que tantas veces la había guiado.
Aquella voz que ya no existía, pero que seguía acompañándola en sus recuerdos.
Podía verlo sentado en el jardín de su casa, sosteniendo una taza de té mientras la observaba con esa mezcla de amor y preocupación que siempre había tenido cuando hablaban del futuro.
—Esta religión, este país son maravillosos, hija —le había dicho una vez—, pero como todo en la vida, existen riesgos.
Samyra tragó saliva. Las palabras seguían vivas en su memoria.
—Si eliges a un hombre cuya palabra y su corazón caminen en la misma dirección, serás feliz.
Las lágrimas volvieron a aparecer.
—Pero nada es seguro. Por eso siempre te aconsejaré algo. Cásate con un hombre que te dé paz. No con uno que te obligue a luchar por amor.
Samyra cerró los ojos con fuerza. Su padre había tenido miedo. Ahora lo entendía.
No porque odiara aquella sociedad. No porque despreciara las leyes.
Sino porque conocía el corazón humano. Sabía que el amor podía convertirse en sufrimiento. Sabía que las promesas podían romperse. Y sabía que una mujer enamorada podía terminar soportando cosas que jamás habría imaginado.
—Lo siento, papá —susurró.
Una lágrima recorrió su mejilla.
—Debí escucharte.
Permaneció varios minutos acostada. Pensando.
Intentando encontrar una solución. Necesitaba salir del país. Necesitaba presentar el examen de posgrado. Necesitaba recuperar su vida.
Pero cada vez que pensaba en ello aparecía la misma barrera. La demanda. El juicio. La restricción.
Tomó su teléfono. Buscó información.
Leyes. Procedimientos. Abogados.
Foros jurídicos.
Llamó a algunos abogados, unos baratos, que dijeron que llevaba todas las de perder.
—La promesa no fue firmada en el contrato prenupcial, entonces, la ley no la reconoce.
—Lo siento, pero, tratándose de la Familia Al-Sabah, no puedo representarla.
ningún abogado de los que vio, ni económicos o caros, quiso ayudarla.
Todo parecía conducir al mismo lugar.
Este proceso tardaría meses. Quizás más.
Meses de espera. Meses atrapada. Meses dependiendo de una resolución judicial.
Y el examen se realizaría en apenas sesenta días. Si perdía aquella oportunidad, tendría que esperar años, perder su mejor oportunidad.
El miedo comenzó a crecer.
No. No podía esperar.
No podía quedarse inmóvil mientras Omar decidía el futuro de su vida.
Volvió a mirar el teléfono. Dudó.
Entonces buscó un contacto. Phillip. Su antiguo colega.
Uno de los pocos amigos que aún conservaba de su etapa en Estados Unidos y que estaba aquí en EAU.
Marcó el número.
El corazón le latía con fuerza.
Después de varios tonos, escuchó la voz familiar al otro lado de la línea.
—¡Samyra!
Aquella calidez casi la hizo llorar.
—Hola, Phillip.
—Qué alegría escucharte. El profesor Duncan me dijo que ibas a presentar el examen de posgrado.
Samyra sonrió débilmente.
—Sí.
—Sabía que lo lograrías.
—Eso espero.
Phillip guardó silencio unos segundos.
—¿Ocurre algo?
Ella bajó la mirada, tragó saliva, pero decidió arriesgarse.
—Necesito ayuda.
La voz de Phillip se volvió seria.
—¿Qué sucede?
Samyra respiró profundamente.
—¿Recuerdas al profesor Duncan?
—Claro.
—Escuché que saldrá del país pronto.


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