Al día siguiente, Samyra despertó después de una noche casi en vela.
Había pasado horas mirando el techo de la habitación del hotel, pensando en Omar, en el examen, en la demanda y en aquella desesperada idea de escapar de Emiratos.
Por primera vez en su vida sentía que el tiempo corría en su contra.
El sonido del teléfono la sobresaltó.
Tomó el móvil rápidamente.
Al ver el nombre de Phillip en la pantalla, sintió que el corazón le daba un vuelco.
—¿Phillip?
—Samyra, creo que encontré una posible solución.
Ella se incorporó de inmediato en la cama.
—¿En serio?
—No quiero hablar por teléfono. ¿Podemos vernos?
Samyra sintió una pequeña chispa de esperanza.
Después de tantos rechazos, tantos abogados negándose a ayudarla y tantas puertas cerradas, aquellas palabras fueron como una bocanada de aire.
—Claro.
—Hay una cafetería cerca de la marina. Te enviaré la ubicación.
—Estaré allí.
—Y Samyra...
—¿Sí?
—No hagas nada impulsivo hasta que hablemos.
Ella cerró los ojos.
—Lo intentaré.
La llamada terminó.
Por primera vez desde la discusión con Omar, sintió que tal vez existía una salida.
Se duchó rápidamente y se vistió.
Cuando salió del hotel, el calor de la mañana golpeó su rostro.
Avanzó apenas unos pasos cuando una camioneta negra se detuvo frente a ella.
Samyra se congeló.
La puerta se abrió.
Reconoció inmediatamente al hombre que descendió.
Era uno de los guardias de la familia Al-Sabah.
Su corazón comenzó a latir con fuerza.
—Señora.
—¿Qué ocurre?
—La señora Al-Sabah desea verla.
Samyra sintió un mal presentimiento.
—¿La abuela?
—Sí.
—No puedo ahora.
—Me temo que sí puede.
El hombre mantuvo un tono respetuoso, pero firme.
—La señora me pidió que la llevara inmediatamente.
Samyra apretó los labios.
La anciana siempre había sido amable con ella.
Siempre.
Por respeto a aquella mujer, terminó asintiendo.
—Está bien.
Subió al vehículo.
Mientras avanzaban por las calles de Dubái, una sensación incómoda comenzó a instalarse en su pecho.
Algo no estaba bien. Algo había ocurrido.
***
En la mansión Al-Sabah, la atmósfera era completamente distinta.
La abuela estaba furiosa. Nunca se había sentido tan humillada.
Aquella mañana una vieja amiga la había llamado.
Al principio había sido una conversación normal.
Luego llegaron las preguntas. Preguntas incómodas.
Preguntas llenas de curiosidad disfrazada de preocupación.
¿Era cierto que la esposa de Omar había abandonado la casa?
¿Era cierto que existía una demanda por desobediencia?
¿Era cierto que la joven había huido?
La anciana había comprendido inmediatamente lo que significaba.
El escándalo ya era público.
Las mujeres de su generación hablaban.
Las familias importantes hablaban.
Toda su vida había construido una reputación basada en el honor y el respeto.
Y ahora todos sus esfuerzos parecían convertirse en motivo de murmuraciones.
Cuando Samyra apareció finalmente en la puerta del salón, la anciana levantó la mirada.
Sus ojos estaban llenos de furia. Samyra sintió un escalofrío. Jamás la había visto así.
—Abuela...
—¡No me llames así!
La voz resonó en toda la habitación.
Samyra se quedó inmóvil.
—¿Sabes lo que has hecho?
—Yo...
—¿Lo sabes?
Aquellas palabras terminaron de romper algo dentro de la mujer.
—Ingrata.
La anciana caminó hasta un antiguo gabinete de madera.
Abrió uno de los cajones.
Y sacó el látigo ceremonial que durante décadas había sido símbolo de disciplina dentro de la familia.
Samyra sintió que la sangre abandonaba su rostro.
No podía creerlo.
—Abuela...
—Tal vez nadie te enseñó respeto.
La anciana giró lentamente.
—Pero yo sí puedo hacerlo.
—No puede tratarme así.
—Puedo hacer lo que considere necesario para proteger esta familia.
Samyra retrocedió.
Dos guardias avanzaron.
—No.
—Sujétenla.
Los hombres dudaron.
—Ahora.
Los guardias obedecieron.
Samyra luchó.
—¡Suéltenme!
El miedo comenzó a invadirla.
Aquello estaba ocurriendo de verdad.
La anciana levantó el látigo.
—Después de esto recordarás cuál es tu lugar.
Samyra cerró los ojos.
El corazón le golpeaba con fuerza dentro del pecho.
Entonces una voz masculina resonó en el salón.
Una voz fría. Autoritaria. Peligrosa.
—Suéltenla.
Todos se congelaron.
La anciana bajó lentamente el brazo. Los guardias se apartaron inmediatamente.
Samyra abrió los ojos.
Y vio a Omar de pie en la entrada. Sus ojos oscuros ardían de furia. No estaba mirando a Samyra.
Estaba mirando a todos los demás.
Y por primera vez en mucho tiempo, incluso la anciana pareció dudar.

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