—¡Omar! ¿Cómo te atreves a ir en mi contra?
La voz de Karima Al-Sabah resonó por todo el salón.
La anciana temblaba de furia. Sus ojos estaban clavados en su nieto.
Omar permaneció inmóvil.
Los guardias acababan de soltar a Samyra.
Sin apartar la mirada de su abuela, avanzó hasta colocarse delante de su esposa, bloqueándola con su propio cuerpo.
Como si estuviera dispuesto a convertirse en un muro entre ambas.
Samyra lo observó sin comprender.
Aún sentía el corazón golpeando con fuerza dentro de su pecho.
Todavía podía sentir el miedo que la había invadido cuando los guardias la sujetaron.
—Abuela —dijo Omar con voz firme—. Te quiero y te respeto más que a nadie.
Karima no respondió.
—Pero no permitiré que castigues a mi esposa.
El silencio cayó sobre la habitación.
—¿No lo permitirás? —repitió la anciana con incredulidad.
—No.
—¿Vas a desafiarme por ella?
Omar respiró profundamente.
—No estoy desafiándote.
—Entonces aparta.
—No.
Aquella única palabra pareció incendiar aún más el ambiente.
Samyra lo miró sorprendida.
Nunca había visto a Omar hablarle de aquella forma a su abuela. Jamás.
—Ella destruyó nuestra reputación.
—No.
—Toda la ciudad habla de nosotros.
—No es culpa de Samyra.
—¡Ella abandonó su hogar!
—Porque yo la obligué a hacerlo.
Aquellas palabras hicieron que la habitación quedara en silencio. Incluso los guardias intercambiaron miradas.
Karima abrió los ojos.
—¿Qué has dicho?
Omar bajó la mirada unos segundos. Por primera vez parecía cansado.
Agotado.
Como si llevara demasiado tiempo sosteniendo un peso imposible.
—Si Samyra actuó así, fue porque yo la empujé a hacerlo.
Samyra sintió un nudo en la garganta.
Omar continuó.
—Yo tomé decisiones que la lastimaron.
—¡No justifiques su rebeldía!
—No la estoy justificando.
Levantó la mirada.
—Estoy asumiendo mi responsabilidad.
La anciana parecía incapaz de creer lo que escuchaba.
—Ella sigue siendo una esposa desobediente.
—Y sigue siendo mi esposa.
—Entonces merece un castigo.
—No.
—¡Sí!
—No.
El choque de voluntades era brutal.
Samyra observaba en silencio. Nunca había visto a Omar enfrentarse así a alguien de su familia. Mucho menos a la mujer que prácticamente lo había criado.
Karima apretó el látigo entre sus manos.
—Muy bien.
La anciana respiró profundamente.
—Si tanto deseas protegerla...
Una sonrisa amarga apareció en su rostro.
—Recibirás tú el castigo.
Samyra palideció.
—Abuela...
—¡Silencio!
La anciana señaló a Omar.
—Arrodíllate.
La habitación quedó completamente inmóvil.
Samyra negó con la cabeza.
—No.
Omar la miró. Aquella mirada hizo que su corazón se encogiera. Porque no había miedo en ella.
Solo aceptación.
—Omar...
—Está bien.
—¡No está bien!
Él sonrió con tristeza.
—Tú y yo sabemos que merezco mucho más que esto.
Aquellas palabras atravesaron a Samyra como un cuchillo.
Porque una parte de ella seguía furiosa. Seguía sintiéndose traicionada. Pero otra parte... Otra parte estaba viendo a Omar asumir la culpa por primera vez.
Sin excusas. Sin orgullo. Sin intentar justificarse.
Omar caminó lentamente hacia el centro del salón.
Luego cayó de rodillas.
Karima levantó el látigo.
Samyra sintió que el estómago se le revolvía.
—Abuela, por favor...
—Tú no hables.
La anciana descargó el primer golpe. El sonido fue brutal.
Samyra se sobresaltó.
Omar apretó los dientes. Pero no emitió ningún sonido.
El segundo golpe llegó inmediatamente. Y luego el tercero.
La tela de su ropa comenzó a marcarse.
Samyra sintió lágrimas acumulándose en sus ojos.
—Por favor, basta...
Nadie respondió. El cuarto golpe cayó.
El quinto. El sexto.
La respiración de Omar comenzó a volverse pesada.
Sus manos se cerraron en puños. Pero siguió de rodillas.
Sin moverse. Sin protestar.
Como si creyera que realmente merecía aquel castigo.
—¡Abuela, por favor!
Samyra corrió hacia ellos. Dos guardias intentaron detenerla.
—Ellos me están matando.
Las lágrimas comenzaron a descender por sus mejillas.
—Toda mi vida protegí esta familia.
Señaló a Omar. Luego a Samyra.
—Y ahora todo se está derrumbando.
El abuelo la abrazó. Karima rompió a llorar. Un llanto lleno de dolor.
De decepción. De miedo.
Finalmente permitió que una empleada la acompañara hacia su habitación.
Cuando desapareció por el pasillo, el silencio volvió al salón.
El abuelo observó a Omar.
Luego a Samyra.
—Esto tiene que terminar.
Ninguno respondió.
—Omar.
El hombre levantó lentamente la mirada.
—Si Samyra ya tomó una decisión, debes respetarla.
El silencio se volvió pesado.
—No puedes obligarla a quedarse.
Omar no dijo nada.
—Rompiste una promesa.
Las palabras golpearon con fuerza.
—Y si no piensas cumplirla, entonces debes asumir las consecuencias.
El abuelo suspiró.
—Si realmente la amas, debes aceptar que quizá la perdiste.
Aquello pareció destruir algo dentro de Omar.
El abuelo volvió su atención hacia Samyra.
—Lo siento, hija.
Ella bajó la mirada.
—No merecías esto.
—Gracias.
—Yo no te detendré si decides marcharte.
Samyra sintió un nudo en la garganta.
—Pero tampoco puedo decidir por mi nieto.
Dicho eso, el anciano se marchó.
La joven permaneció inmóvil unos segundos.
Luego dio media vuelta. Necesitaba aire. Necesitaba escapar de aquella locura.
—¡Samyra!
La voz de Omar la detuvo. Ella se giró. Él seguía arrodillado.
Intentó levantarse. Intentó acercarse.
—No me dejes...
Aquellas palabras salieron cargadas de desesperación.
Como una súplica. Como el último intento de un hombre que veía cómo todo se desmoronaba.
Samyra sintió que el corazón le dolía.
Entonces Omar dio un paso. Y otro. Pero de pronto su cuerpo se tambaleó.
Su rostro perdió todo color. Y cayó al suelo.
Como una marioneta cuyos hilos acababan de romperse.
—¡Omar!
Samyra corrió hacia él. Se arrodilló. Tomó su rostro entre sus manos.
Y entonces lo sintió. Su piel ardía. Estaba quemándose de fiebre.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Me perdiste, CEO árabe