—El señor tiene fiebre. Llévenlo a la villa.
La voz de Samyra rompió el silencio como una orden urgente.
El aire en el pasillo se volvió denso cuando varios hombres lo levantaron con cuidado.
Omar apenas podía sostenerse; su cuerpo se sentía pesado, vencido por la fiebre y el dolor.
La piel húmeda, el rostro pálido, los labios entreabiertos.
Samyra fue detrás sin esperar a nadie.
No pidió permiso. No preguntó.
Subió al segundo vehículo y durante el trayecto no apartó la mirada de la ventana, aunque su mente no estaba ahí. Estaba en él.
En cómo había llegado a ese estado. En lo que no se estaba haciendo.
Cuando el auto se detuvo, ella fue la primera en bajar.
La villa estaba en silencio, demasiado grande para el caos que llevaba dentro.
Entró directamente a la habitación donde lo habían recostado.
Omar estaba boca abajo sobre la cama, respirando con dificultad.
Su camisa estaba rota, pegada a la piel por el sudor y los golpes.
Samyra se acercó sin vacilar, con movimientos precisos, casi automáticos. No era emoción lo que guiaba sus manos, era oficio.
—Déjenme sola con él —ordenó.
Su voz no admitía discusión.
Los hombres salieron. El silencio cayó como una manta pesada.
Samyra tomó aire por la nariz y empezó a examinarlo.
Con cuidado, retiró lo que quedaba de la tela. Su espalda estaba marcada por surcos enrojecidos, como si el dolor hubiera sido acumulado sin piedad.
Sus dedos se detuvieron apenas un segundo.
Solo uno. Luego volvió a moverse.
Fue por el botiquín. Abrió con rapidez, tomó una crema analgésica y comenzó a aplicarla con precisión, sin brusquedad, cuidando cada zona inflamada.
Luego preparó una inyección.
—Esto te va a bajar la fiebre —murmuró, más para sí misma que para él.
Inyectó el antipirético con mano firme.
El cuerpo de Omar reaccionó apenas con un leve estremecimiento.
Samyra lo observó unos segundos.
Sudaba demasiado. La fiebre seguía alta rozando los treinta y nueve grados.
Su respiración era irregular.
Se quedó inmóvil un instante, con la mirada fija en él.
—¿Cómo llegamos hasta aquí, Omar? —susurró al fin.
Su voz perdió la rigidez por un segundo.
—¿Vale la pena todo esto?
Tragó saliva.
El peso de la pregunta no tenía respuesta clara.
—Lo mejor sería que todo terminara… que cada uno siguiera su camino. Lejos estamos mejor.
Parpadeó rápido, como si quisiera borrar algo de su interior. Una lágrima escapó sin permiso y cayó silenciosa.
Samyra cerró los ojos un instante y respiró hondo.
Luego volvió a recobrar su fuerza interior.
***
Unos minutos después, cuando Samyra ya pensaba en irse, la puerta se abrió de golpe.
El aire cambió.
Nassira entró primero, seguida de Nayla.
La tensión fue inmediata.
—¿Qué le hiciste a mi hermano? —espetó Nassira, avanzando como si la habitación le perteneciera.
Sus ojos estaban encendidos.
Samyra ni siquiera se inmutó. Terminó de guardar el material médico con calma.
—No le hice nada —respondió sin elevar la voz—. Tu abuela es quien lo dejó en este estado.
Nassira apretó los puños.
—¡No te atrevas a culparla! Tú lo provocaste todo cuando te fuiste. ¡Nos humillaste!
Samyra giró lentamente. La miró de frente.
—Nassira, no estoy aquí para discutir contigo.
—¡Te odio! —explotó la otra, avanzando un paso más.
El ambiente se tensó. Samyra suspiró apenas.
Samyra se quedó inmóvil. Sus ojos lo observaron sin parpadear.
Nassira apretó los dientes.
Nayla bajó la mirada, como si ese instante no le perteneciera y le doliera, apretó los puños, sintiendo rabia, sin que nadie lo notara.
Y en Samyra… eso dolió, porque era tan tarde para pedirle eso, y menos en ese estado.
—¿Ves? —dijo Nassira con voz baja, venenosa—. ¿Ves cómo lo has dañado? Felicidades, Samyra, solo haces sufrir a mi pobre hermano.
Samyra la miró lentamente. No respondió de inmediato.
Luego dio un paso hacia adelante.
—Solo está enfermo—dijo con frialdad—. No es mi culpa, es un adulto que puede cuidarse por si mismo.
Nayla dio un paso al frente.
Su voz fue más suave.
—Samyra… no quiero conflictos.
Sus ojos brillaban con lágrimas contenidas.
—Yo no vine a pelear contigo. Yo solo… quiero estabilidad.
Se llevó una mano al pecho.
—Perdí a mi bebé.
Su voz tembló apenas lo suficiente.
—Mi padre quiere enviarme a Medina. Y aquí… aquí solo hay guerra que iniciaste tú por un hombre, que me quiere ayudar.
Se acercó un poco más, con cuidado, como si cada paso fuera una actuación medida.
—No quiero ser tu enemiga. Solo quiero ser la segunda esposa de Omar. Nada más.
Samyra la observó, fijamente.
—¿Nada más? —preguntó al fin.
Nayla sostuvo la mirada… pero algo en sus ojos vaciló.
Samyra dio un paso más.
—Aquí, frente a mí y frente a Alá… dime la verdad. ¿De verdad solo quieres ser la segunda esposa?
El aire se rompió en silencio.
—¿O hay algo en ti que todavía quiere acabar conmigo? Ambas sabemos que la mentira sobre que yo atraje a tu familia de Medina fue tu idea.
Nayla retrocedió un paso. Vaciló. Su expresión se volvió temerosa.

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