Samyra sonrió, pero no había calidez en esa sonrisa.
—No sé de qué hablas, Samyra —dijo Nayla, con una voz que intentaba parecer firme, aunque temblaba en los bordes—. No entiendo por qué me odias tanto… pero yo sé que Omar solo quiere salvarme.
La frase cayó en la habitación como una piedra mal colocada.
Samyra exhaló despacio.
El cansancio no era físico, era algo más profundo, algo que le apretaba el pecho desde hacía horas.
—Entonces ahí lo tienes —respondió al fin, sin levantar la voz—. Es tuyo.
Hizo una pausa mínima.
—Yo no voy a pelear por un hombre que no cumple lo que promete.
Nassira dio un paso adelante, como si esa frase fuera una provocación.
—No entiendes nada. Tú crees que todo gira alrededor de ti.
Samyra la miró por fin de frente.
No había rabia. Solo distancia.
—No. Eso lo crees tú.
El silencio se estiró un segundo más de lo necesario.
—Samyra… —dijo Nayla con voz baja—. Yo no soy tu enemiga.
Sus ojos brillaban con algo que podía ser tristeza o cálculo, o ambas cosas al mismo tiempo.
—Si quieres irte… puedo ayudarte a salir de los Emiratos.
El aire cambió. No fue evidente para todos.
Pero Samyra lo sintió. Algo en esa frase no encajaba. No era ayuda. Era una apertura demasiado perfecta.
Sus ojos se estrecharon apenas. El cuerpo se le tensó de forma sutil, casi imperceptible.
—No soy tan ingenua —respondió al fin—. Guarda tus favores.
Se dio la vuelta. El gesto fue lento, controlado.
Ninguna de las dos la detuvo de inmediato.
Cuando llegó a la puerta, Nassira quiso avanzar, impulsiva, furiosa, pero Nayla le tocó el brazo con suavidad.
—Déjala —susurró—. Es lo mejor para todos.
Nassira frunció el ceño, pero se detuvo.
Samyra no miró atrás.
Cruzó el umbral sin apresurarse, como si cada paso fuera una decisión ya tomada hace tiempo.
***
El silencio que dejó fue más pesado que su presencia.
Nassira giró hacia Nayla.
—Quédate con mi hermano —dijo, todavía con la respiración alterada—. Cuídalo.
Hubo un matiz en esa orden. Era una mezcla de presión y necesidad. Como si con eso, Nassira pensara que Nayla conseguiría que Omar se quedara solo con Nayla.
Nayla asintió lentamente.
—Lo haré.
La puerta se cerró.
Y la habitación quedó reducida a dos personas y un cuerpo febril.
Omar respiraba con dificultad.
El sudor le empapaba la frente, el cuello, las sábanas. Su piel estaba demasiado caliente y, al mismo tiempo, su cuerpo temblaba como si tuviera frío.
Nayla se acercó despacio. No con urgencia médica.
Con algo más contenido. Más íntimo.
Se sentó a su lado y observó sus manos por un momento antes de tocarlas.
—Omar… —susurró.
Su voz no era la de alguien que cuida a un enfermo.
Era la de alguien que espera ser escuchada por fin.
—No debí obedecer a mi padre.
La frase quedó suspendida en el aire.
—No debí aceptar ese matrimonio… ni permitir que nos arrastraran a todo esto.
Sus dedos se cerraron con suavidad sobre la mano de él.
—Nos mintieron. A todos. Dijeron que los Al-Sabah estaban arruinados… pero era mentira. Siempre fue mentira.
Su respiración se aceleró apenas.
—Yo terminé atrapada con los Nasser… y tú… tú fuiste parte de todo esto sin saberlo.
Se inclinó un poco más. Su frente casi rozaba la mano de él.
—Pero esta es mi última oportunidad.
Hubo un cambio sutil en su voz. Menos víctima. Más decisión.
—No te voy a dejar ir.
Omar se movió ligeramente, atrapado entre fiebre y sueños. Su mano tembló dentro de la de ella.
—Samyra…


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