La noche avanzaba lentamente.
Dentro de la camioneta, Samyra apenas podía permanecer quieta.
Sus manos descansaban sobre la pequeña maleta que llevaba consigo, pero sus dedos no dejaban de apretarla y soltarla una y otra vez.
Estaba nerviosa. Demasiado nerviosa.
Cada kilómetro que dejaban atrás la acercaba a la libertad.
Y también la acercaba al peligro.
Apoyó la cabeza contra la ventana. Las luces de Dubái ya habían desaparecido hacía mucho tiempo.
Ahora solo quedaban carreteras oscuras, extensiones interminables de arena y la sensación de estar abandonando todo lo que alguna vez había conocido.
El conductor permanecía en silencio. Samyra agradecía aquello. No tenía ganas de hablar.
Solo quería llegar. Solo quería cruzar. Solo quería despertar al día siguiente en un lugar donde nadie pudiera obligarla a quedarse.
Cerró los ojos.
Pero los recuerdos aparecieron inmediatamente. Omar. Su voz. Su sonrisa.
Las veces que creyó en él. Las veces que volvió a romperle el corazón. Sintió una punzada en el pecho.
No. No quería pensar en eso. No podía permitirse dudar ahora.
Había llegado demasiado lejos.
Abrió los ojos nuevamente.
A través del cristal observó el desierto.
Las dunas parecían montañas oscuras bajo la luz de la luna.
El paisaje era hermoso. Y aterrador.
Tan inmenso que hacía sentir pequeña a cualquier persona.
Durante un momento se preguntó si estaba haciendo lo correcto. La pregunta apareció sin invitación.
Como siempre.
¿Qué pasaría cuando llegara a Omán? ¿Qué pasaría después? ¿Y si algo salía mal?
¿Y si nunca lograba llegar a Suiza? ¿Y si terminaba sola?
Sus dedos se cerraron con fuerza alrededor de la maleta.
No. Debía dejar de pensar así.
Toda su vida había esperado que otros tomaran decisiones por ella.
Ahora era la primera vez que estaba eligiendo su propio camino.
Y aunque el futuro fuera incierto...
Prefería la incertidumbre a una vida sin dignidad.
***
Las horas continuaron pasando.
Poco a poco el cielo comenzó a cambiar.
La oscuridad absoluta fue sustituida por tonos rojizos y anaranjados en el horizonte.
Aún faltaba para el amanecer. Pero la noche estaba muriendo.
Fue entonces cuando el conductor habló por primera vez en mucho tiempo.
—Estamos cerca.
Samyra levantó la cabeza. El corazón comenzó a latirle con fuerza.
Miró hacia adelante. A lo lejos podían verse algunas luces.
Muy pequeñas. Muy lejanas.
Pero estaban ahí. El otro lado. Omán. Su libertad.
Por primera vez en toda la noche sintió ganas de llorar.
Solo unos minutos más. Solo unos pasos más. Y todo terminaría. O quizá todo comenzaría.
Porque ya no habría nadie controlando su vida. Ni promesas rotas. Ni humillaciones silenciosas.
Solo ella.
Y un futuro que le pertenecía.
La camioneta redujo la velocidad. Samyra notó algo extraño.
El conductor observaba constantemente el horizonte.
Como si buscara algo. Como si estuviera preocupado.
Ella también miró. Y entonces lo vio.
Una línea oscura se extendía a lo lejos.
Casi imperceptible. Pero estaba ahí.
Además, el viento parecía estar aumentando.
Las pequeñas partículas de arena comenzaban a deslizarse sobre el suelo.
El conductor frunció el ceño.
—Espero que lleguemos antes.
—¿Antes de qué?
El hombre tardó unos segundos en responder.
—Antes de que cambie el clima.
Un escalofrío recorrió a Samyra. Volvió a mirar el horizonte.
Aquella línea oscura parecía más grande ahora. Más cercana.
Pero no dijo nada. No quería retrasarse. No quería perder tiempo.
La camioneta finalmente se detuvo. El silencio que siguió fue casi ensordecedor.
El conductor bajó del vehículo. Luego abrió la puerta trasera.
—Señora, hemos llegado.
Samyra descendió. El aire frío golpeó inmediatamente su rostro. Mucho más frío de lo que esperaba.
Miró alrededor. Solo había arena. Arena y oscuridad. Arena, viento y silencio.
El conductor señaló hacia adelante.
—Deberá caminar unos trescientos metros.
Aparecían. Desaparecían. Volvían a aparecer.
Como si la libertad estuviera jugando con ella.
—Solo un poco más...
Su voz fue arrastrada por el viento. Siguió caminando.
Pero una ráfaga especialmente fuerte la golpeó de costado.
Samyra perdió el equilibrio. Tropezó, casi cayó.
Consiguió sostenerse en el último momento.
El corazón le martillaba el pecho.
La tormenta rugía. Como una bestia. Como si el propio desierto quisiera tragársela.
El miedo comenzó a apoderarse de ella.
¿Y si moría allí? ¿Y si nadie la encontraba? ¿Y si su cuerpo desaparecía bajo la arena?
Intentó avanzar otra vez. Pero ya casi no podía ver.
La arena golpeaba cada centímetro de piel expuesta.
Le costaba respirar. Le costaba abrir los ojos.
Y entonces ocurrió. Una ráfaga brutal la golpeó de frente.
Samyra perdió completamente el equilibrio. Un grito escapó de sus labios.
Pero el viento lo devoró.
Y justo cuando creyó que iba a caer... Sintió unas manos, fuertes y firmes. Sujetándola.
Su cuerpo se tensó de inmediato. Intentó apartarse. Intentó gritar. Intentó ver quién era.
Pero la tormenta se lo impedía.
La arena golpeaba demasiado fuerte. Todo era confuso. Todo era ruido. Todo era oscuridad.
La persona la levantó del suelo.
Como si no pesara nada.
Samyra comenzó a forcejear. Golpeó. Empujó. Intentó escapar.
Pero no sirvió. Aquellos brazos no la soltaron.
Por un instante creyó percibir un aroma familiar. Algo conocido.
Pero desapareció inmediatamente.
Quizá era imaginación. Quizá era el miedo.
No podía saberlo.
La tormenta rugió con más fuerza. Y el terror terminó de apoderarse de ella.
Porque ya no sabía quién la llevaba. Ni hacia dónde. Ni qué iba a ocurrir.
Solo sabía una cosa. Estaba completamente indefensa.
Y mientras el desierto parecía querer devorar el mundo entero, un pensamiento aterrador cruzó su mente.
¿Y si había escapado de un destino terrible... solo para caer en uno mucho peor?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Me perdiste, CEO árabe
Compré 520 monedas de cobraron, pero no sé desbloquea, es un robo...