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Me perdiste, CEO árabe romance Capítulo 64

La tormenta rugía alrededor de la camioneta. El viento golpeaba la carrocería con violencia.

La arena chocaba con las ventanas reforzadas como si miles de pequeñas piedras intentaran atravesarlas.

Dentro del vehículo reinaba un silencio extraño. Pesado. Irreal.

Samyra apenas lograba recuperar el aliento.

Todavía tenía el corazón desbocado. Todavía sentía el terror de haber sido arrancada de aquella tormenta sin saber quién la había tomado.

Las manos le temblaban. La respiración seguía siendo irregular.

Entonces una pequeña luz se encendió dentro de la camioneta.

Y lo vio. El hombre que estaba sentado a su lado se quitó lentamente la ghutra.

Por un instante Samyra sintió que el mundo se detenía.

—¿Tú?

La palabra salió convertida en un susurro roto.

—¿Omar?

No podía creerlo. Después de todo. Después de haber llegado tan lejos.

Después de haber estado a unos cientos de metros de la frontera. Era él.

Omar no respondió inmediatamente.

La observó.

Como si necesitara asegurarse de que era real. Como si hubiera pasado horas imaginando aquel momento.

Sus ojos recorrieron su rostro. Su cabello. Sus manos.

La piel expuesta de su cuello. Las mangas cubiertas de arena. La forma en que respiraba. La forma en que temblaba.

Entonces la tomó del rostro. No con brusquedad.

Ni con rabia. Con desesperación.

Como alguien que acababa de recuperar algo que estuvo a punto de perder.

—Maldita sea...

Su voz se quebró.

—Maldita sea, Samyra.

Ella intentó apartarse. Pero él no la soltó.

—¿Sabes lo que pensé cuando te perdí de vista?

Su respiración era agitada.

—¿Sabes lo que sentí cuando me dijeron que habías escapado?

La tormenta rugió afuera.

Omar cerró los ojos unos segundos. Como si estuviera intentando contener algo.

—Por Alá...

Su voz bajó.

—Creí que iba a volverme loco.

Samyra apartó el rostro.

—Suéltame.

—No.

—Suéltame.

—No puedo.

Ella sintió rabia. Una rabia enorme.

Todo el miedo. Toda la frustración. Toda la impotencia acumulada durante meses.

—¡Siempre es lo mismo!

Su voz estalló.

—¡Siempre haces lo que quieres!

—Samyra...

—¡No!

Ella lo empujó.

—No me escuchas.

—Te estoy escuchando.

—¡No me escuchas!

Las lágrimas comenzaron a llenar sus ojos.

—¿Por qué no puedes dejarme ir?

Aquella pregunta pareció atravesarlo.

Omar bajó la mirada. Por primera vez parecía un hombre derrotado.

—Porque te amo.

Samyra soltó una risa amarga. Vacía.

—Qué conveniente.

Él levantó la cabeza.

—Es la verdad.

—¿La verdad?

Ella negó.

—Juraste respetarme.

—Lo sé.

—Juraste protegerme.

—Lo sé.

—Juraste que jamás permitirías que me humillaran.

Omar cerró los ojos. Cada palabra era un golpe.

—Y rompiste cada una de esas promesas.

El silencio se volvió insoportable. Durante varios segundos ninguno habló.

Solo existía el sonido de la tormenta. Y el dolor. Mucho dolor.

Finalmente, Omar volvió a mirarla.

Y Samyra se sorprendió al verlo tan vulnerable. Tan destruido. Tan cansado.

—Tienes razón.

Ella no esperaba escuchar eso.

—¿Qué?

—Tienes razón.

Su voz apenas era un murmullo.

—Fallé.

Samyra sintió que el corazón se le encogía.

Porque llevaba mucho tiempo esperando escuchar aquello. Y ahora que finalmente ocurría... No cambiaba nada.

—Ya es tarde.

Omar tragó saliva. La nuez de Adán subió y bajó.

—No para mí.

Ella negó.

—Para mí sí.

Él tomó aire. Como si estuviera reuniendo valor.

—¿De verdad quieres irte?

Samyra sostuvo su mirada. Y asintió.

Sin vacilar. Sin dudar. Sin miedo.

—Sí.

Aquella simple palabra pareció destruir algo dentro de él.

Omar bajó la cabeza. Y durante unos segundos no habló. No podía hacerlo.

Porque sentía que si abría la boca tal vez terminaría rogándole.

Entonces levantó una mano. Acarició suavemente su mejilla. Como si quisiera memorizarla. Como si temiera olvidarla.

Y antes de que Samyra pudiera reaccionar... La besó. Fue un beso desesperado. Doloroso.

Lleno de amor. Y también de miedo.

Omar necesitaba sentir que todavía existía algo entre ellos.

Necesitaba creer que aún no era demasiado tarde.

Necesitaba una señal. Una sola.

Capítulo: Chantaje/promesa 1

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