Samyra no supo en qué momento se quedó dormida.
Solo sabía que cuando abrió los ojos nuevamente, la tormenta había desaparecido. Parpadeó varias veces.
La camioneta seguía avanzando por la carretera.
El sol comenzaba a elevarse en el horizonte, bañando el desierto con tonos dorados.
Por un instante le costó recordar dónde estaba.
Entonces todo volvió a su mente. La frontera. El shamal. Omar. Sintió un peso en el pecho.
Se incorporó lentamente.
Al frente, Omar conducía.
Sus manos sujetaban el volante con firmeza, pero incluso desde atrás Samyra podía notar el agotamiento en él.
Tenía los hombros tensos. El cabello desordenado. Las ojeras marcadas. La barba ligeramente descuidada.
Parecía un hombre que llevaba varios días sin descansar.
Omar la observó por el espejo retrovisor.
Solo un instante. Pero fue suficiente. La vio adormilada.
Con los cabellos revueltos. Con el rostro aún cansado.
Y algo se apretó dentro de él.
Porque había pasado toda la noche convencido de que podía perderla para siempre.
Y ahora estaba allí. A unos metros de distancia.
Respirando.
"No la perdí."
El pensamiento apareció automáticamente. Pero enseguida llegó otro.
"No físicamente."
Y aquel pensamiento fue mucho más doloroso. Porque comprendía algo que no quería aceptar.
Tal vez el corazón de Samyra ya no le pertenecía. Ninguno habló.
Durante kilómetros solo existió el ruido del motor.
Samyra apoyó la cabeza contra la ventana. Observó el paisaje.
Las dunas. Las montañas lejanas. La inmensidad del desierto. Se sentía extraña.
Como si hubiese avanzado durante meses para terminar exactamente en el mismo lugar.
Como un cangrejo caminando hacia atrás.
Había estado a unos pasos de cruzar la frontera. A unos pasos de cambiar su vida.
Y ahora regresaba a la villa de donde había intentado escapar.
La sensación era amarga. Humillante.
Pero también había algo más.
Determinación. Porque esta vez no pensaba huir impulsivamente. Esta vez pensaba ganar.
***
Cuando llegaron a la villa Al-Sabah, el sol ya estaba alto.
Omar bajó primero. Abrió la puerta del lado de Samyra.
Y extendió la mano.
Ella la ignoró. Descendió sola. Sin siquiera mirarlo.
Omar retiró la mano lentamente.
Tomó la maleta. Y caminó detrás de ella.
Apenas cruzaron el umbral principal, una voz los hizo detenerse.
—¡Hermano!
Nassira apareció en el vestíbulo.
Pero las palabras murieron en su garganta.
Sus ojos se abrieron con incredulidad. Luego con horror.
—¿Qué hace ella aquí?
Samyra sonrió. Una sonrisa tranquila. Peligrosamente tranquila.
—Buenos días, cuñada.
Nassira parpadeó varias veces. Como si estuviera viendo un fantasma.
—Pero... tú, elegiste dejar a mi hermano.
—Y aun así sigo siendo la esposa de tu hermano.
La expresión de Nassira se volvió rígida.
Entonces apareció Nayla. Y al ver a Samyra sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
Durante dos días había alimentado una esperanza. Pequeña. Frágil. Pero esperanza al fin.
La esperanza de que Samyra no regresara. La esperanza de que Omar finalmente la eligiera.
La ilusión de convertirse en la única esposa.
Pero aquella ilusión acababa de romperse. Y los pedazos todavía caían frente a sus ojos.
—Omar...
Su voz tembló.
—Ahora no, Nayla.
La respuesta fue inmediata.
Fría. Cortante.
—Vete a descansar.
Nayla sintió una punzada en el pecho.
—Pero...
—Por favor.
Aquella palabra fue peor. Porque Omar ni siquiera discutía.
Simplemente estaba cansado. Y toda su atención seguía puesta en Samyra.
Nassira apretó los puños.
—Hermano, esto no tiene sentido.
—Ya basta.
La voz de Omar resonó en el vestíbulo.
—Ninguna de las dos tiene derecho a cuestionar lo que ocurre entre mi esposa y yo.
El silencio cayó sobre la estancia.
Samyra observó a Nayla. Y vio algo que nunca había visto antes.
Miedo.
Cuando abrió la puerta para que salieran, Nayla pasó junto a ella. Y susurró apenas audible.
—Pensé que tenías más dignidad.
Samyra giró el rostro. La miró directamente.
—Tengo dignidad.
Su voz fue suave. Pero firme.
—La suficiente para no perseguir al esposo de otra mujer.
Nayla palideció.
—Samyra...
—Y también la suficiente para admitir que Omar fue quien fue a rogarme que volviera.
Aquellas palabras golpearon a Nayla con fuerza.
Porque confirmaban su peor temor.
Omar había hecho todo para traerla de vuelta. Y tuvo miedo de que eso fuera por amor.
Y eso era algo contra lo que Nayla jamás había podido competir.
***
Cuando finalmente llegó a su habitación, Samyra cerró la puerta.
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