Samyra abandonó el palacio antes de que terminara la fiesta.
Le había enviado un mensaje a Omar diciéndole que regresaría a casa porque le dolía la pierna.
No era una mentira completa.
La pierna realmente le dolía. Pero tampoco era toda la verdad.
Lo que de verdad le dolía era el corazón.
Mientras el automóvil avanzaba por las iluminadas avenidas de Dubái, permaneció en silencio observando la ciudad a través de la ventana.
Los rascacielos brillaban como gigantes de cristal.
Las luces decorativas iluminaban las calles.
Los hoteles de lujo parecían castillos modernos elevándose hacia el cielo nocturno.
Era una ciudad hermosa. Una ciudad que alguna vez creyó que sería su hogar.
Ahora solo parecía una jaula elegante.
Apoyó la cabeza contra el cristal.
Sin querer, recordó las palabras de Omar.
Aquella confesión seguía resonando en su mente.
Cerró los ojos.
¿Por qué esas palabras no la hacían feliz?
¿Por qué dolían tanto?
Porque ya no bastaban.
Porque el amor no era el problema. Nunca lo había sido.
—¿De qué sirve que me ame? —susurró para sí misma.
El conductor no podía escucharla.
—¿De qué sirve si no respeta lo que prometió?
Pensó en Nayla. Pensó en la segunda esposa.
Pensó en las promesas rotas.
Pensó en todas las veces que había intentado explicarle que no podía seguir viviendo así.
Y entonces comprendió algo que la hizo estremecerse.
Amar a Omar se había convertido en una forma de dejar de amarse a sí misma.
Aquella verdad era dolorosa. Pero también liberadora.
Por primera vez en mucho tiempo, ya no se sentía confundida.
Sabía exactamente lo que quería. Su libertad. Nada más. Nada menos.
***
Cuando llegó a la villa, el lugar estaba sumido en silencio.
Era tarde.
La mayoría de los empleados ya dormían.
Las luces principales estaban apagadas.
Solo algunas lámparas permanecían encendidas en los pasillos.
Samyra entró con cautela. Escuchó.
Nada. Ninguna voz. Ningún movimiento. Nadie parecía haber notado su llegada.
Su corazón comenzó a acelerarse.
Aquella podía ser su única oportunidad.
Miró hacia la enorme escalera. Luego hacia el despacho de Omar.
Y una idea cruzó su mente. Una idea que llevaba semanas rondándola. Una idea que nunca había tenido el valor de intentar.
Hasta ahora.
—Tengo que encontrarlo —murmuró.
El pasaporte. La visa. Los documentos. Todo lo que necesitaba para marcharse.
Todo lo que Omar había ocultado.
Respiró profundamente. Y caminó hacia el despacho.
***
La habitación estaba oscura.
Encendió únicamente una pequeña lámpara. No quería llamar la atención.
Observó cada rincón. Aquella oficina era enorme.
Estanterías. Documentos. Cuadros. Libros. Premios.
Todo perfectamente ordenado. Tan ordenado que parecía imposible esconder algo allí.
Pero Samyra conocía a Omar.
Y sabía que jamás confiaría algo tan importante a un lugar accesible.
Comenzó a revisar. Abrió cajones.
Movió carpetas. Examinó libreros. Buscó detrás de cuadros.
Nada. Pasaron varios minutos.
La frustración comenzó a crecer.
—Tiene que estar aquí...
Siguió buscando. Y entonces lo encontró.
Un cajón enorme oculto en la parte inferior de una estantería.
No parecía un cajón normal.
Era demasiado profundo. Demasiado pesado.
Su corazón dio un salto. Lo abrió lentamente.
Y ahí estaba. Una caja fuerte.
Samyra sonrió.
Por primera vez aquella noche sintió verdadera esperanza.
—Lo sabía...
Se arrodilló frente a ella. Era electrónica. Necesitaba una contraseña.
Y de inmediato comenzó el problema.
Miró el teclado digital. Pensando.
Pensando desesperadamente.
¿Qué fecha elegiría Omar?
Probó primero el cumpleaños de Omar. Nada.
Luz roja. Error.
El cumpleaños de Omar. La fecha de su boda. La fecha del accidente. Incluso el cumpleaños de Nayla.
Pero jamás aquello.
Su cumpleaños. Precisamente su cumpleaños.
Sintió un extraño dolor en el pecho.
Porque aquella contraseña decía algo que no quería escuchar.
Decía que Omar de verdad la consideraba importante, algo en su vida.
Y aun así... Ella estaba allí. Buscando la forma de escapar.
Una lágrima amenazó con salir. Pero la contuvo.
No era momento para llorar. Era momento para actuar.
Abrió la caja fuerte. Y comenzó a revisar.
Dentro había documentos, contratos, escrituras. Sobres con dinero en efectivo.
Hasta que finalmente los vio.
Su pasaporte. Su visa. Su partida de matrimonio. Sus documentos personales.
Todos estaban allí.
Sus manos comenzaron a temblar. Los tomó rápidamente.
Como si alguien fuera a arrebatárselos. Como si fueran un tesoro. Porque lo eran.
Aquellos papeles representaban algo más que documentos.
Representaban una salida. Una posibilidad. Una nueva vida.
Por primera vez y de nuevo, sintió que el futuro volvía a pertenecerle.
Sonrió. Una sonrisa auténtica. Esperanzada. Casi infantil.
Durante un instante quiso abrazar aquellos documentos contra su pecho.
Pero se obligó a conservar la calma. Debía ser cuidadosa.
Volvió a colocar todo exactamente dónde estaba.
Cerró la caja fuerte. La bloqueó. Acomodó el cajón.
Y se aseguró de que todo pareciera intacto.
No podía permitir que Omar sospechara. Todavía no.
Aún faltaban pasos por dar. Aún faltaba tiempo.
Pero ahora tenía una oportunidad real. Y no pensaba desperdiciarla.
Respiró profundamente. Tomó sus documentos.
Y se giró para marcharse.
Entonces escuchó algo. Un ruido. Pasos. Cada vez más cerca.
El corazón se le detuvo. El terror recorrió todo su cuerpo.
La puerta del despacho se abrió.
Y una voz masculina resonó en la habitación.
—¡Samyra!
Ella se quedó congelada. Los documentos ocultos entre sus manos.
La respiración atrapada en su garganta. Y el miedo latiendo con fuerza dentro de su pecho.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Me perdiste, CEO árabe
Compré 520 monedas de cobraron, pero no sé desbloquea, es un robo...