La puerta se abrió y Omar entró, por un segundo miró al interior, confundido, apagó la luz, dudando de él mismo.
Salió al no ver a nadie.
En ese momento, Samyra salió de su escondite, y salió, viendo como Omar iba a otro pasillo, subió las escaleras, tan rápido como le era posible.
Samyra cerró la puerta de su habitación sin hacer ruido.
Apoyó la espalda contra la madera durante unos segundos, respirando con fuerza, como si acabara de escapar de algo más grande que una casa.
Sus manos temblaban. Pero no de miedo.
De tensión. De adrenalina.
Había funcionado. Todo.
Se llevó la mano al pecho y sintió los documentos aún escondidos bajo su ropa.
Seguían ahí. Reales.
Dio un paso atrás, luego otro, y avanzó hacia el armario.
No encendió todas las luces. Solo una lámpara tenue. Como si incluso la luz pudiera delatarla.
Con movimientos rápidos, sacó una pequeña caja metálica del fondo de su maleta.
Era antigua, desgastada, casi invisible entre la ropa.
La abrió. Dentro había un compartimento oculto.
Sus dedos se cerraron sobre la pulsera de metal que llevaba en la muñeca.
La abrió con cuidado. Dentro había una llave diminuta.
La insertó.
El compartimento se abrió.
Samyra dejó escapar el aire que no sabía que estaba reteniendo.
Colocó los documentos uno por uno.
Pasaporte. Visa. Acta de matrimonio. Todo.
Luego cerró el compartimento.
Lo volvió a guardar en la maleta.
Y por primera vez en semanas, sintió algo parecido a seguridad.
Se dejó caer en la cama.
El silencio de la habitación ya no le parecía opresivo.
Era libertad en pausa.
Tomó su teléfono. Dudó un segundo.
Luego escribió.
“Lamento la hora. Ya tengo los documentos. Todo está conmigo.”
Envió el mensaje.
No pasaron ni treinta segundos antes de la respuesta.
“Perfecto. Ahora solo mantente discreta. No hagas nada que despierte sospechas.”
Samyra sonrió apenas, era el mensaje de su abogada.
Una sonrisa pequeña. Casi triste.
Borró el chat. Borró el registro. Borró cualquier huella.
Y dejó el teléfono sobre la mesa.
Se quedó mirando el techo.
En dos meses. Solo dos meses. Y entonces sería libre, ahora se prepararía para el examen, trabajando duro juntando sus ahorros para irse pronto.
***
Mientras tanto, en otra parte de la villa, Omar estaba sentado en la sala principal.
Solo. La luz era baja.
El sonido del hielo golpeando el cristal era lo único que rompía el silencio.
Whisky.
No bebía casi nunca. No le gustaba. No debía.
Pero esa noche no era una noche normal.
Esa noche, su mente no le daba tregua.
Miró el vaso. Luego lo levantó. Y bebió.
El alcohol quemó su garganta.
No alivió nada.
Solo abrió la puerta. Y entonces llegaron los recuerdos.
No como pensamientos ordenados. Sino como imágenes rotas.
Caóticas. Dolorosas.
“El mar. El ruido de las olas El viento. Un niño gritando, era él mismo”
Omar apretó los ojos. No quería ver eso.
“¡Fue tu culpa!”
Omar abrió los ojos de golpe.
El vaso se le escapó ligeramente de la mano, pero no cayó.
Lo sostuvo con fuerza. Como si eso pudiera sostenerlo a él también.
“No debiste ir.”
“Si no hubieras pedido ese viaje…” “Si no hubieras insistido…”
“Ellos estarían vivos.”
Cada frase se repetía en su cabeza como si fuera su propia voz.
No sabía cuándo dejó de distinguir entre lo que pensaba y lo que le habían dicho.
Fue Ferina, la madre de Nayla. La única que no gritó.
La única que lo recogió y protegió, incluso contra la abuela, diciendo que era inocente.
Ese fue el único lugar donde no lo odiaron.
Omar apretó los ojos otra vez. Pero incluso ese recuerdo dolía. Porque incluso ahí había una deuda. Siempre otra.
“Todo lo que amo se va.”
La frase apareció sola. Sin permiso.
Omar apretó el vaso con más fuerza.
Y entonces pensó en Samyra.
Omar cerró los ojos.
Respiró hondo. Y bebió otra vez. No para olvidar. Sino para no pensar.
“Si la amo… también la voy a perder.”
Abrió los ojos.
La frase lo golpeó con fuerza. Miedo construido en años de culpa.
Y en algún lugar profundo de su mente, una verdad más simple apareció:
No era que todo lo que amaba muriera.
Era que él no sabía cómo sostenerlo sin romperlo.
Omar dejó el alcohol, estaba un poco ebrio, caminó hacia la escalera y subió.
Hasta llegar a esa habitación, abrió la puerta y miró a la cama, ahí estaba Samyra, podía tocarla, sentirla suya, pero siempre la sentía tan lejos.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Me perdiste, CEO árabe
Compré 520 monedas de cobraron, pero no sé desbloquea, es un robo...