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Me perdiste, CEO árabe romance Capítulo 74

Cuando Samyra despertó aquella mañana, la habitación aún estaba sumida en una calma extraña.

Giró ligeramente la cabeza y lo vio. Omar seguía dormido.

Durante unos segundos permaneció observándolo en silencio.

Ya no era el hombre dominante que imponía su voluntad con una sola mirada. Tampoco el esposo que tantas veces la había hecho sentir atrapada.

Parecía simplemente un hombre cansado.

Vulnerable. Humano.

Por un instante, algo se removió dentro de ella.

Su corazón quiso recordar al Omar del que se había enamorado.

Al hombre que alguna vez la hizo sentir especial.

Al hombre por quien estuvo dispuesta a desafiar muchas cosas. Pero la sensación desapareció rápidamente.

Porque junto a los recuerdos buenos llegaron los malos.

Las heridas. Las decepciones.

Los momentos en los que había sentido que su voz no importaba. La promesa rota.

Samyra apartó la mirada. No quería pensar en eso.

Hoy era lunes.

Y después de mucho tiempo, volvería al hospital.

Solo pensarlo hizo que una pequeña emoción despertara dentro de ella.

Hacía tiempo que no sentía algo parecido.

***

Cuando llegó al hospital, el corazón le latía con fuerza.

No era miedo. Era algo mucho más profundo.

Era la sensación de regresar a casa.

El olor característico de los pasillos. Las voces del personal. Las enfermeras caminando apresuradamente. Los monitores sonando en distintas habitaciones.

Todo aquello le había pertenecido alguna vez.

Y ahora volvía a formar parte de su vida.

Varias personas la recibieron con sonrisas sinceras. Algunos médicos se acercaron a saludarla.

Incluso algunas enfermeras parecían felices conocer a la nueva integrante.

Aquello le hizo bien. Mucho bien.

Por primera vez en mucho tiempo sintió que pertenecía a algún lugar.

La mañana transcurrió rápidamente.

Urgencias estaba llena. Pacientes entrando y saliendo.

Familiares preocupados. Casos que requerían atención inmediata.

Samyra se movía de un lado a otro ayudando donde era necesario. Tomaba signos vitales. Valoraba pacientes.

Colaboraba con otros médicos. Respondía preguntas de residentes.

Y mientras trabajaba, algo comenzó a ocurrir.

Por primera vez en meses dejó de pensar en Omar. Dejó de pensar en su matrimonio. Dejó de pensar en los conflictos de su vida personal.

Solo existía la medicina. Y aquello le devolvía una paz que había olvidado.

Faltaba menos de una hora para terminar el turno cuando el caos estalló.

Una enfermera apareció corriendo por el pasillo. Su rostro estaba pálido.

—¡Necesitamos ayuda!

Todos se giraron hacia ella.

—¿Qué ocurre?

—La paciente de la sala tres entró en shock séptico.

El ambiente cambió inmediatamente.

Los médicos comenzaron a moverse. Las enfermeras corrieron hacia la habitación.

Samyra fue tras ellos.

Al entrar, comprendió la gravedad de la situación.

La paciente estaba empeorando rápidamente. Su presión arterial caía. Los signos de infección eran evidentes.

Uno de los médicos revisó los estudios. Su expresión se volvió sombría.

—La vesícula se perforó.

Un silencio pesado cayó sobre la sala. Todos entendían lo que significaba.

La mujer necesitaba cirugía urgente. De inmediato.

—¿Dónde está el cirujano?

Una enfermera negó.

—No ha llegado.

—¿Qué?

—Está fuera de la ciudad.

Otro médico intervino.

—Los demás cirujanos están ocupados en otros procedimientos.

Samyra sintió cómo la tensión aumentaba.

—¿Cuánto tardarían?

—Demasiado. Por lo menos, dos horas, uno de los cirujanos especializados está en una operación que dura dos horas, y también es grave, el otro está en una operación de corazón abierto, imposible que termine pronto.

Miró nuevamente a la paciente. La mujer podía morir. Y todos lo sabían.

Entonces recordó algo.

Algo que había permanecido dormido dentro de ella durante demasiado tiempo.

Ella también era cirujana. No solo médica. Cirujana.

Sin embargo, inmediatamente apareció la duda.

Había pasado un año. Un año completo sin entrar a un quirófano.

Un año sin sostener un bisturí. Un año sin operar.

Su corazón comenzó a acelerarse.

Podía escuchar su propio pulso. Pero entonces recordó la voz de su padre.

Aquella frase que él repetía una y otra vez durante su formación.

"Lo que se aprende con disciplina jamás se olvida."

Respiró profundamente. Y dio un paso al frente.

—Yo puedo hacerlo.

Varias personas la miraron sorprendidas.

—¿Qué?

—Soy cirujana.

Mostró sus credenciales. Las dudas aparecieron inmediatamente.

Algunos residentes intercambiaron miradas nerviosas. Uno de los supervisores frunció el ceño.

—Samyra... llevas mucho tiempo sin operar.

—Lo sé. Llevo un año.

—Esto podría terminar muy mal.

Ella volvió a mirar a la paciente. La mujer apenas luchaba por mantenerse con vida.

—Y si no hacemos nada, morirá.

Nadie pudo discutir aquello.

Llamaron al director. No se encontraba en la ciudad.

Tras varios minutos de conversación, llegó la autorización.

Pero también una advertencia.

Capítulo: Vuelvo a ser yo 1

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