Al volver a casa aquella noche, Samyra encontró la cena servida.
La casa estaba en silencio, iluminada por una luz cálida que intentaba simular normalidad.
Omar ya estaba sentado, esperándola. La observó en cuanto entró, como si hubiera estado repasando mentalmente mil preguntas que no se atrevía a hacer.
Samyra no lo notó del todo. O quizá sí, pero decidió ignorarlo.
Se sentó sin decir demasiado y comenzó a comer con calma. El ambiente era denso, cargado de esas palabras no dichas que flotaban entre ambos desde hacía tiempo.
Omar la observaba. Quería preguntarle qué estaba pasando realmente dentro de su cabeza.
Pero no lo hizo. Había algo en Samyra que lo detenía.
Una distancia invisible. Una frialdad suave.
Algo que no era odio… pero tampoco amor completo.
Cuando terminó de comer, Samyra dejó los cubiertos con cuidado y se levantó.
—Estoy agotada —dijo con voz tranquila—. Mañana debo madrugar.
Omar se incorporó ligeramente.
—Samyra… recuerda que mañana es el cumpleaños del abuelo. No debemos faltar.
Ella bajó la mirada un segundo. Todo volvía siempre a lo mismo.
Pero aun así, asintió.
—Lo recuerdo.
Sin añadir nada más, subió a su habitación.
Omar se quedó mirando la mesa vacía durante unos segundos.
Había algo en ella que se le escapaba. Y no sabía cómo alcanzarlo.
**
Al día siguiente
El hospital siempre tenía una forma distinta de recibirla.
Allí, Samyra no era la esposa de nadie. No era la mujer bajo juicio de una familia poderosa.
No era la nuera perfecta ni la pieza de una estructura ajena.
Allí era médica. Y eso bastaba.
Apenas llegó, el ritmo la envolvió de inmediato.
Emergencias nunca descansaba.
Pacientes entrando, saliendo, voces superpuestas, decisiones rápidas.
Samyra se movía entre camillas, revisando expedientes, asistiendo a otros médicos, respondiendo preguntas sin necesidad de pensar demasiado.
Era como si su cuerpo recordara por ella.
Como si la medicina hubiera estado esperando pacientemente su regreso.
Durante su descanso, se sentó frente a unos documentos.
Había comenzado a estudiar de nuevo con disciplina.
No era solo trabajo. Era un plan.
Algo que le pertenecía únicamente a ella.
Revisaba apuntes cuando su teléfono vibró.
Un nombre apareció en la pantalla. Profesor Duncan.
Respiró hondo antes de contestar.
—Hola.
—Samyra, ¿cómo estás?
Su voz era firme, pero cálida.
—Bien… de hecho, estoy estudiando ahora mismo.
—Me alegra escucharlo. Supe que hubo complicaciones cuando me fui.
Samyra dudó apenas un segundo. No quería entrar en detalles.
—Ya está todo en orden. Incluso estoy trabajando en el hospital Central.
Del otro lado hubo una pausa breve. Y luego una risa de sorpresa.
—¿De verdad? Samyra, eso es excelente. No me decepcionas nunca. Siempre me sorprendes.
Ella bajó la mirada, apenas.
—Gracias, profesor.
—Pronto vuelvo a Dubái. El examen se acerca. Concéntrate. Te veré pronto.
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