Al volver a casa, Samyra no dijo una sola palabra. Entró en silencio, cerró la puerta de su habitación con cuidado y giró el seguro. El sonido del clic fue pequeño, pero definitivo.
Se quedó apoyada contra la madera unos segundos, sin moverse.
No era cansancio físico. Era algo más profundo.
Como si todo lo que había aguantado durante semanas hubiera encontrado por fin un lugar donde caer.
Se quitó los zapatos lentamente, los dejó a un lado sin orden. No encendió luces fuertes. Solo la tenue iluminación de la lámpara de la mesita bastaba para dibujar sombras suaves en la habitación.
Se sentó en el borde de la cama.
Y por primera vez en días, no pensó en Omar, ni en la familia Al-Sabah, ni en Nayla.
Solo pensó en el silencio.
Un silencio que no era paz.
Era espera.
***
El tiempo avanzó sin pedir permiso.
Samyra ya no vivía en el mismo ritmo emocional de antes. Había aprendido a funcionar como si su vida estuviera dividida en dos partes: lo que sentía y lo que hacía.
Seguía estudiando. Seguía trabajando.
Pero cada día que pasaba, algo dentro de ella se volvía más distante.
Más decidido. Y más frío.
Faltaba solo un día para su examen de posgrado internacional. Era su único día de descanso, pero no descansó realmente.
Se levantó temprano.
Vio a Omar salir de casa sin decirle mucho. Él tampoco insistió. Últimamente ambos hablaban menos.
No porque no hubiera cosas que decir, sino porque cada conversación parecía empujar algo más hacia el borde.
Samyra simplemente asintió.
Él se fue. Y la casa volvió a quedarse demasiado grande.
Ella respiró hondo.
Había hecho lo necesario. Dinero guardado. Documentos listos. Todo preparado para irse.
No era una huida impulsiva. Era una decisión acumulada.
Pero, primero, debía pasar ese examen.
***
Lejos de ahí, en la residencia principal de los Al-Sabah, la atmósfera era completamente distinta.
La familia se había reunido con el padre de Nayla.
El ambiente era formal, pero tenso.
Sobre la mesa estaban los acuerdos del matrimonio.
La palabra mahr flotaba en el aire como una obligación antigua que nadie quería discutir demasiado.
El padre de Nayla hablaba con orgullo contenido.
—Mi hija merece una celebración digna. Este matrimonio no es un acuerdo… es un honor.
Nayla, sentada a un lado, mantenía las manos juntas. Su rostro era sereno, pero sus ojos no dejaban de moverse.
Omar no mostraba emoción alguna. Solo observaba los documentos.
Luego, sin levantar demasiado la voz, habló.
—Traigan a mi abogado.
El silencio que siguió fue inmediato.
La tensión cambió de forma. Ya no era negociación. Era imposición.
Cuando el abogado entró y dejó los documentos sobre la mesa, el padre de Nayla frunció el ceño.
—¿Qué es esto?
Omar no dudó.
—Un contrato prenupcial
Los abuelos se miraron entre sí.
La abuela alzó la voz, molesta.
—Omar, esto es innecesario.
Él no la miró.
—No es innecesario. Es claro.
El padre de Nayla se inclinó hacia adelante.
—Explícate.
Omar cerró el expediente con calma.
—No me caso por amor. Me caso por una deuda del pasado. Por salvar a Nayla. Esto es lo que hay. No haremos vida marital, real, pero nada va a faltarle a Nayla, esto es para saldar mi promesa, y protegerla, pero aquí no hay amor.
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