Samyra sintió que el mundo se detenía por un instante.
El teléfono permaneció pegado a su oído mientras su corazón comenzaba a latir con fuerza.
—¿Qué pasó? —preguntó de inmediato—. ¿Es grave? ¿Está muriendo?
Hubo unos segundos de silencio al otro lado de la línea.
—Doctora Samyra, el señor Omar Al-Sabah sufrió un accidente automovilístico hace poco más de una hora.
Las piernas de Samyra se tensaron.
Accidente. La palabra golpeó algo dentro de ella.
Por un instante, imágenes horribles atravesaron su mente.
—Dígame la verdad —exigió con la voz temblorosa—. ¿Cuál es su estado?
—Está estable.
Samyra cerró los ojos. El aire regresó a sus pulmones. Sintió un alivio tan intenso que casi la hizo marearse.
—Tiene algunas heridas menores en el brazo. Los médicos ya lo atendieron. No corre peligro.
El corazón de Samyra continuó acelerado.
Quería enojarse consigo misma por haberse asustado tanto.
Quería recordarse todas las razones por las que estaba distanciándose de él.
Quería convencerse de que ya nada era igual.
Pero la realidad era otra. Había tenido miedo. Mucho miedo.
Porque, a pesar de todo, Omar seguía ocupando un lugar dentro de ella.
Un lugar que aún no conseguía arrancar.
—El señor Al-Sabah pidió que la llamáramos apenas despertó —continuó la enfermera.
Samyra bajó la mirada.
A pocos metros de ella estaba la puerta del salón donde se realizaría el examen.
El examen por el que había trabajado durante meses. Por el que había estudiado noches enteras.
Por el que había soportado humillaciones.
Por el que había recuperado su pasión por la medicina. Por el que había decidido reconstruir su vida.
Miró el reloj.
Faltaban pocos minutos para comenzar. Si se marchaba ahora, perdería la oportunidad.
Si iba al hospital, no habría examen.
Y si no presentaba aquel examen, probablemente tampoco habría Suiza.
Ni especialización. Ni futuro.
Sintió que dos caminos se abrían frente a ella.
Uno llevaba a Omar. El otro a sí misma.
Apretó los dedos alrededor del teléfono.
Durante meses había puesto a otros antes que ella.
A Omar. A la familia Al-Sabah.
A las expectativas de todos. Siempre a todos. Menos a ella.
Por primera vez, no quería hacerlo.
Respiró profundamente. Luego habló.
—¿Necesita alguna cirugía?
—No.
—¿Está consciente?
—Sí.
—¿Su vida corre peligro?
—No, señora.
Samyra permaneció en silencio. Finalmente asintió para sí misma.
—Entiendo.
La enfermera esperó.
—No podré ir.
Hubo una pausa.
—¿Perdón?
—Llamen a Nayla Nasser, enviaré su número de teléfono.
La enfermera pareció confundida.
—¿Está segura?
Samyra cerró los ojos.

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