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Me perdiste, CEO árabe romance Capítulo 79

Minutos después, Samyra estaba sentada frente al examen.

Las hojas fueron repartidas una por una.

El sonido del papel deslizándose sobre los escritorios pareció amplificarse dentro del enorme salón.

Nadie hablaba.

Nadie se movía.

El silencio era absoluto.

Un silencio cargado de nervios, expectativas y sueños.

Samyra observó la portada del examen durante unos segundos.

Su nombre. Su número de identificación.

El sello oficial del programa internacional.

Todo era real. Después de tanto.

Después de tantas renuncias.

Después de abandonar su carrera por un matrimonio que poco a poco la había consumido.

Después de noches enteras estudiando hasta quedarse dormida sobre los libros.

Después de recuperar la confianza en sí misma.

Había llegado hasta ahí.

Aquella prueba podía cambiar su vida para siempre.

Cerró los ojos. Respiró profundamente.

Entonces recordó la voz de su padre.

"Lo que aprendas con esfuerzo nadie podrá quitártelo jamás."

Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.

Tomó el bolígrafo. Y comenzó.

La primera pregunta. Después la segunda. Luego la tercera.

Su corazón latía con fuerza.

Pero conforme avanzaba, los nervios empezaron a transformarse en concentración.

Los casos clínicos aparecían frente a ella como rompecabezas que había practicado cientos de veces.

Leía cada línea. Analizaba cada síntoma.

Descartaba posibilidades. Confirmaba diagnósticos.

Las respuestas llegaban a su mente con claridad.

Sin embargo, no se permitió confiarse.

Sabía que aquel examen estaba diseñado para castigar el exceso de confianza.

Volvió a leer cada pregunta dos veces.

Después una tercera cuando algo no terminaba de convencerla.

Tomaba notas.

Subrayaba detalles. Revisaba. Calculaba riesgos.

El tiempo parecía avanzar a una velocidad extraña.

A veces demasiado lento. A veces demasiado rápido.

En un momento, mientras analizaba un caso complicado, una imagen apareció en su mente.

Omar. Acostado en una cama de hospital. Herido.

Esperándola.

Samyra apretó ligeramente el bolígrafo. Intentó apartar aquel pensamiento.

Pero regresó.

¿Qué tan grave había sido el accidente? ¿Le dolería el brazo?

¿Estaría preguntando por ella? ¿Se sentiría solo?

Una parte de ella quiso tomar el teléfono.

Llamar. Preguntar.

Asegurarse de que estuviera bien.

Pero inmediatamente obligó a su mente a regresar al examen.

No. No podía hacerlo.

No después de todo lo que había sacrificado.

No después de tantos años dejando sus sueños en segundo lugar.

Por una vez. Solo una vez.

Debía elegirse a sí misma. Y continuó escribiendo.

Las horas siguieron avanzando.

Algunos participantes comenzaron a entregar sus exámenes.

Otros parecían completamente derrotados.

Samyra permaneció concentrada.

Pregunta tras pregunta. Página tras página.

Hasta que finalmente llegó al final.

La última pregunta. La leyó con calma.

Analizó cada opción. Respondió.

Y entonces comprendió que había terminado.

De verdad había terminado.

Se quedó inmóvil durante unos segundos.

Observando la última hoja. Sintiendo algo difícil de describir.

Era alivio. Era esperanza.

Era la sensación de encontrarse justo en el borde de una nueva vida.

Volvió al principio. Revisó todo nuevamente.

Las respuestas. Las firmas. Los espacios obligatorios.

No quería cometer errores absurdos después de haber llegado tan lejos.

Cuando finalmente estuvo satisfecha, cerró la carpeta.

Sus dedos temblaban ligeramente. Permaneció sentada unos segundos más.

Simplemente respirando.

Asimilando que había terminado. Que ya no podía cambiar nada.

Que ahora el resultado estaba fuera de sus manos.

Finalmente se puso de pie. Y entregó el examen.

**

Al salir del salón, sintió que las piernas le temblaban.

No sabía si por los nervios o por el agotamiento acumulado de tantos meses.

Phillip apareció poco después.

Una chispa de esperanza iluminó sus ojos.

—¿Samyra?

Pero la ilusión murió casi al instante.

Porque quien acababa de entrar no era Samyra.

Era Nayla. Omar frunció el ceño.

—¿Qué haces aquí?

Nayla pareció confundida.

—Me llamaron.

—¿Qué?

—Del hospital.

Omar miró a la enfermera.

—¿Por qué la llamaron a ella?

La enfermera respondió con naturalidad.

—Porque su esposa nos lo pidió.

Omar sintió que algo se detenía dentro de él.

—¿Qué acabas de decir?

La enfermera sonrió.

—Su esposa dijo que no podía venir y que la señorita Nayla podría acompañarlo.

El silencio cayó de golpe sobre la habitación.

Omar permaneció inmóvil. Como si no hubiera escuchado bien.

—¿Samyra dijo eso personalmente?

—Sí, señor.

—¿Ella habló con ustedes?

—Sí.

—¿Y dijo que llamaran a Nayla?

—Exactamente.

La enfermera continuó acomodando los materiales sin darse cuenta del efecto que aquellas palabras estaban provocando.

Pero para Omar el mundo parecía haberse detenido.

Bajó lentamente la mirada. El brazo herido dejó de importarle.

Las vendas dejaron de importarle.

Incluso el accidente dejó de importar.

Porque por primera vez comprendió algo que llevaba meses negándose a aceptar.

Samyra no había corrido a buscarlo.

No había abandonado todo para estar a su lado.

Y él no podía culparla por ello.

Porque él mismo había sido quien la empujó poco a poco hasta ese punto.

Una sensación de vacío comenzó a expandirse dentro de su pecho.

Siempre había creído que tendría tiempo. Tiempo para pedirle perdón y recuperar su amor.

Pero sentado en aquella habitación de hospital, por primera vez, se preguntó algo que lo llenó de miedo.

¿Y si ya era demasiado tarde?

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