—Anur, ¿de qué estás hablando? —preguntó Omar con el ceño fruncido—. ¿Sabes algo que yo no sé?
Anur guardó silencio.
Durante unos segundos se limitó a observar el vapor que salía de la taza de té entre sus manos.
Parecía debatirse entre hablar o callar.
Finalmente soltó un largo suspiro.
—No.
Omar relajó ligeramente los hombros.
Pero Anur continuó.
—Lo que sí sé es cómo se siente perder a la mujer que amas.
Aquellas palabras hicieron que el ambiente se volviera pesado.
Anur bajó la mirada.
—Tú conoces mi historia mejor que nadie. Sabes lo que pasó con Ayla.
Omar asintió. Claro que lo sabía.
Había estado allí cuando Anur se enamoró. Había estado allí cuando la perdió.
Y también cuando fingió durante años que ya la había olvidado.
—El otro día la vi —continuó Anur con una sonrisa amarga—. Estaba con el jeque Hamdan.
Su voz se quebró apenas.
—Y comprendí algo horrible. Nunca la olvidé.
El silencio volvió a instalarse entre ellos.
—Pensé que el tiempo lo curaba todo —rio con amargura—. Qué tontería.
Anur apoyó la taza sobre la mesa.
—Solo aprendí a vivir sin ella.
Omar sintió una punzada de lástima. Su amigo siempre parecía fuerte.
Pero en aquel instante parecía un hombre agotado.
—Anur...
—Perderla fue mi culpa.
La frase salió firme. Sin excusas. Sin justificaciones.
—Ella me amaba y yo estaba demasiado ocupado creyendo que tendría una segunda oportunidad.
Omar desvió la mirada.
Aquellas palabras empezaban a incomodarlo.
—No quiero que te ocurra lo mismo.
Omar suspiró.
—No entiendes.
—¿No?
—No es igual.
Anur arqueó una ceja.
—¿Por qué?
—Porque yo no he traicionado a Samyra.
La respuesta salió inmediata. Casi defensiva.
—Nunca he besado a otra mujer.
Anur no respondió.
—Nunca he tocado a otra mujer desde que ella es mi esposa.
Otra vez silencio. Y fue entonces cuando algo golpeó la mente de Omar. Con fuerza.
Una verdad que nunca había querido mirar.
“Nunca he tocado a otra mujer. Pero tampoco a ella”
El pensamiento apareció de repente.
Cruel. Incómodo. Imposible de ignorar.
Recordó las noches en que Samyra había esperado por él.
Las veces que ella intentó acercarse. Las ocasiones en que él eligió el trabajo. Las promesas rotas.
Todo menos a ella.
Sintió un peso extraño en el pecho.
Por primera vez se preguntó cuánto daño había causado sin darse cuenta.
—Yo... amo a Samyra —murmuró.
Anur lo observó detenidamente.
—Lo sé. Entonces deja de actuar como si fuera inmortal.
Omar levantó la cabeza.
—¿Qué?
—Porque eso es exactamente lo que estás haciendo.
La voz de Anur sonó más dura.
—Hablas de ella como si fuera a quedarse contigo pase lo que pase.
Omar frunció el ceño.
—Porque me ama.
—Ayla también me amaba.
Aquella respuesta cayó como una piedra.
Anur se puso de pie.
—Y aun así se fue.
Omar guardó silencio.
Seguía intentando convencerse a sí mismo.
—Ella sabe quién soy.
—¿Y tú sabes quién es ella?
La pregunta lo hizo detenerse.
Por primera vez no tuvo respuesta inmediata.
Anur suspiró.
—Solo te diré algo más.
Omar giró la cabeza.
—Si un día descubres que ella ya no te está esperando...
La voz de Anur se volvió grave.
—Será demasiado tarde para empezar a luchar por ella.
Omar apretó los puños. Aquellas palabras le desagradaban.
Porque despertaban un miedo que llevaba meses intentando ignorar.
—No ocurrirá.
Anur no discutió.
Simplemente asintió.
Como quien escucha a un hombre caminar directo hacia un precipicio.
Omar dio media vuelta.
—Voy a recuperarla.
—Entonces deja de asumir que ya la tienes. Y mírate en mi espejo, no seas el mismo perdedor que yo, ahora destrozado por perder a la única mujer que amó.
Omar no respondió.
Salió de la casa.
El aire frío de la noche golpeó su rostro.
Subió al automóvil.
Mientras el chofer arrancaba, observó las luces de la ciudad pasar frente a la ventana.
Y por primera vez en mucho tiempo, una pregunta incómoda apareció en su mente.
¿Y si Anur tenía razón?
¿Y si Samyra ya estaba aprendiendo a vivir sin él?
La idea le provocó una sensación extraña. Una sensación mucho peor que los celos. Mucho peor que la culpa.
Miedo.
Porque por primera vez comprendió que el amor de Samyra no era una garantía.
Era algo que podía perder.
Y quizá ya estaba empezando a perderlo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Me perdiste, CEO árabe
Compré 520 monedas de cobraron, pero no sé desbloquea, es un robo...