Volvieron a casa juntos.
Pero el silencio entre ellos era tan pesado que parecía ocupar cada rincón del automóvil.
Ninguno habló durante el trayecto.
Samyra observaba las luces de la ciudad desfilar detrás de la ventana mientras intentaba controlar el nudo que tenía en el pecho.
Todo estaba listo.
La admisión al posgrado había sido aprobada.
Los documentos estaban preparados.
La abogada tenía instrucciones precisas.
Su salida del país estaba organizada.
Solo faltaba que llegara el momento.
Y aun así, cuanto más cerca estaba de alcanzar la libertad que había buscado durante tanto tiempo, más difícil le resultaba respirar.
Cuando llegaron a la villa, Omar descendió primero y abrió la puerta para ella.
Un gesto sencillo. Un gesto que antes la habría hecho sonreír.
Ahora solo le provocó una tristeza imposible de describir.
Entró en la casa sin decir nada.
Escuchó los pasos de Omar detrás de ella.
Durante unos segundos permanecieron inmóviles en medio de la sala, como dos personas que compartían el mismo techo, pero ya no el mismo camino.
Entonces él habló.
—Haré la cena.
Samyra levantó la vista.
—No es necesario.
—Quiero hacerlo.
La voz de Omar era tranquila. Suave.
Muy distinta a la del hombre que había conocido meses atrás.
Dejó las llaves sobre una mesa y caminó hacia la cocina.
—Prepararé tu comida favorita.
Por un instante, Samyra se quedó observándolo.
Era él. Omar Al-Sabah.
El hombre del que se había enamorado.
El hombre que le había enseñado a confiar. El hombre que alguna vez había sido su refugio.
Y también el hombre que había destruido algo dentro de ella cuando rompió la promesa que le hizo.
Lo vio remangarse la camisa.
Lo vio sacar los ingredientes.
Lo vio moverse por la cocina con una naturalidad que hacía mucho tiempo no mostraba.
Y aquello le dolió más de lo que esperaba.
Porque durante tanto tiempo había deseado verlo así.
Había deseado que la eligiera.
Que la escuchara. Que luchara por ellos.
Que comprendiera cuánto daño le había causado.
Y ahora estaba allí. Intentándolo. Cambiando. Esforzándose.
Pero había llegado demasiado tarde.
Samyra bajó la mirada.
Ojalá pudieran terminar aquello en paz.
Con madurez. Sin seguir destruyéndose.
Pero algunas heridas no desaparecían solo porque alguien se arrepintiera.
Algunas heridas cambiaban para siempre la forma en que una persona amaba.
***
A la mañana siguiente, Samyra despertó antes del amanecer.
La habitación permanecía sumida en la oscuridad.
Omar seguía dormido.
Durante unos segundos lo observó en silencio.
Su respiración era tranquila.
Su expresión lucía cansada.
Últimamente siempre parecía cansado.
Tal vez porque la culpa finalmente comenzaba a alcanzarlo.
Tal vez porque estaba entendiendo lo que había perdido.
O tal vez porque seguía intentando reparar algo que llevaba demasiado tiempo roto.
Samyra apartó la mirada.
No podía permitirse dudar ahora.
Se levantó sin hacer ruido, tomó su bolso y salió de la habitación.
Cuando abandonó la villa, el sol apenas comenzaba a asomarse en el horizonte.
Condujo directamente al hospital.
Al entrar saludó a varias enfermeras.
Recorrió los pasillos que conocía.
Cuando llegó al despacho del director, respiró profundamente antes de entrar.
El hombre levantó la vista de unos documentos y sonrió.
—Doctora Al-Sabah.
Samyra tomó asiento. Sacó una carpeta de su bolso.



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