Samyra se quedó inmóvil apenas vio a Anur.
Por un instante, el mundo pareció detenerse.
Su corazón dio un salto violento dentro de su pecho.
No esperaba encontrarlo allí. No frente al despacho de Fadia.
No cuando estaba tan cerca de completar el plan que llevaba meses construyendo en silencio.
Los documentos estaban listos.
El wakala había sido firmado. La demanda de khula preparada.
Y en pocos días abandonaría el país sin que Omar supiera nada.
Todo dependía de mantener el secreto un poco más.
Solo un poco más.
—Tú... —murmuró.
Anur frunció ligeramente el ceño.
También parecía sorprendido.
—Samyra.
Sus ojos se desviaron hacia el letrero dorado del despacho.
Luego volvieron a ella.
—¿Qué haces aquí?
Samyra sintió que la garganta se le secaba.
Durante una fracción de segundo no encontró ninguna respuesta.
—¿Viniste a ver a un abogado? —preguntó él.
El estómago se le contrajo. Aquella pregunta parecía inocente. Pero para ella era un peligro enorme.
Porque si Anur comenzaba a sospechar, tarde o temprano Omar terminaría enterándose.
Y eso era precisamente lo que no podía permitir.
No todavía. No cuando estaba tan cerca de escapar.
Intentó sonreír. Intentó decir algo. Cualquier cosa.
Pero ninguna excusa parecía suficientemente buena.
Entonces una voz femenina rompió la tensión.
—¡Samyra!
Samyra giró la cabeza. Y sintió un alivio inmediato.
Alya caminaba hacia ellos.
Su porte elegante atraía miradas incluso sin proponérselo.
Llevaba un vestido sencillo, pero su presencia imponía respeto.
Al verla, Samyra comprendió de inmediato que estaba a punto de salvarla.
—Qué bueno que llegaste —dijo Alya con naturalidad—. Fadia está esperando que revisemos los documentos de la fundación para los niños del Hospital Central.
Samyra entendió el mensaje al instante.
—Claro.
Intentó sonar tranquila.
—Habíamos quedado de reunirnos aquí.
Anur permaneció en silencio. Pero algo había cambiado en su expresión.
Porque en cuanto Alya apareció, toda su atención se había concentrado en ella.
Y Alya también parecía haberlo notado.
Durante unos segundos quedaron frente a frente.
Demasiados recuerdos flotaban entre ambos. Demasiadas cosas que nunca se dijeron. Demasiadas oportunidades perdidas.
Anur fue el primero en romper el silencio.
—Alya...
Su voz sonó extrañamente suave.
—Me alegra verte.
Los ojos de Alya se movieron ligeramente.
Había pasado mucho tiempo.
Y aun así, escuchar su voz seguía provocando algo incómodo en su interior.
Algo que llevaba años intentando ignorar. Algo que no deseaba nombrar.
Sonrió apenas. Una sonrisa breve. Controlada.
—Hola, Anur.
Nada más. Nada menos.
Pero para Anur fue suficiente.
Porque al menos ella no se había marchado. No esta vez.
Alya desvió la mirada hacia Samyra.
—¿Nos vamos?
Samyra asintió rápidamente.
—Claro.
Luego volvió a mirar a Anur.
—Estoy aquí por invitación de Su Alteza. Quiere colaborar con una fundación del hospital donde trabajo.
Anur tardó unos segundos en responder. Finalmente asintió.
—Entiendo.
Pero algo en su expresión decía que seguía pensando.
Observando. Analizando.
Y aquello puso nerviosa a Samyra.
Alya tomó su mano.
—Vamos.
Sin darle tiempo a Anur para formular más preguntas, ambas caminaron hacia el automóvil.
Solo cuando la puerta se cerró detrás de ellas, Samyra pudo respirar nuevamente.
***
Durante varios minutos permaneció en silencio.
Mirando por la ventana.
Intentando calmar los nervios.
Alya la observó de reojo. Y terminó soltando una pequeña risa.
—Casi te descubre, ¿verdad?
Samyra dejó escapar un suspiro.
—Sí.
Miró sus manos. Todavía temblaban ligeramente.
—Por un momento pensé que todo había terminado.
Alya negó con la cabeza.
—Anur es inteligente. Demasiado inteligente.
—Eso es lo que me preocupa.
La jequesa tomó suavemente una de sus manos.
—Pero no descubrió nada.
Samyra sonrió débilmente.


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