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Me perdiste, CEO árabe romance Capítulo 86

Samyra se quedó inmóvil apenas vio a Anur.

Por un instante, el mundo pareció detenerse.

Su corazón dio un salto violento dentro de su pecho.

No esperaba encontrarlo allí. No frente al despacho de Fadia.

No cuando estaba tan cerca de completar el plan que llevaba meses construyendo en silencio.

Los documentos estaban listos.

El wakala había sido firmado. La demanda de khula preparada.

Y en pocos días abandonaría el país sin que Omar supiera nada.

Todo dependía de mantener el secreto un poco más.

Solo un poco más.

—Tú... —murmuró.

Anur frunció ligeramente el ceño.

También parecía sorprendido.

—Samyra.

Sus ojos se desviaron hacia el letrero dorado del despacho.

Luego volvieron a ella.

—¿Qué haces aquí?

Samyra sintió que la garganta se le secaba.

Durante una fracción de segundo no encontró ninguna respuesta.

—¿Viniste a ver a un abogado? —preguntó él.

El estómago se le contrajo. Aquella pregunta parecía inocente. Pero para ella era un peligro enorme.

Porque si Anur comenzaba a sospechar, tarde o temprano Omar terminaría enterándose.

Y eso era precisamente lo que no podía permitir.

No todavía. No cuando estaba tan cerca de escapar.

Intentó sonreír. Intentó decir algo. Cualquier cosa.

Pero ninguna excusa parecía suficientemente buena.

Entonces una voz femenina rompió la tensión.

—¡Samyra!

Samyra giró la cabeza. Y sintió un alivio inmediato.

Alya caminaba hacia ellos.

Su porte elegante atraía miradas incluso sin proponérselo.

Llevaba un vestido sencillo, pero su presencia imponía respeto.

Al verla, Samyra comprendió de inmediato que estaba a punto de salvarla.

—Qué bueno que llegaste —dijo Alya con naturalidad—. Fadia está esperando que revisemos los documentos de la fundación para los niños del Hospital Central.

Samyra entendió el mensaje al instante.

—Claro.

Intentó sonar tranquila.

—Habíamos quedado de reunirnos aquí.

Anur permaneció en silencio. Pero algo había cambiado en su expresión.

Porque en cuanto Alya apareció, toda su atención se había concentrado en ella.

Y Alya también parecía haberlo notado.

Durante unos segundos quedaron frente a frente.

Demasiados recuerdos flotaban entre ambos. Demasiadas cosas que nunca se dijeron. Demasiadas oportunidades perdidas.

Anur fue el primero en romper el silencio.

—Alya...

Su voz sonó extrañamente suave.

—Me alegra verte.

Los ojos de Alya se movieron ligeramente.

Había pasado mucho tiempo.

Y aun así, escuchar su voz seguía provocando algo incómodo en su interior.

Algo que llevaba años intentando ignorar. Algo que no deseaba nombrar.

Sonrió apenas. Una sonrisa breve. Controlada.

—Hola, Anur.

Nada más. Nada menos.

Pero para Anur fue suficiente.

Porque al menos ella no se había marchado. No esta vez.

Alya desvió la mirada hacia Samyra.

—¿Nos vamos?

Samyra asintió rápidamente.

—Claro.

Luego volvió a mirar a Anur.

—Estoy aquí por invitación de Su Alteza. Quiere colaborar con una fundación del hospital donde trabajo.

Anur tardó unos segundos en responder. Finalmente asintió.

—Entiendo.

Pero algo en su expresión decía que seguía pensando.

Observando. Analizando.

Y aquello puso nerviosa a Samyra.

Alya tomó su mano.

—Vamos.

Sin darle tiempo a Anur para formular más preguntas, ambas caminaron hacia el automóvil.

Solo cuando la puerta se cerró detrás de ellas, Samyra pudo respirar nuevamente.

***

Durante varios minutos permaneció en silencio.

Mirando por la ventana.

Intentando calmar los nervios.

Alya la observó de reojo. Y terminó soltando una pequeña risa.

—Casi te descubre, ¿verdad?

Samyra dejó escapar un suspiro.

—Sí.

Miró sus manos. Todavía temblaban ligeramente.

—Por un momento pensé que todo había terminado.

Alya negó con la cabeza.

—Anur es inteligente. Demasiado inteligente.

—Eso es lo que me preocupa.

La jequesa tomó suavemente una de sus manos.

—Pero no descubrió nada.

Samyra sonrió débilmente.

Mientras observaba la invitación sobre la cama, una idea cruzó su mente.

Probablemente sería la última reunión familiar a la que asistiría. La última fiesta.

La última vez que caminaría entre los Al-Sabah como parte de aquella familia. Una despedida silenciosa.

Se dirigió al vestidor. Abrió las puertas.

Y comenzó a revisar la ropa.

Vestido tras vestido. Hasta que sus dedos se detuvieron.

Allí estaba.

Un vestido plateado que había comprado meses atrás.

Nunca había tenido valor para usarlo.

Era elegante. Hermoso. Pero también llamativo.

Los tirantes eran delicados. La tela se ajustaba a su figura.

Y un velo plateado acompañaba el conjunto.

Lo tomó entre las manos.

Durante mucho tiempo se había escondido. Había intentado pasar desapercibida. Había intentado ser menos.

Más pequeña. Más fácil de aceptar.

Pero ya no quería seguir haciéndolo.

Se colocó el vestido.

Luego se sentó frente al espejo.

Arregló su cabello. Aplicó maquillaje. Y finalmente acomodó el velo.

Cuando terminó, levantó la vista. Y se observó.

Las cicatrices seguían allí. Visibles. Imposibles de ignorar.

Durante años había intentado ocultarlas.

Las había cubierto con maquillaje. Con ropa. Con vergüenza.

Como si fueran algo de lo que debía arrepentirse.

Pero ya no.

Se puso de pie lentamente. Y volvió a mirarse.

Aquellas cicatrices contaban una historia.

La historia de una mujer que había arriesgado todo para salvar una vida.

La historia de una mujer que sobrevivió. La historia de una mujer que amó profundamente.

Y que aun así encontró la fuerza para seguir adelante.

Sus dedos recorrieron una de las marcas.

Ya no sentía vergüenza. Ya no sentía rabia. Solo aceptación.

—No volveré a esconderlas —susurró.

Las cicatrices no eran una muestra de debilidad.

Eran prueba de su valentía. Prueba de su capacidad para amar. Prueba de todo lo que había soportado.

Y si alguien las veía... Que las viera.

Porque ya no pensaba ocultar quién era.

Una sonrisa apareció lentamente en sus labios.

Por primera vez en mucho tiempo, la mujer reflejada en el espejo parecía alguien diferente.

Más fuerte. Más libre. Más segura.

Y mientras contemplaba su reflejo, comprendió algo.

No estaba preparándose para abandonar una vida.

Estaba preparándose para comenzar otra.

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