Samyra descendió lentamente las escaleras de la villa.
Cada paso resonó suavemente en el silencio de la casa.
Cuando llegó al último escalón, Omar levantó la vista.
Y se quedó inmóvil.
Por un instante, olvidó incluso respirar.
El vestido plateado reflejaba la luz, envolviéndola en un brillo elegante y delicado. El velo caía sobre sus hombros con una suavidad casi etérea.
Pero no fue el vestido lo que captó su atención.
Fueron las cicatrices.
Aquellas marcas que recorrían parte de su piel.
Aquellas marcas que él conocía demasiado bien.
Su mirada se detuvo en ellas.
Y una punzada de dolor atravesó su pecho.
Porque cada vez que las veía recordaba la misma cosa.
Samyra había estado dispuesta a morir para salvarlo.
Aquellas cicatrices existían porque ella había elegido proteger su vida.
Y él... Él había prometido que jamás la haría sufrir.
Había prometido que nunca habría una segunda esposa.
Había prometido muchas cosas.
Promesas que ahora se sentían como cadenas alrededor de su conciencia.
Omar dio un paso hacia ella. Instintivamente quiso acercarse.
Tomar su mano. Decir algo. Cualquier cosa.
Pero se detuvo.
Porque ya no sabía si tenía derecho a hacerlo.
Samyra sostuvo su mirada durante apenas unos segundos.
Luego apartó los ojos.
—¿Estás listo?
La voz de ella sonó tranquila. Demasiado tranquila.
Omar sintió una extraña sensación de pérdida.
Asintió.
—Sí.
Ninguno dijo nada más.
Salieron juntos de la villa.
Y durante todo el trayecto hacia el hotel el silencio volvió a instalarse entre ellos.
Samyra observó las luces de Dubái desfilar detrás de la ventanilla.
Intentando ignorar el peso que sentía en el pecho.
Solo unos días más.
Después todo habría terminado.
Después sería libre.
Apretó ligeramente las manos sobre su regazo.
"Es quizás la última vez que tenga que soportar esto."
Y aquella idea le produjo alivio.
Pero también tristeza. Porque una parte de ella jamás había querido que las cosas terminaran así.
***
El hotel estaba iluminado como un palacio.
Lámparas en forma de araña de cristal colgaban del techo.
Las flores decoraban cada rincón.
Las fuentes interiores reflejaban la luz dorada de cientos de lámparas.
Todo había sido preparado para impresionar a la élite de la ciudad.
Los invitados más importantes comenzaban a llegar.
Empresarios. Políticos. Miembros de familias real.
La alta sociedad de Dubái.
Nassira observaba el salón con una sonrisa orgullosa.
Todo estaba perfecto. Exactamente como había imaginado.
Aquella celebración debía convertirse en un acontecimiento memorable.
—Te ves hermosa.
La voz de Nayla la hizo girarse.
Nassira sonrió.
—Tú también.
Nayla bajó ligeramente la mirada. Sus mejillas se tiñeron de rojo.
Pero debajo de aquella apariencia tranquila se escondía un evidente nerviosismo.
—Nassira...
—¿Sí?
—Tengo miedo.
Nassira arqueó una ceja.
—¿Miedo de qué?
Nayla jugueteó con sus dedos.
—¿Y si algo sale mal?
—No saldrá mal.
—¿Y si tu hermano me rechaza?
—No lo hará.
—¿Y si termina odiándome?
Nassira soltó una pequeña risa.
Se acercó a ella.
—Escúchame bien.
Su voz se volvió firme.
—Has esperado demasiado tiempo por Omar. No puedes echarte atrás ahora.
Pero Nassira ya no podía detenerse.
—¿Perdón?
—Mírate.
Su mirada recorrió los hombros descubiertos de Samyra.
—¿No tienes vergüenza?
Samyra sostuvo su mirada. Sin retroceder. Sin bajar la cabeza.
—No.
Aquella respuesta tomó por sorpresa a Nassira.
—¿Qué dijiste?
—Dije que no.
La voz de Samyra permaneció tranquila.
—No tengo vergüenza.
Nassira abrió los ojos.
Incrédula.
—Esto es una celebración familiar. ¿Por qué tienes que llamar la atención? ¿Por qué no puedes comportarte como una mujer respetable?
Pero Samyra ya no era la misma mujer que habría permanecido callada.
No después de todo lo que había vivido. No después de todo lo que estaba a punto de dejar atrás.
Levantó ligeramente la barbilla.
—¿Llamar la atención?
—Exactamente.
—Estas cicatrices no son una vergüenza.
Nassira quedó inmóvil.
Samyra continuó.
—Son la prueba de algo que hice por alguien a quien amaba.
Sus ojos brillaron con una fuerza inesperada.
—No voy a esconderlas nunca más.
Por primera vez, Nassira no encontró una respuesta inmediata.
Porque había esperado vergüenza.
Había esperado inseguridad. Había esperado sumisión.
Pero no aquello. No aquella firmeza. No aquella tranquilidad.
Samyra retiró suavemente su brazo.
Y añadió:
—Si te incomodan mis cicatrices, ese es tu problema. No el mío. Puedes dejar de verme, y meterte en tu vida.
El silencio que siguió fue absoluto.
Nassira sintió que el rostro se le calentaba de rabia.
Mientras alrededor de ellas algunos invitados comenzaban a observar con creciente interés.
Y no muy lejos de allí, Omar había escuchado cada una de las palabras.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Me perdiste, CEO árabe
Compré 520 monedas de cobraron, pero no sé desbloquea, es un robo...