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Me perdiste, CEO árabe romance Capítulo 88

Samyra estaba a punto de alejarse de la mesa cuando sintió una mano sujetando la suya.

El contacto la detuvo en seco.

Levantó la mirada. Y encontró a Omar.

Sus ojos estaban fijos en ella con una intensidad que no había visto en mucho tiempo.

Samyra parpadeó, confundida.

Como si el mundo hubiera cambiado de dirección en un solo segundo.

Omar no dijo nada de inmediato.

Solo sostuvo su mano un instante más de lo necesario, como si temiera que al soltarla ella desapareciera.

Luego giró lentamente la cabeza. Y miró a Nassira.

El ambiente alrededor de ellos cambió.

Las conversaciones se apagaron.

Las risas se debilitaron.

Incluso la música parecía más lejana.

—Discúlpate —dijo Omar.

Su voz no fue alta. Pero fue suficiente para cortar el aire del salón.

Nassira se quedó inmóvil.

Sus ojos se abrieron con incredulidad.

—¿Qué…?

Omar dio un paso hacia adelante. No apartó la mirada.

—Ahora.

El silencio que siguió fue absoluto.

Nassira miró a su hermano como si no lo reconociera.

Como si esa versión de Omar no perteneciera al hombre que ella conocía.

—¿Omar…? —su voz tembló ligeramente—. ¿Qué estás diciendo?

Él no cambió su expresión.

—Estoy diciendo que ofendiste a mi esposa.

El término “esposa” cayó con un peso inesperado.

Samyra sintió cómo algo dentro de su pecho se tensaba.

—Y eso no lo voy a permitir —continuó Omar.

Su mirada volvió brevemente hacia Samyra. Y durante un segundo, su voz perdió la dureza.

—Nunca más.

Luego regresó a Nassira.

—Las cicatrices de Samyra no son una vergüenza.

Su voz se volvió más baja. Más controlada. Más peligrosa.

—Son la prueba de que salvó mi vida.

Pero Omar no se detuvo.

—Es la razón por la que sigo aquí. La razón por la que estoy vivo. Y la razón por la que tú estás de pie escuchándome ahora mismo.

Nassira abrió la boca. Pero no salió nada.

Omar apretó ligeramente la mandíbula.

—Y aun así te atreviste a humillarla.

El silencio volvió a caer.

—Discúlpate.

La palabra fue corta. Pero definitiva.

Nassira sintió que algo dentro de ella se rompía.

Su orgullo. Su control. Su lugar en aquella familia.

—Omar… —intentó hablar—. Yo solo…

—Ahora.

Esta vez no había espacio para discusión.

Nassira miró alrededor. Varios invitados los observaban. Demasiados.

Su rostro comenzó a tensarse.

Y entonces miró a Samyra.

En sus ojos había rabia. Pero también miedo.

Porque entendía algo muy claro. Omar no iba a retroceder. No esta vez.

Samyra permanecía en silencio. No intervenía.

Por primera vez, no estaba sola en ese momento.

Y aun así…

No podía evitar la sensación extraña que le oprimía el pecho.

Porque esas palabras. Ese tono. Esa defensa.

Llegaban demasiado tarde. Demasiado tarde para sanar lo que ya se había roto.

Nassira respiró hondo. Su orgullo luchó unos segundos más. Pero finalmente cedió.

—…Me disculpo —dijo con dificultad.

Su voz salió quebrada. Una lágrima rodó por su mejilla.

Pero no era arrepentimiento puro. Era humillación.

Era rabia contenida. Era derrota.

Samyra la miró con calma. Sin emoción visible.

—Acepto tu disculpa.

Hizo una pausa. Y añadió, con una serenidad afilada:

—Pero no cambia lo que eres.

El golpe fue silencioso. Pero efectivo.

Nassira apretó los labios. Quiso responder. Quiso gritar. Quiso destruir algo.

Pero no lo hizo. Porque Omar estaba ahí.

Y por primera vez en su vida, su autoridad no era suficiente para protegerla.

Giró sobre sus talones y se alejó sin mirar atrás.

Omar la observó irse.

Luego bajó ligeramente la mirada.

Como si algo dentro de él se hubiera agotado.

Samyra retiró suavemente su mano de la de él. Ese gesto fue pequeño. Pero definitivo.

Capítulo: Motivos desesperados 1

Capítulo: Motivos desesperados 2

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