—Omar, ¿qué haces?
La voz de Samyra sonó más débil de lo que ella habría querido.
Había algo extraño en el ambiente.
Desde que entró a aquella habitación sintió aquel aroma dulce y cálido flotando en el aire.
No era desagradable, pero provocaba una sensación inquietante. Su corazón latía demasiado rápido y el calor que recorría su cuerpo parecía intensificarse con cada segundo.
Necesitaba salir. Necesitaba aire.
Necesitaba alejarse de Omar antes de que sus emociones terminaran traicionándola.
Porque el verdadero peligro no era aquel incienso.
Era él. Siempre había sido él.
—Samyra...
Omar la observó fijamente.
Durante unos segundos ninguno habló.
Había demasiadas cosas entre ellos. Demasiadas heridas. Demasiadas lágrimas.
—No te engañaría —dijo finalmente—. No de esa forma.
Ella soltó una sonrisa amarga.
—¿Y ahora debo creerte?
Las palabras golpearon a Omar con fuerza. Pero no apartó la mirada.
—Sé que te fallé.
—¿Lo sabes?
—Sí.
—Qué curioso.
La sonrisa de Samyra desapareció.
—Porque yo tuve que sufrir tanto, para que finalmente lo entendieras.
El silencio cayó entre ambos. Ella intentó rodearlo.
Intentó llegar al balcón. Necesitaba respirar.
Sin embargo, Omar sujetó suavemente su muñeca.
No con violencia. No para retenerla.
Sino porque sentía que, si la dejaba ir en ese instante, la perdería para siempre.
—Escúchame.
—No quiero escuchar nada.
—Por favor.
Aquella palabra sorprendió incluso a Omar. Porque jamás la utilizaba. Jamás suplicaba.
Pero estaba desesperado.
Y ya no tenía orgullo suficiente para ocultarlo.
—No hay nada entre Nayla y yo.
Samyra soltó una pequeña risa cargada de dolor.
—Siempre dices eso.
—Porque es verdad.
—Entonces dime algo, Omar.
Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.
—¿Por qué me hiciste sentir que siempre era la segunda opción?
Aquella pregunta lo dejó inmóvil. Porque no tenía una respuesta sencilla.
Ni una excusa. Ni una mentira. Solo la verdad. Y la verdad era peor.
—Porque fui un cobarde.
Samyra parpadeó. No esperaba escuchar aquello.
—¿Qué?
—Fui un cobarde.
La voz de Omar sonó rota.
—Pensé que siempre estarías ahí.
El corazón de Samyra se detuvo un instante.
—¿Qué quieres decir?
—Que creí que tendría tiempo.
Omar bajó la mirada.
—Tiempo para explicarme. Tiempo para arreglar las cosas. Tiempo para demostrarte lo que sentía.
Sus ojos se humedecieron.
—Y fui tan estúpido, pero te estoy perdiendo y no puedo soportarlo.
Samyra sintió un nudo doloroso en la garganta.
Porque aquellas palabras eran sinceras. Brutalmente sinceras. Y precisamente por eso dolían más.
—No amabas a Nayla.
No era una pregunta. Era una acusación.
Un desafío. Una última oportunidad para decir la verdad.
Omar negó lentamente.
—No.
—Pero siempre corrías hacia ella.
—Por culpa.
—Siempre la protegías.
—Por responsabilidad.
—Siempre la elegías.
—No.
Aquella respuesta fue inmediata. Firme.
—Nunca la elegí.
Las palabras salieron de Omar sin filtros.
Sin orgullo. Sin barreras. Solo la verdad.
—Te amo, Samyra.
Ella cerró los ojos.
Porque escuchar aquello era más doloroso de lo que imaginó.
—No digas eso.
—Es la verdad.
—No.
—Sí.
La voz de Omar tembló.
—Te amo a ti. A tu fuerza. A tu valentía. A tu manera de seguir adelante incluso cuando yo te rompía el corazón.
Las lágrimas continuaban cayendo por el rostro de Samyra.
—Te amo a ti. A tu sonrisa. A tu carácter. A tu forma de cuidarme. A cada cicatriz en tu cuerpo, a cada parte de tu alma.
El silencio se volvió insoportable.
Porque aquella era la confesión que había llegado años tarde.
—He sido un cobarde.
La voz de Omar apenas fue un susurro.
—Pero sin ti...
Levantó la mirada.
—Sin ti no soy nada.
Samyra sintió que las últimas defensas que había construido comenzaban a derrumbarse.
Omar levantó una mano temblorosa. Con infinita delicadeza apartó una lágrima de su mejilla.
Como si temiera romperla.
Como si por fin comprendiera lo valiosa que era.
—He llegado tarde para muchas cosas, Samyra —susurró—. Tarde para protegerte. Tarde para defenderte. Tarde para decirte cuánto te amo.
Una lágrima cayó por la mejilla de él.
—Pero esta noche no quiero esconderme más.
Tomó una de sus manos y la llevó contra su pecho.
Los latidos de su corazón golpeaban con fuerza contra su palma.
—Déjame demostrarte quién soy realmente.
Su voz se quebró.
—Déjame amarte sin mentiras, sin silencios y sin miedo.
La mirada de Samyra tembló.
Y Omar apoyó su frente contra la de ella.
—Déjame pertenecerte al menos una vez, completamente, como mi corazón te ha pertenecido.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Me perdiste, CEO árabe
Compré 520 monedas de cobraron, pero no sé desbloquea, es un robo...