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Me perdiste, CEO árabe romance Capítulo 91

Sus manos, grandes y cálidas, la estrecharon contra su pecho con una urgencia renovada.

Omar ya no quería perder el tiempo en promesas vacías.

Se separó apenas unos milímetros, lo suficiente para mirar sus cicatrices.

Lejos de apartar la vista, las delineó con la yema de sus dedos con una lentitud reverencial.

Su mirada era penetrante, inclinó la cabeza y las besó.

Una a una, suavemente, curando con la humedad de sus labios los vestigios del sufrimiento.

Ella sintió el calor de su boca, el rastro húmedo de su devoción, y no pudo evitar cerrar los ojos.

Su cuerpo entero comenzó a temblar, sacudido por un deseo latente que ni siquiera ella misma creyó poseer, una corriente eléctrica que nacía de la imperiosa necesidad de pertenecerle.

Y él seguía allí, besándola con una ternura infinita que disolvía cualquier atisbo de duda.

Con un movimiento fluido, Omar sujetó su cintura.

Samyra mantenía la cara agachada, abrumada por la intensidad del momento y por el temor a que la realidad rompiera el hechizo.

Con una delicadeza, él alzó su barbilla, obligándola a mirarlo.

Cuando sus miradas finalmente se encontraron, el aire pareció evaporarse.

—No tengas miedo, te prometo que no te haré daño. Si quieres que me detenga, dímelo ahora… solo quiero amarte —susurró él, con una voz ronca, atrapada entre el control y el deseo.

Samyra lo miró en silencio. Sabía que aquello no tenía futuro.

Sabía que, después de esa noche, probablemente todo terminaría entre ellos.

Y aun así…

El pecho le dolió de una forma extraña, suave y devastadora al mismo tiempo.

Porque en el fondo, incluso en medio del adiós, todavía quería saber cómo era ser amada por Omar.

Aunque fuera una sola vez. Aunque fuera la última.

Omar la besó de forma furtiva.

Primero fue un contacto lento, pero pronto el instinto de posesión y la angustia de la distancia emocional los arrastraron.

El beso se transformó en un reclamo con apremio.

La pegó a su cuerpo con fuerza, necesitando sentir cada curva, cada latido, cada rincón de la mujer que amaba con desesperación.

No fue hasta que Samyra perdió por completo el aliento que él abandonó sus labios, aunque se negó a romper el contacto físico.

Continuó esparciendo besos ardientes por su rostro, descendiendo por la línea de la mandíbula hacia el cuello y los hombros, dejando a su paso un rastro de humedad que encendía la piel de la mujer.

Samyra se sentía acalorada, envuelta en una fiebre que la consumía desde el interior.

Estaba segura de que ya no era por el olor de la habitación o por el clima de la noche; era ella misma, era su propio corazón que latía desbocado, respondiendo al llamado de un amor que se resistía a morir.

Fue entonces cuando Omar, con movimientos que denotaban una adoración, le retiró el vestido.

Lo hizo con tal facilidad y fluidez que ella no pudo —ni quiso— evitarlo.

Al instante, una intensa sensación de vergüenza e inseguridad la invadió.

Se descubrió allí, completamente expuesta y desnuda frente a ese hombre que parecía devorarla con los ojos.

Omar quería ir despacio, quería venerarla como a un templo, pero el impulso salvaje de su amor y la necesidad de fundirse con ella lo vencían por momentos.

Se alejó un suspiro, solo el tiempo necesario para desprenderse de su propia ropa con movimientos torpes por la prisa, dejándola caer sobre una silla cercana.

Samyra se sentó al borde de la cama, un reflejo automático de timidez la llevó a cubrirse el pecho con las manos.

Su respiración era irregular, un jadeo constante que delataba su agitación, mientras el rubor de sus mejillas se intensificaba.

Desde su posición, observó el cuerpo fuerte, varonil y perfectamente esculpido de su esposo.

Por un segundo, un cosquilleo abrasador nació en lo más profundo de su vientre, una punzada inconfundible de deseo que confirmaba cuánto lo anhelaba, a pesar de los miedos que la atenazaban.

Omar se acercó de nuevo, imponiéndose con su sola presencia.

Con una suavidad que contrastaba con su imponente figura, la recostó en la cama, atrapándola entre su cuerpo y el colchón.

Comenzó a sembrar pequeños y húmedos besos sobre su piel, descendiendo por su vientre, haciéndola vibrar bajo su tacto.

Sus miradas volvieron a cruzarse en un pacto silencioso de entrega absoluta.

Omar subió una de sus manos y acarició sus pechos, moldeándolos con una mezcla de urgencia y deleite.

Samyra arqueó la espalda de forma involuntaria; por un instante bendito, se perdió por completo en ese océano de placer, olvidando el pasado, el futuro y el dolor que los rodeaba.

Él la estaba acariciando como un hombre que desea a su mujer, con una mezcla de hambre y adoración que resultaba tan abrumadora como inesperada para ella.

El saber que Omar estaba completamente desnudo sobre ella elevó la temperatura interior de Samyra a niveles insoportables.

Èl retiró la ultima prenda de ella.

Sintió el roce directo, firme y ardiente de su hombría contra su muslo, lo que la obligó a bajar la vista de manera instintiva.

Al mirar su rostro, notó la mueca de opresión en sus facciones; supo que Samyra tenía miedo de entregarse por completo, miedo a la intensidad del vínculo.

Omar, con el alma en un hilo por la necesidad de protegerla, besó sus labios y recorrió nuevamente con su boca aquellas cicatrices que eran el recuerdo de su primer encuentro, distrayéndola con ternura.

Mientras la envolvía, dio otra leve embestida, firme pero compasiva, y finalmente estuvo completamente dentro de ella.

Samyra experimentó una última y leve molestia que fue reemplazada de inmediato por oleadas de un placer abrumador.

Ya no pudo impedir los gemidos que brotaban desde lo más profundo de su garganta, ni el ritmo de su respiración entrecortada.

Su corazón latía, y su cuerpo se entregaba por completo al hombre que la reclamaba.

Omar estaba excitado, ardiente como una llama de fuego insaciable.

Sus embestidas se incrementaron.

—¡No puedo más! —exclamó ella entre dientes, con los ojos empañados por las lágrimas del éxtasis y la cabeza echada hacia atrás sobre la almohada.

Omar sonrió con una mezcla de triunfo y adoración absoluta; sabía perfectamente a lo que se refería, sentía cómo las paredes internas de la mujer lo oprimían en espasmos deliciosos.

—Casi, mi amor, casi llegamos... —respondió él, uniendo sus palabras sobre los labios de ella para reclamarlos una vez más, mientras aceleraba el ritmo de sus caderas en una danza frenética y desesperada por alcanzar la eternidad.

Samyra abandonó por completo el agarre de las sábanas para rodear con sus brazos el cuello y la espalda del hombre.

Ya no controlaba su propio cuerpo; una urgencia primitiva e implacable la invadía.

De pronto, un placer enorme, se apoderó de ella.

Toda la tensión acumulada se liberó en un solo instante. Sintió que su cuerpo se estremecía, retorciéndose de puro placer sobre el colchón, y lanzó un grito de satisfacción.

—¡Ah, Omar! —exclamó ella

Él sonrió al mirarla.

Fue excitante escuchar su nombre pronunciado con tanta devoción.

Con una última embestida, fue su propio turno; el mundo exterior desapareció y Omar llegó al éxtasis, derramándose dentro de ella.

—¡Te amo, Samyra!

Depositó un beso final y prolongado en sus labios.

La atrajo hacia sí y la abrazó con fuerza contra su pecho, como si temiera que el mundo real pudiera arrebatársela si la soltaba.

Se quedaron ahí, en el silencio de la noche, agotados por la entrega.

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