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Me perdiste, CEO árabe romance Capítulo 92

El amanecer entró sin pedir permiso por las cortinas entreabiertas de la habitación.

La luz era suave.

Iluminaba sin delicadeza lo que la noche había intentado guardar en silencio.

Samyra fue la primera en despertar. No abrió los ojos de inmediato.

Durante unos segundos permaneció inmóvil, escuchando.

El sonido de la respiración de Omar a su lado.

Cercana. Real. Demasiado real.

Su cuerpo aún estaba envuelto en el calor de la noche anterior, pero su mente… su mente ya había comenzado a despertar en otro lugar.

Abrió los ojos lentamente. Y lo vio.

Omar dormía de lado, profundamente, como si por fin su cuerpo hubiera cedido después de tensión acumulada.

Su expresión, incluso en el sueño, no era completamente tranquila. Había algo en él… una vulnerabilidad que rara vez mostraba despierto.

Samyra lo observó en silencio.

Y el recuerdo regresó.

No como una sola imagen. Sino como una avalancha.

Sus manos. Su voz. Su forma de mirarla como si fuera la única verdad en medio de todo el caos.

Los besos. La forma en que la había acariciado.

La manera en que había dicho su nombre como si fuera una confesión.

Y luego… el silencio.

El después. El ahora.

Se incorporó lentamente, llevando las sábanas consigo como si de pronto su propia piel le resultara demasiado expuesta.

El aire de la habitación ya no era cálido.

Era pesado. Demasiado consciente. Demasiado definitivo.

“Esto no debió pasar…”

La frase cruzó su mente con una claridad dolorosa.

Y sin embargo… algo dentro de ella se resistía a llamarlo solo un error.

Se giró hacia él una vez más. Y lo sintió.

El nudo en el pecho. La contradicción.

El vacío que no era vacío, porque estaba lleno de algo que no quería nombrar.

Amor. Deseo. Pérdida. Todo al mismo tiempo.

Samyra bajó la mirada.

Sus manos temblaban ligeramente mientras buscaba su vestido.

“Fue un error…”

Se obligó a repetirlo. Más firme esta vez.

Pero la palabra no terminaba de encajar.

Porque los errores no dejan ese tipo de silencio en el pecho.

Los errores no hacen que el cuerpo recuerde con tanta intensidad. Los errores no duelen así.

Aun así, se vistió rápido.

Como si vestirse pudiera devolverle el control.

Como si cubrir su cuerpo pudiera ordenar su mente.

Cuando terminó, se quedó de pie unos segundos.

Mirándolo.

Omar seguía dormido.

Y por primera vez en mucho tiempo, no era el hombre fuerte, arrogante o distante.

Era solo un hombre.

Uno que, incluso dormido, parecía aferrarse a algo que ya estaba perdiendo.

Samyra tragó saliva. Y dio un paso atrás.

Luego otro. Lento.

Casi como si cada paso fuera una decisión irreversible.

“Si me quedo… me pierdo otra vez.”

La idea la atravesó con fuerza.

Y aun así… no salió de la habitación inmediatamente.

Se detuvo. Solo un segundo.

Como si algo dentro de ella aún quisiera quedarse.

Como si una parte de ella aún quisiera escucharlo decir su nombre una vez más.

—Samyra… —su voz bajó—. Ayer no fue un error, ayer hicimos el amor.

Ella levantó la mirada. Y por un segundo su máscara se quebró.

Solo un segundo. Pero suficiente.

—No lo compliques —susurró ella.

Omar dio un paso hacia ella.

Como si temiera que cualquier movimiento brusco la hiciera desaparecer.

—No lo estoy complicando —dijo él—. Lo estoy entendiendo.

Su voz temblaba apenas.

—Te amo.

El aire se detuvo.

Samyra cerró los ojos por un instante. Porque eso era lo que no podía escuchar.

No ahora.

—No digas eso —murmuró ella.

—Es verdad.

—No lo es.

Omar negó con la cabeza.

Sus ojos estaban rojos.

—No puedes mirarme después de anoche y decir que no significa nada.

El silencio volvió a caer. Pero esta vez era diferente.

No era vacío.

Era lleno de todo lo no dicho durante años. Samyra respiró hondo.

Y cuando habló, su voz salió más rota de lo que quería.

—Omar… esto no cambia nada.

Él la miró fijo.

—¿Cómo que no cambia nada?

Ella tragó saliva. Porque ahí estaba el verdadero dolor. No la noche anterior. Sino lo que venía después.

—¿Vas a casarte con la segunda esposa? —preguntó ella finalmente.

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