Omar se quedó inmóvil.
Las palabras de Samyra seguían resonando dentro de su cabeza.
—Pero no cambia el hecho de que te casarás con una segunda esposa, ¿o no te casarás?
Quiso responder.
Quiso decir que no.
Quiso decir que cancelaría todo, que rompería la promesa, que la elegiría a ella por encima de cualquiera.
Pero ninguna palabra salió de su boca.
Porque la verdad era cruel.
Y la verdad era que no estaba seguro de poder hacerlo.
Había una promesa. Una deuda.
Una responsabilidad que lo perseguía desde hacía años.
Y por primera vez en su vida, Omar descubrió que el silencio podía ser más cobarde que una mentira.
Samyra lo observó.
Esperó. Durante un segundo.
Esperó esa respuesta que podría cambiarlo todo.
Pero nunca llegó.
Entonces sonrió. No era una sonrisa feliz. Ni siquiera amarga.
Era la sonrisa de alguien que acababa de confirmar aquello que ya sabía.
Aquello que llevaba demasiado tiempo negándose a aceptar.
—Lo entiendo —susurró.
Omar sintió que algo se rompía dentro de él.
—Samyra...
Ella negó con suavidad.
—No hace falta decir nada.
Y salió de la habitación.
La puerta se cerró. El sonido fue suave.
Pero para Omar se sintió como un golpe seco en el pecho.
***
Una hora después.
Omar seguía sentado en la oficina privada del hotel.
No había podido quitarse la sensación de derrota que lo perseguía desde que Samyra se marchó.
Necesitaba respuestas.
Necesitaba entender qué había ocurrido realmente la noche anterior.
Porque algo no encajaba.
Algo estaba mal.
Demasiadas coincidencias.
Demasiadas personas involucradas.
Demasiados comportamientos sospechosos.
El gerente entró acompañado por el encargado de seguridad.
—Señor Al-Sabah, hemos revisado todas las cámaras.
Omar levantó la mirada.
—Muéstrenmelas.
Durante varios minutos observó las grabaciones.
Su expresión se volvió más oscura con cada imagen.
Vio a Mohamed. Vio a Nassira.
Vio movimientos sospechosos. Vio a Nayla acercándose a la habitación.
Y finalmente comprendió.
Cuando el video terminó, el silencio se volvió pesado.
El gerente tragó saliva.
—Señor... creemos que fue una acción planeada.
Omar apretó los puños.
—¿Por quién?
—Por su hermana Nassira y el señor Mohamed.
La mandíbula de Omar se tensó. La ira recorrió todo su cuerpo.
No era una sospecha.
Era una certeza.
Habían intentado manipularlo. Habían intentado utilizarlo.
Y peor aún.
Habían intentado destruir definitivamente cualquier posibilidad entre él y Samyra.
—Quiero una copia de todos los videos.
—Por supuesto, señor.
—Todos.
—Sí, señor.
Omar tomó el teléfono.
Su expresión se volvió peligrosa. Muy peligrosa.
Porque por primera vez sentía que alguien había cruzado un límite que no estaba dispuesto a perdonar.
***
Aquella misma tarde recibió una llamada de los abuelos.
No era una invitación.
Era una orden. Y Omar lo sabía.
Cuando llegó a la residencia familiar comprendió inmediatamente que algo importante estaba ocurriendo.
En el salón principal estaban reunidos:
los abuelos, el padre de Nayla, y la propia Nayla.
Todos parecían esperarlo.
Todos menos él. Sobre la mesa reposaba un documento.
El acuerdo prenupcial.
—Si intentas hacer algo otra vez, o lastimar a mi esposa, no tendré piedad y te voy a repudiar.
Nayla lloró.
—Luego de casarnos, vivirás en una de las villas en la mansión Al-Sabah, pero no te visitaré.
Nayla quiso decir algo, no pudo, sintió rabia, y vio a Omar volver a la Mansion.
La fecha de la boda estaba fijada este fin de semana, pero, no sería nada especial, Omar dijo que quería algo demasiado simple, después de todo, era la tradición, la segunda boda de un hombre nunca era ostentosa como la primera.
Nayla apretó los puños con frustración y tuvo un plan.
***
Esa noche.
Samyra estaba sentada en el borde de la cama.
La habitación permanecía en silencio.
Frente a ella había una maleta Lista.
Dentro estaban cuidadosamente acomodadas sus pertenencias más importantes.
Nada más. No necesitaba mucho.
Solo lo suficiente para empezar de nuevo.
Tomó sus documentos una vez más.
Pasaporte. Permisos. Papeles de ciudadanía, visa americana.
Dinero en efectivo. Todo estaba listo.
Todo había sido revisado varias veces.
No existían alertas migratorias. No existían restricciones legales.
No existía ninguna orden activa que pudiera impedirle viajar.
Por primera vez en mucho tiempo tenía una salida. Y pensaba tomarla.
Acarició la cubierta del pasaporte. Su corazón dolía.
Pero ya no dudaba. Porque quedarse significaba ver a Omar casarse.
Porque quedarse significaba destruirse poco a poco.
Y ya había sufrido suficiente.
Estaba cerrando la maleta cuando escuchó unos golpes en la puerta.
—Adelante.
Una empleada entró.
—Señora, tiene una visita.
Samyra frunció el ceño.
—¿Quién?
La mujer vaciló.
—La señorita Nayla Nasser.
Samyra se quedó inmóvil.
Una sensación incómoda recorrió su cuerpo.
¿Por qué estaba allí?
¿Qué quería ahora?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Me perdiste, CEO árabe
Compré 520 monedas de cobraron, pero no sé desbloquea, es un robo...