Minutos después descendió lentamente por las escaleras.
Su cojera era leve pero visible. Cada paso requería esfuerzo.
Y Nayla lo observó todo. Absolutamente todo.
Su mirada descendió hacia la pierna lesionada.
Luego volvió al rostro de Samyra.
Y la rabia apareció detrás de su sonrisa.
"¿Por esta mujer?"
"¿Por ella me rechazaste?"
"¿Por ella dejaste de quererme, Omar?"
El odio casi logró escapar.
Pero Nayla lo ocultó.
Porque todavía necesitaba interpretar su papel.
Cuando Samyra llegó al último escalón, habló primero.
—¿Qué necesitas?
Nayla sonrió. Dulce. Educada.
Perfectamente falsa.
Extendió una elegante invitación dorada.
—He venido a invitarte a mi boda.
Samyra sintió que el corazón se detenía por un segundo.
Miró la invitación. No quiso tomarla.
Pero terminó haciéndolo.
—¿Tu boda?
—Sí.
Nayla sonrió más ampliamente.
—Después de todo, pronto seremos familia.
Samyra permaneció inmóvil.
—¿Familia?
—Claro.
Nayla inclinó la cabeza.
—Pronto seremos hermanas. Hermanas unidas por el mismo hombre.
El golpe fue directo. Preciso. Cruel.
Durante un instante volvió aquel viejo dolor.
Ese que había intentado enterrar. Ese que había jurado superar.
Pero también apareció algo nuevo. Una certeza.
Más fuerte que el sufrimiento. Más fuerte que el amor. Más fuerte que Omar.
Había tomado la decisión correcta.
Porque mientras Nayla sonreía sosteniendo aquella invitación...
Samyra comprendió que ya no pertenecía a ese lugar.
Y muy pronto tampoco pertenecería a la vida de Omar Al-Sabah.
—Felicidades, Nayla.
Samyra sostuvo la invitación entre los dedos y le dedicó una sonrisa tranquila.
—Has conseguido tu puesto de segunda esposa. Espero que sea suficiente para hacerte feliz. Espero que todo esto realmente valga la pena.
Durante unos segundos, Nayla permaneció inmóvil.
Luego, la máscara de dulzura que había llevado puesta desde que entró en la mansión comenzó a resquebrajarse.
La sonrisa desapareció. La amabilidad desapareció.
Y en sus ojos apareció algo mucho más sincero.
Rabia.
Una rabia profunda, amarga y desesperada.
Dio un paso hacia Samyra.
—No actúes como si no te importara —espetó—. Pronto Omar te repudiará. Él me ama. Siempre debió estar conmigo.
Samyra la observó en silencio.
Por primera vez, no sintió celos.
Ni enojo. Ni siquiera tristeza. Solo cansancio.
Un cansancio inmenso.
—¿Eso es lo que te dices para poder dormir por las noches?
Nayla apretó los dientes.
—¿Qué?
—Que te ama. Que algún día me olvidará. Que todo esto terminará como tú quieres.
La sonrisa de Samyra se volvió ligeramente más amarga.
—Si realmente creyeras que Omar es tuyo, no estarías aquí intentando convencerme.
El rostro de Nayla se tensó. El golpe había sido directo.
Samyra continuó.
—Yo no peleo por ningún hombre. Nunca lo he hecho y no voy a empezar ahora.
—Si lo quieres, haz que sea solo tuyo.
Su mirada se volvió firme.
—Pero no vengas a presumirme migajas de amor mientras sigues preocupada por mí.
Nayla sintió cómo la sangre le hervía.
Porque era verdad. Porque había pasado toda la semana pensando en Samyra.
Pensando en Omar.
Pensando en todo lo que podía perder.
—No sabes nada —susurró con odio.
Samyra abrió la puerta principal.
—Ahora vete de mi casa.
Durante un instante, ambas mujeres se sostuvieron la mirada.
Hasta que Nayla giró sobre sus talones y salió.
La puerta se cerró. El silencio regresó.
Samyra bajó la vista hacia la invitación.
La observó durante varios segundos.
Las letras doradas brillaban bajo la luz.
Todo era real. La boda iba a ocurrir.
Sintió aquel viejo dolor atravesarle el pecho.
Pero esta vez no lloró.
Simplemente dejó la invitación sobre la mesa.
Respiró profundamente.
Porque ya no quedaban lágrimas.
Solo agotamiento.
***
Aquella noche, Omar llegó tarde.
Apenas cruzó la puerta principal, dejó las llaves sobre la mesa.
Y entonces la vio. La invitación.
Su corazón se detuvo. La tomó de inmediato.
Leyó los nombres.
Y sintió miedo. Miedo verdadero.
Porque si Samyra había visto aquello...
¿cuánto dolor le había causado?
Subió las escaleras casi corriendo.
Aquello lo sorprendió.
—¿Qué?
—Se trata de ti.
La mujer se incorporó lentamente.
—De tu culpa. De tu necesidad de salvar a todos. De tu incapacidad para entender que no eres responsable de todo el mundo. De tu culpa enfermiza que te auto consume.
Omar sintió un nudo en la garganta.
—Yo solo quería cumplir una promesa.
—Y terminaste rompiendo muchas otras.
Finalmente Samyra volvió a acostarse. Le dio la espalda.
—Déjame sola, Omar.
Él permaneció inmóvil varios segundos.
Hasta que finalmente asintió.
Y salió de la habitación.
Samyra abrió los ojos.
Miró el techo.
Y comprendió que ya no podía llorar. Simplemente estaba agotada.
***
Los días pasaron.
Y finalmente llegó la fecha de la boda. El mismo día que Samyra abandonaría la ciudad.
Su vuelo salía a las cuatro de la tarde.
Todo estaba preparado.
Aquella mañana despertó temprano.
Y encontró a Omar terminando de vestirse frente al espejo.
El elegante traje oscuro confirmaba la realidad.
Era el día de su boda. Omar levantó la mirada.
Y al verla despierta, se acercó inmediatamente. Había algo extraño en su expresión.
—Samyra...
Ella lo observó.
—¿Qué sucede?
Omar dudó.
—Anoche tuve un sueño.
Ella guardó silencio.
—Soñé que… no podía encontrarte. Soñé que te perdía
Samyra sintió que el corazón se detenía por un instante.
—Omar...
Antes de que pudiera decir algo más, él la abrazó.
Con fuerza. Demasiada fuerza.
Como si quisiera impedir que desapareciera.
Como si una parte de él ya supiera que estaba a punto de perderla.
Samyra cerró los ojos. Y lo abrazó también.
Apretándolo contra ella. Memorizando aquel momento. Aquella sensación.
Aquel hombre. Porque sabía que era la última vez.
“Adiós, Omar...”
Una lágrima silenciosa resbaló por su mejilla.
“Que seas feliz.”
Y mientras lo abrazaba por última vez, terminó la frase dentro de su corazón.
“Que seas feliz... aunque sea sin mí.”

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Me perdiste, CEO árabe
Compré 520 monedas de cobraron, pero no sé desbloquea, es un robo...