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Me perdiste, CEO árabe romance Capítulo 94

Minutos después descendió lentamente por las escaleras.

Su cojera era leve pero visible. Cada paso requería esfuerzo.

Y Nayla lo observó todo. Absolutamente todo.

Su mirada descendió hacia la pierna lesionada.

Luego volvió al rostro de Samyra.

Y la rabia apareció detrás de su sonrisa.

"¿Por esta mujer?"

"¿Por ella me rechazaste?"

"¿Por ella dejaste de quererme, Omar?"

El odio casi logró escapar.

Pero Nayla lo ocultó.

Porque todavía necesitaba interpretar su papel.

Cuando Samyra llegó al último escalón, habló primero.

—¿Qué necesitas?

Nayla sonrió. Dulce. Educada.

Perfectamente falsa.

Extendió una elegante invitación dorada.

—He venido a invitarte a mi boda.

Samyra sintió que el corazón se detenía por un segundo.

Miró la invitación. No quiso tomarla.

Pero terminó haciéndolo.

—¿Tu boda?

—Sí.

Nayla sonrió más ampliamente.

—Después de todo, pronto seremos familia.

Samyra permaneció inmóvil.

—¿Familia?

—Claro.

Nayla inclinó la cabeza.

—Pronto seremos hermanas. Hermanas unidas por el mismo hombre.

El golpe fue directo. Preciso. Cruel.

Durante un instante volvió aquel viejo dolor.

Ese que había intentado enterrar. Ese que había jurado superar.

Pero también apareció algo nuevo. Una certeza.

Más fuerte que el sufrimiento. Más fuerte que el amor. Más fuerte que Omar.

Había tomado la decisión correcta.

Porque mientras Nayla sonreía sosteniendo aquella invitación...

Samyra comprendió que ya no pertenecía a ese lugar.

Y muy pronto tampoco pertenecería a la vida de Omar Al-Sabah.

—Felicidades, Nayla.

Samyra sostuvo la invitación entre los dedos y le dedicó una sonrisa tranquila.

—Has conseguido tu puesto de segunda esposa. Espero que sea suficiente para hacerte feliz. Espero que todo esto realmente valga la pena.

Durante unos segundos, Nayla permaneció inmóvil.

Luego, la máscara de dulzura que había llevado puesta desde que entró en la mansión comenzó a resquebrajarse.

La sonrisa desapareció. La amabilidad desapareció.

Y en sus ojos apareció algo mucho más sincero.

Rabia.

Una rabia profunda, amarga y desesperada.

Dio un paso hacia Samyra.

—No actúes como si no te importara —espetó—. Pronto Omar te repudiará. Él me ama. Siempre debió estar conmigo.

Samyra la observó en silencio.

Por primera vez, no sintió celos.

Ni enojo. Ni siquiera tristeza. Solo cansancio.

Un cansancio inmenso.

—¿Eso es lo que te dices para poder dormir por las noches?

Nayla apretó los dientes.

—¿Qué?

—Que te ama. Que algún día me olvidará. Que todo esto terminará como tú quieres.

La sonrisa de Samyra se volvió ligeramente más amarga.

—Si realmente creyeras que Omar es tuyo, no estarías aquí intentando convencerme.

El rostro de Nayla se tensó. El golpe había sido directo.

Samyra continuó.

—Yo no peleo por ningún hombre. Nunca lo he hecho y no voy a empezar ahora.

—Si lo quieres, haz que sea solo tuyo.

Su mirada se volvió firme.

—Pero no vengas a presumirme migajas de amor mientras sigues preocupada por mí.

Nayla sintió cómo la sangre le hervía.

Porque era verdad. Porque había pasado toda la semana pensando en Samyra.

Pensando en Omar.

Pensando en todo lo que podía perder.

—No sabes nada —susurró con odio.

Samyra abrió la puerta principal.

—Ahora vete de mi casa.

Durante un instante, ambas mujeres se sostuvieron la mirada.

Hasta que Nayla giró sobre sus talones y salió.

La puerta se cerró. El silencio regresó.

Samyra bajó la vista hacia la invitación.

La observó durante varios segundos.

Las letras doradas brillaban bajo la luz.

Todo era real. La boda iba a ocurrir.

Sintió aquel viejo dolor atravesarle el pecho.

Pero esta vez no lloró.

Simplemente dejó la invitación sobre la mesa.

Respiró profundamente.

Porque ya no quedaban lágrimas.

Solo agotamiento.

***

Aquella noche, Omar llegó tarde.

Apenas cruzó la puerta principal, dejó las llaves sobre la mesa.

Y entonces la vio. La invitación.

Su corazón se detuvo. La tomó de inmediato.

Leyó los nombres.

Y sintió miedo. Miedo verdadero.

Porque si Samyra había visto aquello...

¿cuánto dolor le había causado?

Subió las escaleras casi corriendo.

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