Samyra rompió el abrazo lentamente.
Por un instante sus dedos permanecieron aferrados a la tela de la kandura de Omar, como si una parte de ella se resistiera a soltarlo.
Pero terminó haciéndolo. Retrocedió un paso.
Sus ojos ardían.
Había pasado toda la noche preparándose para este momento, repitiéndose una y otra vez que debía ser fuerte.
Aun así, dolía.
Dolía más de lo que había imaginado.
—No quiero hacerlo, pero...
Su voz salió apenas en un susurro. Omar la observó en silencio.
Samyra lo conocía lo suficiente para saber lo que estaba sintiendo.
Sabía que estaba sufriendo.
Sabía que aquella boda lo estaba destrozando y a ella también.
Y precisamente por eso se sentía peor.
—Pero lo harás de todos modos —dijo ella con amargura—. Ve... y haz lo que tu conciencia te dicte.
Omar bajó la mirada. No pudo decir nada.
No confiaba en su voz.
Temía que si seguía hablando no podría irse.
Samyra, también lo supo, quería alejarse, porque
Ese abrazo le estaba arrebatando fuerzas para irse.
Asintió levemente.
Después dio media vuelta. Caminó hacia su habitación.
Y cerró la puerta.
Sólo cuando estuvo sola apoyó la espalda contra la madera.
Sus ojos se cerraron.
Una lágrima descendió por su mejilla.
—Lo siento... —susurró.
No sabía si se lo decía a Omar.
O a sí misma.
***
Casi una hora después, Samyra escuchó movimiento en el exterior.
Sabía que era el momento. Se acercó a la ventana.
Y lo vio salir.
Su corazón se encogió.
Omar descendió los escalones principales acompañado por varios hombres de seguridad.
Vestía una impecable kandura blanca. Sobre ella descansaba un elegante bisht oscuro adornado con finos bordados dorados. La ghutra blanca cubría su cabeza, sostenida por el tradicional agal.
Cualquiera que lo viera habría pensado que era un hombre camino a una celebración.
Pero él se sentía exactamente lo contrario.
Vacío. Agotado. Prisionero.
Mientras avanzaba hacia el automóvil, un recuerdo apareció en su mente.
La primera vez que vistió aquellas prendas.
El día de su boda con Samyra. Recordó la ansiedad. Los nervios. La felicidad.
Recordó mirar el reloj una y otra vez.
Preguntarse si ella llegaría. Preguntarse si todavía querría casarse con él.
Nunca había estado tan asustado de perder a alguien.
Y al mismo tiempo, nunca había sido tan feliz.
Una sonrisa amarga apareció en sus labios.
Qué irónico.
Aquel día había temido que Samyra no llegara a convertirse en su esposa.
Y ahora era él quien caminaba hacia otra boda pensando únicamente en ella.
Subió al automóvil lentamente.
Antes de cerrar la puerta, levantó la vista hacia la villa.
La vio junto a una ventana.
Sus miradas se encontraron durante apenas un instante.
Samyra parecía triste. Eso era todo.
Triste. Como cualquier mujer que acababa de ver marcharse al hombre que amaba para casarse con otra.
Omar sintió una punzada de culpa.
Una más. Ya había perdido la cuenta.
“Perdóname, Samyra.”
Apretó la mandíbula.
“Sólo un poco más.”
Se repitió las mismas palabras que llevaba semanas diciéndose.
“Voy a arreglarlo.” “Voy a encontrar una solución.”
“Voy a demostrarte que te amo.”
Porque en su mente aún existía un después.
Un momento en que todo aquello terminaría.
Un momento en que podría volver con ella y explicarlo todo.
Un momento en que Samyra seguiría esperándolo.
Por eso no sospechó nada. Ni siquiera por un segundo.
Subió al vehículo. Y la caravana abandonó la villa.
***
Samyra observó cómo los automóviles desaparecían en la distancia.
No apartó la vista hasta que el último auto desapareció detrás de los árboles.
Entonces soltó el aire que había estado reteniendo.
Tomó la maleta. La sostuvo con ambas manos.
Y permaneció inmóvil durante varios segundos.
Porque una parte de ella quería correr.
Subir al automóvil. Alejarse.
Mientras otra quería quedarse. Esperar. Dar una oportunidad más.
Y otra más. Y otra más. Como siempre.
Las lágrimas descendieron por sus mejillas.
Pero finalmente secó su rostro.
No.
Ya había esperado suficiente.
Tomó aire.
Y salió de la habitación.
Descendió las escaleras lentamente.
Observando cada detalle.
Todo aquello había sido su hogar. Y quizás nunca volvería a verlo.
Al llegar al exterior, el taxista tomó la maleta.
La colocó en la cajuela.
Samyra volvió la vista hacia la villa.
El viento agitó ligeramente su velo y su cabello.
Sus ojos permanecieron fijos en la casa durante varios segundos.
—Adiós... —susurró.
Luego subió al automóvil.
El conductor arrancó. Y poco a poco la villa comenzó a quedar atrás.
Samyra observó por la ventana hasta que desapareció de su vista.
Sólo entonces cerró los ojos.
Una lágrima resbaló silenciosamente por su mejilla.
No sabía qué encontraría al otro lado del mundo. No sabía si estaba haciendo lo correcto.
No sabía si algún día dejaría de amar a Omar.
Pero sí sabía algo. No podía seguir perdiéndose a sí misma.
Y mientras el vehículo avanzaba rumbo al aeropuerto, una idea vino a su mente.
“Me voy...”
Apretó las manos sobre su regazo.
“Pero aprendí una lección que jamás olvidaré.”
Miró el cielo a través de la ventanilla.
Y por primera vez en mucho tiempo sintió que estaba tomando una decisión por ella misma.
“En esta vida no volveré a amar tanto que termine olvidándome de quién soy.”

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Me perdiste, CEO árabe
Compré 520 monedas de cobraron, pero no sé desbloquea, es un robo...