Samyra llegó al aeropuerto con el corazón golpeándole el pecho.
A pesar de que había planeado todo durante días, a pesar de que llevaba los documentos necesarios y de que Phillip le había asegurado una y otra vez que no habría problemas, no conseguía tranquilizarse.
Sentía miedo. Un miedo profundo.
Silencioso. Persistente.
Cada paso que daba parecía acercarla a una nueva vida, pero también a un abismo desconocido.
¿Qué pasaría si algo salía mal?
¿Qué ocurriría si descubrían que se marchaba?
¿Y si Omar se enteraba antes de que el avión despegara?
¿Y si alguien la detenía?
Aquellas preguntas no dejaban de perseguirla.
Respiró profundamente mientras cruzaba las puertas automáticas del aeropuerto.
El enorme edificio estaba lleno de viajeros, familias, turistas y ejecutivos que caminaban apresurados de un lado a otro.
Sin embargo, para Samyra todo parecía distante.
Como si estuviera observando el mundo a través de un cristal.
Como si nada de aquello fuera real.
Miró el boleto que sostenía entre sus manos.
Primera clase. Dubái a Nueva York.
Un viaje sin escalas. Un viaje sin regreso.
Aquella última idea hizo que su garganta se cerrara.
No era sólo un vuelo. Era una despedida.
La despedida de una vida entera.
Se dirigió a la sala de espera y tomó asiento.
Sus manos descansaban sobre su bolso, pero los dedos no dejaban de moverse nerviosamente.
Intentó distraerse observando a las personas a su alrededor.
Una pareja discutía en voz baja.
Un niño dormía apoyado sobre el hombro de su madre.
Un anciano leía el periódico.
La vida continuaba para todos.
Pero para ella parecía haberse detenido.
Cada minuto transcurría con una lentitud insoportable.
Por momentos deseaba que anunciaran el vuelo de una vez.
Por otros, deseaba que el tiempo se congelara.
Porque mientras siguiera sentada allí, todavía existía la posibilidad de regresar.
Todavía podía cambiar de opinión. Todavía podía volver a la villa. Todavía podía esperar a Omar.
La idea apareció en su mente una vez más.
Y dolió.
Porque incluso después de todo, seguía amándolo, pero quizás, ya estaría casado con otra…
—Samyra.
La voz la sobresaltó. Estuvo a punto de dar un pequeño grito.
Giró rápidamente la cabeza.
Phillip estaba de pie junto a ella. Sonreía con amabilidad.
—¿Lo lograste?
Samyra sintió un nudo en la garganta.
Asintió.
—Sí.
Phillip pareció relajarse.
—Bien.
Era una palabra simple.
Pero ella entendió lo que significaba.
Habían pasado tanto tiempo organizando aquello.
Semanas de llamadas, documentos, trámites y planes secretos.
Y ahora estaba allí.
A sólo unos pasos de lograrlo.
Phillip le ofreció una sonrisa tranquilizadora.
—Vamos.
Samyra se puso de pie. Y juntos caminaron hacia la terminal de embarque.
Mientras avanzaban, el corazón volvió a acelerarse.
La peor parte estaba por comenzar.
La revisión. El control migratorio. La verificación de documentos.
Todo aquello que podía salir mal.
Todo aquello que podía destruir sus planes en cuestión de minutos.
Llegaron al mostrador.
La empleada recibió su pasaporte. Luego tomó el visado.
Después revisó algunos datos en la computadora.
Samyra sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.
Sus manos comenzaron a temblar. Intentó esconderlas.
Su piel morena había perdido parte de su color.
Por un momento imaginó que sonaría alguna alarma.
Que alguien pronunciaría su nombre. Que recibiría una llamada de Omar.
Que aparecerían hombres de seguridad.
Que todo terminaría allí.
La empleada continuó escribiendo. Un segundo. Dos. Tres.
A Samyra le parecieron horas.
Finalmente, la mujer levantó la vista…
Sonrió.
—Todo está en orden, señora. Puede continuar.
El alivio fue tan intenso que estuvo a punto de llorar.
Su respiración regresó de golpe.
Como si hubiera estado conteniéndola durante varios minutos.
—Gracias.
Su voz salió apenas en un susurro.
Tomó sus documentos. Y siguió adelante.
Y entró al avión.
***
Encontró su asiento junto a la ventanilla. Se acomodó lentamente.
Observó cómo los demás pasajeros comenzaban a subir.
Hombres de negocios. Familias. Turistas. Personas que iban hacia nuevos destinos.
Phillip se encontraba algunas filas más adelante.
Le dedicó una sonrisa tranquilizadora.
Samyra intentó responderla.
Pero su mente estaba demasiado lejos.
Minutos después, todos los asientos comenzaron a ocuparse.
Las puertas se cerraron.
Y entonces escuchó el anuncio.
—Damas y caballeros, bienvenidos a bordo del vuelo Dubái-Nueva York. Por favor, abróchense los cinturones de seguridad. Estamos a punto de despegar.
Samyra obedeció automáticamente. Sus manos ajustaron el cinturón.
Luego apoyó la cabeza contra el respaldo.
Y observó por la ventanilla.
Las luces del día en el aeropuerto, la zona de despegue.
Aquella ciudad había cambiado su vida para siempre.
Recordó el día en que llegó. Era joven. Insegura. Llena de sueños.
Jamás imaginó volver al lugar donde nació, ni que Dubái se convertiría en su hogar.
Jamás imaginó que allí conocería al hombre que cambiaría su mundo.
Nunca imaginó que se enamoraría por primera vez.
Una sonrisa triste apareció en sus labios.
Porque tampoco había imaginado que algún día tendría que marcharse de aquella manera.
El avión comenzó a avanzar lentamente por la pista.
Samyra sintió cómo las lágrimas llenaban sus ojos.
No intentó detenerlas. Ya no tenía fuerzas para fingir.
Observó las luces alejándose.
Cada vez más pequeñas. Cada vez más lejanas.
Hasta que el avión aceleró. Y finalmente abandonó el suelo.
Su corazón dio un vuelco.
Mientras la ciudad comenzaba a quedar atrás, Samyra apoyó una mano sobre la ventanilla.
No sabía si algún día volvería.
No sabía qué le esperaba en su nueva vida.
No sabía si lograría reconstruirse.
Tampoco sabía si algún día dejaría de amar a Omar.
Pero sí sabía algo.
Aquella historia había terminado.
Llegó a Dubái sin saber que allí encontraría el amor por primera vez.
Y ahora se marchaba de Dubái con el corazón roto.
Sin promesas. Sin certezas. Y sin un boleto de regreso.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Me perdiste, CEO árabe
Compré 520 monedas de cobraron, pero no sé desbloquea, es un robo...