Nayla estaba vestida de novia.
El vestido blanco, ostentoso y perfectamente ajustado a su figura, brillaba bajo la luz del salón de la novia.
El velo cubría con delicadeza su cabellos, cayendo sobre sus hombros mientras las estilistas terminaban los últimos retoques con manos cuidadosas.
Ella sonreía. Se sentía hermosa.
Y sus joyas brillaban.
Por primera vez en mucho tiempo, tenía la certeza de que estaba ganando.
En su mente, el matrimonio ya no era una posibilidad. Era un hecho.
En ese mismo instante, en el salón de hombres estaban firmando su unión.
Y esa idea la hizo sonreír aún más.
“Al fin… gané”, pensó con satisfacción contenida.
“Seré la segunda esposa… y tarde o temprano, Samyra no lo soportará, se marchará.”
Su mirada se suavizó ligeramente, pero no por compasión.
Sino por seguridad.
“Y cuando eso ocurra… Omar solo se quedará conmigo, como debió pasar.”
***
El aire dentro del majlis era denso.
No por el calor. Sino por el silencio.
Un silencio tan pesado que parecía tener vida propia, como si incluso las paredes estuvieran esperando algo que estaba a punto de romperse.
Omar Al-Sabah permanecía sentado con la espalda recta, aunque por dentro se sentía completamente quebrado.
El borde dorado de su bisht descansaba sobre sus rodillas perfectamente ordenadas, pero sus manos no estaban tranquilas.
Sus dedos se cerraban y se abrían lentamente, ocultos bajo la tela.
Como si intentara mantener su mente bajo control a través del cuerpo.
Pero no funcionaba.
Porque su mente estaba en otro lugar.
En Samyra. Siempre en Samyra.
El aroma del oud flotaba en el ambiente, mezclado con la tensión de los presentes.
Frente a él, el Ma’zoon del tribunal revisaba los documentos con una calma casi ofensiva, como si aquello fuera un trámite más entre miles.
A su derecha, el padre de Nayla sostenía un rosario oscuro entre los dedos, moviéndolo sin cesar, intentando ocultar su ambición detrás de una expresión serena.
Y detrás de todo, como una sombra que no debía estar allí, estaba la ausencia de Samyra.
Omar tragó saliva.
Su teléfono vibró dentro del bolsillo.
Lo sacó apenas un segundo, lo suficiente para leer el mensaje.
No era de ella. Era de Anur, pero ni leyò, ni respondió
Y aun así, su corazón reaccionó como si lo fuera.
Porque cualquier cosa en ese momento podía ser Samyra.
“¿Qué estás haciendo ahora?” pensó con desesperación.
“¿Me estás odiando? ¿Me estás esperando? ¿O ya te rendiste conmigo?”
No obtuvo respuesta.
Solo el vacío.
Frente a él, el Ma’zoon levantó la vista.
—Señor Omar Al-Sabah —dijo con voz firme—. Los registros confirman su estado civil. Este acto no es meramente administrativo. Es una responsabilidad ante la ley divina. La equidad entre esposas no es una sugerencia. Es una obligación absoluta.
El peso de esas palabras cayó como una sentencia.
Omar bajó ligeramente la mirada.
La equidad. La justicia. Dos cosas que ya no podía ofrecer.
Porque su corazón ya había elegido.
El Ma’zoon continuó.
—Usted deberá proporcionar a cada esposa el mismo sustento, el mismo respeto, el mismo tiempo. ¿Está dispuesto a asumirlo?
Hubo un silencio breve. Pero dentro de Omar fue una tormenta.
Recordó a Nayla. Recordó la promesa antigua. Recordó la presión del apellido Al-Sabah.
Recordó las miradas de su familia. Recordó el acuerdo tácito que había sostenido durante tanto tiempo.
Y luego… Samyra.
La vio de nuevo en su mente. No como una idea. Sino como una presencia viva.
La forma en que lo miraba cuando estaba herida.
La forma en que lo había cuidado cuando nadie más lo hizo. La forma en que se quedó incluso cuando tenía razones para irse.
La noche en que ella salvó su vida.
El accidente. La sangre. El miedo.
Y su voz llamándolo.
“Estoy aquí.”
Omar cerró los ojos un segundo.
Cuando los abrió, el mundo ya no era el mismo.
El Ma’zoon esperaba respuesta.
—Yo… —empezó Omar.


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