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Me perdiste, CEO árabe romance Capítulo 98

La sala estalló.

—¡¿Qué estás diciendo, Omar?!

La voz del padre de Nayla resonó con tal fuerza que hizo callar a todos los presentes.

El hombre se puso de pie de un salto.

La incredulidad en su rostro apenas duró un instante antes de transformarse en furia.

—¡Desgraciado! ¡¿Cómo puedes humillar a mi hija de esta manera?!

Perdió toda compostura.

Avanzó directamente hacia Omar, dispuesto a abalanzarse sobre él.

Varios de los testigos reaccionaron de inmediato y se interpusieron entre ambos, sujetándolo por los brazos antes de que pudiera alcanzarlo.

El majlis, que hasta unos minutos antes había sido un lugar solemne y respetuoso, se convirtió en un hervidero de voces.

Los ancianos discutían. Los familiares murmuraban.

Nadie podía creer lo que acababa de ocurrir.

Omar Al-Sabah acababa de negarse a contraer matrimonio cuando todo estaba preparado para la ceremonia.

—¡Suéltame! —rugió el padre de Nayla—. ¡Debe responder por esta humillación!

Omar permaneció inmóvil. No intentó defenderse. No intentó justificar nada.

Simplemente permaneció de pie.

Por primera vez en meses, sentía que podía respirar.

Entonces recibió una bofetada.

El golpe resonó en la estancia. Todos quedaron en silencio.

El abuelo lo observaba con los ojos encendidos de rabia.

—¡Omar!

Su voz tembló.

—¡Reacciona!

Omar levantó lentamente la vista.

—Abuelo...

—¡Estás humillando a una familia honorable! ¡Estás arrastrando el nombre de los Al-Sabah por el suelo!

Los músculos de la mandíbula de Omar se tensaron.

No respondió.

Porque sabía que parte de aquello era cierto.

Las cosas jamás debieron llegar tan lejos.

Jamás debió permitir que se organizara aquella ceremonia.

Jamás debió permitir que Nayla creyera que realmente existía un futuro entre ellos.

Había cometido errores. Muchos errores.

Pero aún estaba a tiempo de impedir uno más grande.

El Ma'zoon levantó una mano.

Su autoridad bastó para que las voces comenzaran a apagarse.

—Por favor.

Esperó unos segundos.

—Por Alá, mantengamos la calma.

El silencio fue regresando poco a poco.

El clérigo observó primero al padre de Nayla, luego al abuelo de Omar y finalmente al propio Omar.

—Señor Omar Al-Sabah.

Omar asintió.

—La ley permite que un hombre tome más de una esposa, pero ningún matrimonio puede realizarse sin consentimiento.

Nadie discutió aquellas palabras.

—Le preguntaré una última vez.

El Ma'zoon lo miró directamente.

—¿Está completamente seguro de su decisión?

La pregunta quedó suspendida en el aire.

Omar cerró los ojos durante un instante. Y pensó en Samyra. Pensó en la primera vez que la vio. Pensó en la mujer que había arriesgado su vida por salvar la suya.

Pensó en sus lágrimas. En su dolor. En la promesa que una vez le hizo.

"En esta vida nunca tendré una segunda esposa. Solo eres tú."

La culpa atravesó su pecho. Había fallado a esa promesa. Había permitido que la situación llegara demasiado lejos.

Pero aún podía detenerse.

Abrió los ojos.

—Sí.

Su voz fue firme.

—Estoy seguro.

Los murmullos regresaron de inmediato.

—Lo siento.

Omar dirigió la mirada al padre de Nayla.

—Lamento profundamente haber llegado hasta este punto.

El hombre parecía incapaz de contener su ira.

—Toda esta situación es culpa mía.

La confesión sorprendió a varios presentes.

—Debí detener esto antes.

Omar respiró profundamente.

—Si me caso ahora, haré infeliz a Nayla.

Aquellas palabras provocaron expresiones de desconcierto.

—Y también haré infeliz a mi esposa.

Por primera vez desde que comenzó la discusión, su voz mostró emoción.

—No puedo hacerlo.

Miró al Ma'zoon.

—No debo casarme con una mujer a la que no amo.

La sala quedó en silencio.

Aquella frase cayó como una sentencia.

—Cumpliré todos los compromisos económicos.

El padre de Nayla lo observó con desprecio.

—La he amado durante años.

El hombre cerró los ojos.

—Nos conocimos cuando ella vivía en Medina.

La expresión del padre de Nayla comenzó a cambiar.

—Intentamos alejarnos muchas veces.

—¡Basta! —gritó el hombre.

Pero Yussef continuó.

—No pudimos.

Las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas.

—Cuando ella aún estaba casada con el señor Nasser...

La sala entera contuvo la respiración.

—Nos veíamos en secreto.

El abuelo se quedó inmóvil. Los testigos parecían incapaces de reaccionar.

—Y el hijo que perdió...

Yussef bajó la cabeza. Su voz apenas fue un susurro.

—Era mío.

El silencio que siguió fue devastador.

Nadie habló. Nadie se movió.

El padre de Nayla retrocedió un paso. Luego otro. Su rostro perdió todo color.

—No...

La palabra salió rota. Como si acabaran de arrancarle el alma.

Yussef cerró los ojos.

—Nunca dejé de amarla.

Miró a Omar.

—No podía permitir que se casara con usted sin que supiera la verdad.

Anur observó a su amigo. Durante semanas había investigado.

Había seguido pistas. Había buscado respuestas.

Y finalmente las había encontrado.

Por primera vez en mucho tiempo, Omar sintió que una pesada cadena se rompía alrededor de su pecho.

Era como despertar de una pesadilla.

Como si hubiera pasado tanto atrapado en una prisión construida con culpa, deber y promesas imposibles.

Y ahora, por fin, podía ver con claridad.

Sin embargo, al otro lado de la villa, lejos del caos que acababa de estallar, Nayla seguía sentada frente a un espejo adornado con luces.

Las estilistas acomodaban los últimos detalles de su velo.

Ella sonreía.

Se contemplaba en el reflejo, convencida de que en cualquier momento alguien abriría la puerta para anunciarle que el matrimonio había sido firmado.

Que por fin era la segunda señora Al-Sabah.

Sin saber que, mientras esperaba aquella noticia, su mundo entero acababa de derrumbarse.

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